Benjamin Black es John Banville
Hay novelas que suceden en la mente de sus protagonistas y novelas que suceden en el mundo. En principio no es ésta una clasificación de la que deban concluirse diferencias cualitativas en la capacidad de unas y de otras para aprehender la realidad. Sin embargo, si convenimos que toda peripecia novelística, toda historia en definitiva, reducida a su esencia, da cuenta de una mudanza íntima, es decir, del cambio experimentado por personajes que comienzan siendo de un modo y, a través de una serie de hechos que les afectan, acaban siendo de otro, cabe preguntarse si no implicaría un mayor riesgo o atrevimiento el pretender reflejar esa transformación desde dentro. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) se ha hecho un nombre, y un nombre que para muchos (George Steiner, por ejemplo) es el del mayor novelista contemporáneo en lengua inglesa, con novelas que transcurren en la mente de sus protagonistas; novelas, como El libro de las pruebas, Eclipse, Imposturas o El mar (Premio Booker de 2005), en las que narradores psicológicamente al límite, en permanente estado de crisis, acostumbrados a descender a diario a las catacumbas de la duda o la culpa, narradores que se ocultan y se pierden y huyen y juegan consigo mismos y con nosotros y nos engañan y se engañan sabiendo que lo hacen, entretejen, desde esa oscuridad en la que están sumidos, desde la misma raíz del dolor o de su propia abyección, el discurso de su cerebro en ebullición, una autopsia en vivo donde lo importante no es tanto el conocimiento de aquello que los ha conducido a ese estado como los infinitos matices, de juicio o de sensibilidad, que el centrifugado especulativo de sus conciencias volcadas sobre sí mismas saca a la superficie.
Dublín negro Antes de ese Banville hubo otros: el Banville de sus heterodoxas biografías noveladas de científicos como Copérnico, Kepler o Newton, en las que, dándoles apócrifa voz en primera persona, combinaba la narración de sus aportaciones a la ciencia, de sus descubrimientos de esferas de realidad antes ignotas, con la exploración inventada de sus encrucijadas vitales, generalmente amorosas, creando así un fértil contrapunto entre el idealismo de su afán cognoscitivo y la realidad azarosa y contradictoria y a veces caótica de las pulsiones más elementalmente humanas de las que probablemente también fueron presa. Y hay todavía un Banville más primitivo, el Banville de sus primeras novelas sobre Irlanda, ninguna traducida al castellano, que, si bien resultan planas en comparación con las que le han dado fama, contienen ya ese flirteo con lo perverso, con lo sombrío y con lo moralmente escurridizo, característico de toda su obra, que, por la magia de la escritura, se convierte (y ésa es su asombrosa pirueta) en una reivindicación de lo humano, en una elegía de la vida y de la esperanza en una redención.
En realidad era cuestión de tiempo que un autor tan aficionado a reinventarse a sí mismo, con un interés tan manifiesto por el lado oscuro del corazón, fijara su atención en el género que ha hecho de lo negro su definición, la novela negra. Y no debe extrañar, en un humorista como él, que el seudónimo elegido para firmar sus aportaciones en ese campo sea Benjamin Black. Más allá, por lo demás, del carácter de divertimento que es posible atribuirles, sin olvidar la apuesta comercial implícita en un escritor con reputación de minoritario, haría mal quien pensara que, tanto en El secreto de Christine, la primera de la serie, como en ésta su continuación, El otro nombre de Laura, hemos de vérnoslas con un Banville rebajado. Ninguna de estas dos novelas sucede en la mente de su protagonista sino que están narradas desde fuera por un narrador omnisciente, y en ambas, como no podía ser de otro modo, hay una primacía de la trama sobre el pensamiento, pero la maestría literaria y, sobre todo, la fuerza del estilo (esa corpórea sensualidad, esa delicadafisicidad, del lenguaje de Banville) son las mismas de siempre; un estilo, eso sí, puesto al servicio de otros fines.
El otro nombre de Laura retoma al patólogo Garret Quirke, que protagonizara la primera entrega, así como a buena parte de sus personajes secundarios. La intriga se desarrolla dos años después, en el mismo Dublín derrelicto de los cincuenta, con un Quirke arrepentido de la curiosidad que lo llevó a desentrañar el caso anterior, por los devastadores efectos que su resolución tuvo sobre su entorno social y familiar. Arrepentido, es cierto, pero, aun así, incapaz nuevamente de hurtarse al afán de saber tras pedirle a un antiguo compañero de colegio que se abstenga de realizar la autopsia al cadáver de su esposa recientemente fallecida, una pelirroja enamoradiza, de nombre Deirdre Hunt pero apodada Laura Swan, que regentaba un salón de belleza junto a un buscavidas, mitad gigoló, mitad extorsionador, llamado Leslie White, relacionado a su vez con un tal Doctor Kreutz, de profesión nigromántico y sanador espiritual.
