Os remito a una excelente reseña
de Javier Avilés publicada en el blog “El lamento de Portnoy” (Muy recomendable:
en http://ellamentodeportnoy.blogspot.com.es)
“David Janiak es un artista
callejero ficticio creado por Don DeLillo. Murió a los 39 años por causas
naturales, aunque sus actuaciones pueden haberle ocasionado lesiones Vertebrales
importantes. Janiak aparecía espontáneamente en cualquier rincón de Manhattan
colgado de una cuerda, imitando al “Falling man”, una de las víctimas del
atentado terrorista del 11 de septiembre contra el World Trade Center,
inmortalizada por el fotógrafo Richard Drew en la imagen del mismo nombre.
Un suicida es alguien que va a la
oficina por la mañana sabiendo que saltará en algún momento del día… esa imagen
representaba un momento crucial en la vida de una persona. Más o menos eso dijo
Drew.Janiak es el colgado junto a la torre herida por el rayo según la
imaginería más chabacana. Janiak es el constante recuerdo de nuestra
mortalidad, aleatoria e indiscriminada.
La novela de DeLillo ha sido calificada
de “tired and brittle”, como, decían, si la realidad hubiese superado la
imaginación narrativa del autor. Nada más lejano.
La novela de DeLillo sigue
escrupulosamente la condición de plasmar a todos sus personajes totalmente
devastados y aturdidos mediante una narración despojada de juicio, en la que
nadie, el lector no, por supuesto, pero me temo que tampoco el autor, puede
intervenir, como espectadores atónitos contemplando al hombre que cae.
Una novela con notables
restricciones, me temo que malentendida, desoladora en su desarrollo a causa de
sus condicionamientos, pero mostrándonos, como pocos han sabido hacer, la
imposibilidad de normalidad en el mundo destructivo que habitamos. Nada puede
ser “normal” bajo la persistente idea de nuestra muerte inminente. Ni siquiera
la literatura. Hay tres imágenes significativas que culminan las aventuras
individuales de los protagonistas: Las Torres, invisibles desde dentro del
avión, sentidas por el terrorista a su espalda segundos antes de estrellarse. Los
ritos incomprensibles de las ceremonias religiosas contempladas desde una
perspectiva atea, mientras se siente el cobijo del lugar (pretendidamente)
sagrado. El desierto, recurrente en DeLillo y protagonista absoluto de su
siguiente novela, Punto Omega.
El personaje detiene el coche
sobre una colina en el desierto de noche y contempla la ciudad iluminada. Se ha
completado una transición, de la verticalidad de las torres en el centro
comercial del mundo, a las salas de juego de la ciudad horizontal. Las Vegas es
un artificio, la antítesis de New York. Las Vegas es indestructible porque
puede ser trasladada y reconstruida, copiada, simulada, en cualquier lugar del
mundo. El personaje se recluye en sótanos mal iluminados enfrascado en
interminables partidas de poker donde las relaciones humanas se limitan a la
presencia de “los otros” en las mesas de juegos. Allí tiene la ingenua
pretensión, y él sabe que es ingenua, de que al menos puede controlar una parte
del proceso azaroso de la vida. Las cartas pueden augurar cierto éxito o un
desastrosos fracaso. Pero el jugador tiene la última palabra. Puede decidir jugar
o no hacerlo, puede asistir a la puja o retirarse. En cierta manera el póker
proporciona ilusión de control sobre la situación. Y eso es más o menos lo que
hacemos todos, seguir adelante amparados en nuestra propia ficción de la vida. No
es extraño que la novela de DeLillo no haya gustado demasiado. Nos muestra un
lado infantil y desesperanzado de nuestra propia existencia. Nos da una visión
deprimente de la vida como ficción que puede ser destrozada en cualquier
momento por otras ficciones.
Los
críticos, los lectores, esperaban "Realidad".”
Os incluyo una entrevista al autor
publicada en EL PAIS en junio del año pasado…
ENTREVISTA:DON DELILLO | ESCRITOR
"Llegué a temer por
mi salud mental"
Coloso de las letras
estadounidenses, es uno de los autores que mejor ha sabido reflejar nuestro
tiempo. En esta, una de sus raras entrevistas, repasa su carrera, su visión
literaria y su obra dramática, publicada ahora en España
De los cinco autores vivos más importantes de la
literatura actual en lengua inglesa, solo uno, J. M. Coetzee, no es
estadounidense. Los otros cuatro (Thomas Pynchon, Cormac McCarthy, Philip Roth
y Don DeLillo) se mueven en órbitas muy distintas entre sí. Roth indaga en la
condición humana como si los cambios acaecidos en el arte de novelar después
del siglo XIX no fueran con él. McCarthy, cartógrafo del mal, es el más fiel
seguidor de Faulkner. Con ribetes de genio loco, Pynchon llega a regiones a las
que casi nadie tiene acceso. Coetzee, por su parte, comparte con DeLillo una
visión humanista del arte en la que el rigor técnico está al servicio de la
gratificación estética.
Generoso y de una honestidad intelectual
radical, en su obra Don DeLillo investiga acerca de lo que significa el oficio
de novelar en los inicios del tercer milenio una profundidad que se da en muy
pocos otros escritores. Tanto Martin Amis como John Banville coinciden en
situar su obra en el ámbito de la poesía. Nacido en el Bronx hace 74 años, en
el seno de una familia católica de origen italiano, Don DeLillo forjó su
talento en una institución regentada por jesuitas, Fordham University,
repitiendo así el sino reservado a su maestro, James Joyce. Su formidable corpus novelístico, integrado por 16 títulos,
incluye varias obras maestras. Reducido al mínimo, el canon esencial de Don
DeLillo debería incluir los siguientes títulos: Great
Jones street (1973), Ratner's
star (1976), Los
nombres (1982), Rudio
de fondo (1985), Libra (1988) y Mao
II (1992). En 1997
vio la luzSubmundo, su obra
maestra.
Tras Body art (2001), obra que da paso a una serie
de preocupaciones relacionadas con el mundo del arte, vinieron dos narraciones
interesantes pero fallidas, Cosmópolis (2003) y El
hombre del salto(2007). Con Punto Omega (2010), obra de rara serenidad,
DeLillo se adentra sin miedo en la senda de lo sublime, desvelando facetas
apenas esbozadas en su producción anterior, de la misma manera que también
resultan sumamente intrigantes sus cuentos y sus piezas teatrales, que parecen
ahora en Teatro (Seix
Barral. Traducción de Ramón Buenaventura y Otto Minera). La entrevista tiene
lugar en un piso alto de un rascacielos de Midtown, en un despacho acristalado
que se asoma al vértigo del tráfico matinal en Manhattan, con el East River al
fondo.
Pregunta. ¿Qué busca un novelista como DeLillo en el teatro?
Respuesta. Me interesa el hecho de que sea un universo tridimensional,
donde puedo explorar ideas que no funcionan en un contexto narrativo. Me
fascina ver cómo mis personajes, que antes eran solo seres de papel, se
convierten en individuos de carne y hueso que recitan mis palabras.
P. ¿Le llama la atención el hecho