John Banville (Benjamin Black) introduce en El otro nombre de Lauraalgunos elementos novedosos que no aparecían en El secreto de Christine. Por un lado, la narración está mucho más fraccionada, pues ya no es el seguimiento de Garret Quirke el que nos guía a través del laberinto, ni su punto de vista el principal, sino que son numerosos y prolijos los flash backs protagonizados por los otros personajes (magníficas las escenas de seducción de Laura Swan y de Phoebe, la sobrina-hija de Quirke, a manos de Leslie White). Por otro lado, la mencionada renuencia de Quirke a verse implicado en el drama, aunque no consiga alejarlo de él, se proyecta sobre la narración entera, haciéndola avanzar por los márgenes y repercutiendo en el mismo final. No es cuestión de desvelarlo. Basta decir que todo se resuelve a pesar del propio Quirke.
El Quirke de El secreto de Christine no se paraba a mesurar las consecuencias de sus actos. Éste es mucho más cauteloso y, antes que la justicia, le preocupa la integridad (no sólo física) de algunos de los implicados. "Lo que me interesa es la chica", exclama cuando el inspector Hackett lo pone al corriente de los últimos detalles del caso. Ha dejado atrás los ideales y se ha hecho más humano. Un héroe, en suma, puramente banvilliano. -
Marcos Giralt Torrente 3 MAY 2008
El extraño caso de Benjamin Black
John Banville habla de su 'alter ego' Benjamin Black y de su nueva novela
A la literatura nunca se llega por casualidad. Jamás. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) supo que quería ser escritor a los 12 años y no necesitó ir a la universidad para confirmar esa intuición. Prefirió un empleo en la aerolínea Air Lingus y viajar por el mundo durante un tiempo antes de convertirse en periodista y después en samurái. Decía Roberto Bolaño -uno de los autores contemporáneos cuya obra aprecia Banville, y no son muchos-, que la literatura se parece mucho a una pelea de samuráis. Un samurái no lucha contra otro samurái: pelea contra un monstruo; generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. "Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura", sostenía Bolaño.
Ese hombre que aparece en la fotografía que acompaña a este texto reúne en una sola cabeza a los dos samuráis de la pelea: John Banville es el autor de la fascinante El Mar, de Los Infinitos, de un buen puñado de libros magistrales que le han convertido en uno de los grandes talentos de la lengua inglesa. Pero Banville es también Benjamin Black, el pseudónimo con el que se ha adentrado en la novela negra con media docena de títulos que recuerdan al mejor Simenon, a Richard Stark, a James M. Cain. "El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso. Escribir es un trabajo peculiar... Escribir es como respirar. Lo hago por necesidad. Por mi propia boca, y ahora también por la de Black".
Banville acaba de sentarse en una cafetería de un hotel madrileño. Ha venido a España a participar en el certamen Getafe Negro, y de paso a defender la nueva novela de Black, En busca de April (Alfaguara, traducción del fallecido Miguel Martínez-Lage; en catalán, Bromera), que, francamente, se defiende sola. Banville lo sabe. Es perfectamente consciente de su arte. Por ello a menudo le tildan de arrogante. "Soy arrogante, y a veces desmedido: soy irlandés", confirma. Pide una copa de vino blanco y habla de la literatura y de la vida con naturalidad: "Los hechos y la verdad no son lo mismo", dice preguntado por la frontera entre realidad y ficción en su obra. "La literatura es extraña: yo he escrito varias novelas basadas en vidas de científicos, Kepler, Newton... Esos personajes son reales, pero una vez pasados por la pluma se convierten en ficción. Los novelistas vivimos en un extraño mundo de ensueño, en una realidad borrosa, envuelta en una capa de polvo, mitad real, mitad inventada; yo mismo empecé a pensar en mí mismo como novelista a los 12 años. En esas condiciones, tantos años después, la frontera entre realidad y ficción se difumina. Gente cercana a mí suele decirme, tirándome las palabras a la cara: 'Yo no soy un personaje de tu libro; soy una persona real'. ¿Una persona real? Deberíamos decir esas palabras en voz muy baja. El artista es una especie de caníbal: consume realidad, se la come, la usa, moldea material que saca de otros. Como de alguna manera hace también un actor. Todo eso supone un riesgo. Y hay que asumirlo y disfrutar de la aventura".
Banville ha ganado el premio Booker. Es editor del suplemento literario del Irish Times (además de un crítico feroz). Suele publicar en The New York Times. Ha escrito teatro, guiones y ahora está involucrado también en una serie que emitirá la BBC sobre los libros de Black. Y, no hay que pasarlo por alto, es irlandés. "No resulta sencillo ser un novelista irlandés. Irlanda es una isla pequeña con un número desmesurado de novelistas de gran talla, con gentes fascinadas por sus escritores, por contar historias, por el proceso de escribir, por las propias palabras. Es duro ser escritor en el país de un Joyce, que lo metió todo en los libros, y de Beckett, que lo sacó todo".
Esa desmesura irlandesa no va solo con la literatura. Irlanda está sumida en una crisis oceánica. Para Banville, Dublín es uno de los puntos negros de una metástasis muy extendida. "El capitalismo es como la literatura: extraño", dice llevando el agua a su molino. Tan extraño como para que hasta los miembros del kibutz más antiguo de Israel, esa última esperanza del socialismo igualitario, hayan aprobado mediante votación introducir salarios variables basados en el rendimiento individual. Banville se revuelve en su sofá. "En los viejos años dorados nadie se preguntaba por los sueldos de Wall Street, nadie se quejaba de las subidas de los precios inmobiliarios. La crisis está construyendo un nuevo relato del capitalismo global. El péndulo se mueve siempre entre la codicia y el miedo. Ahora toca miedo, pero la codicia volverá. Para Irlanda, como para España o Grecia, solo hay una vía de salida: más Europa, más política para defender esa construcción que es el Estado del Bienestar. La alternativa es, simple y llanamente, darnos a la bebida".
Banville besa su copa de vino tras esa frase. Y admite que se siente más cómodo en los libros que en la política económica para zanjar el asunto. El escritor argentino Rodrigo Fresán contaba hace unos días que una vez, paseando por Dublín junto a Banville, dieron en un museo con un ejemplar del Irish Times que traía una gran foto de portada de James Joyce. "Apenas hay ya escritores en los periódicos. Aunque últimamente he visto portadas con Jonathan Franzen. Estupendas portadas para envolver los fish and chips". Franzen visto por Banville: papel para envolver comida grasienta. El periodista saca un par de nombres más para tentar a la suerte. "Déjeme darle un consejo: es mejor que no le pregunte usted a un escritor sobre sus colegas". Una vez apagada la grabadora, Banville concede alguna anécdota impublicable y desternillante sobre el mundillo literario. Y deja una recomendación final: "Contra la crisis, novela negra". Palabra de Benjamin Black.
'En busca de April'
Benjamin Black
Irlanda,
años cincuenta. La misma niebla densa y desconcertante que cubre
Dublín parece haber ocultado el rastro de la joven April Latimer.
Cuando Phoebe Griffin se ve incapaz de recabar noticia alguna sobre
su amiga, Quirke responde a su petición de ayuda y muy pronto los
dos, junto con el inspector Hackett, comienzan la búsqueda.
Mientras
Quirke ve su sobriedad distraída por la joven y bella actriz Isabel
Galloway, la familia de April silencia su desaparición ante el
terror a un escándalo. ¿Por dónde comenzar a desenredar la enorme
y compleja telaraña de amor celos, mentiras y oscuros secretos con
la que April tejió su vida?
«La
ficción contemporánea no tiene nada mejor... Los libros de John
Banville -Benjamin Black- rebosan vida y humor.» The
New York Times Book Review
«Quirke,
el obsesionado forense y sabueso dublinés, regresa en este nuevo
volumen de la fantástica saga de misterios bien definidos, casi
jamesianos, de Black...» Booklist
«Todo
lo que cualquier amante del misterio pudiera desear, y mucho más. La
mejor obra de Benjamin Black hasta el momento.» The
Globe and Mail
«Banville
-Benjamin Black- es un maestro y su prosa es un deleite incesante.»
Martin Amis
«Un
maestro de la ambientación; casi se percibe cómo el temor, pavor,
asociado a los actos y deseos ocultos, emana de las páginas.» Library
Journal
«Es
sorprendente la capacidad de Black para dar vida a sus personajes con
ráfagas de una perspicacia penetrante, ya esté Quirke tratando con
su suegra o aprendiendo a conducir.» Kirkus Reviews
«La
ambientación plomiza y la evocadora prosa van como anillo al dedo de
los oscuros pensamientos de Black sobre una clutura que vive a base
de "secretos y mentiras".» The
New York Times
«La
tercera y apasionante novela negra de Black, ambientada en el Dublín
de los años cincuenta, nos presenta al patólogo Garret Quirke
recién salido de un breve periodo de rehabilitación del
alcohol.» Publishers
Weekly
FESTIVAL |
Getafe Negro
John
Banville vs. Benjamin Black, y Lorenzo Silva vs. Montero Glez
En
el Centro Municipal de Cultura, el Festival de novela poliaca Getafe
Negro organizó ayer el debate '¿Para qué sirve la policía? Un
debate entre la libertad y la seguridad'. Montero Glez cuestionó de
raíz el papel de la policía en las manifestaciones del 15-M, en
Madrid y en Barcelona. "¡A no ser que estén con el Pueblo, no
sé qué pintan ahí! Llega a haber estado en el poder el PP en vez
del PSOE y ya no sé qué hubiera pasado".
También
dijo: "¡Yo soy un hombre de caos! En
un Estado ideal no tendría por qué haber policía, que está para
defender al poderoso.
Botín y la gente como Botín son gente de orden, y la gente como yo
no les beneficia a ellos". Lorenzo Silva, contendiente moderado
en la discusión, lo llevaba más preparado. Citó a Hayek, se
refirió a la Historia de la policía española, y estableció unas
gradaciones de violencia (¡faltó otra cita a Max Weber!) y defendió
la actuación, en general, en las recientes manifestaciones:
"Prefiero que la violencia esté monopolizada por algo que tiene
reglas, a lo que podemos pedir cuentas después".
Después
de los dos escritores españoles, apareció en salón de actos el
célebre novelista irlandés John
Banville, con su aire entre Juan José Millás y el actor compatriota
suyo Barry Fitzgerald.
Si en el anterior acto del festival madrileño había dos voces
opuestas, aquí había una sola voz (la de Mr. Banville) que asumía
sin problema (y en tercera persona) sus dos diferentes
personalidades. Por un lado, la obra de alta literatura de Banville
(publicada en Anagrama, como 'El mar'); por otro, la obra policiaca
de Benjamin Black (publicada en Alfaguara, como 'En busca de April').
Está
ya acostumbrado: "Banville
quiere escribir en prosa en un registro poético.
Black y su saga de Quirke apareció para escribir lo que el otro no
podía. Las obras de Banville están más bien guiadas por nada en
particular… por sueños, por reflexiones. Black se guía más por
el argumento".
Como
una sesión de hipnosis en un caso de desdoblamiento de personalidad,
o de espiritismo o posesión. Un poco tenebroso, ¿no? "Banville
no sufre como escritor, pero sabe lo difícil que es escribir,
lo difícil que es atrapar las palabras. Sabe que incluso el lenguaje
es capaz de tomar las riendas y hablar por nosotros. Banville es muy
consciente de la fluidez de las palabras. A veces tres frases le
cuestan un día de trabajo. Black sólo quiere usar las palabras para
describir cosas o acciones".
Quirke, vuelta a la infancia
Pero
también habló en primera persona. Con dudas, eso sí. Se le
preguntó por su detective Quirke, del Dublín años 50 que retrata
en su saga negra: "Es un enigma para mí. Escribo
sobre él para saber qué parte de mí tiene".
Banville está muy repartido por dentro. También comentó sobre su
héroe borrachín forense: "Se puede decir que es inocente,
romántico y desengañado". Habló sobre los años de
ambientación del mundo de 'El otro nombre de Laura': "Yo creo,
como Baudelaire, que todo arte tiene su origen en la infancia. Más
allá de los 15 años todo es fantasía".
Comentó
al público de Getafe el salto que había dado la sociedad irlandesa
desde aquellos tiempos, cuando el poder, según él, estaba ostentado
opresivamente por la Iglesia católica, hasta mediados de los 90.
Finalmente, integró a Benjamin Black y a John Banville en su primera
persona del singular: "La
trama no me importa. La vida no es la trama, son los gestos, las
situaciones,
las palabras los que nos dicen cómo actúa la gente. En mi obra
intento describir cómo es estar vivo", si bien concluye en un
nuevo desdoblamiento: "Black y Banville tienen el mismo
objetivo, pero con diferentes métodos". Banville es dos (o
tres, o cuatro) personas incluyendo personajes, estilos y
pseudónimos, pero es muy sobrio. No habla a la ligera de "el
Pueblo" o de "Revolución". No es un "hombre de
caos", como Montero Glez.


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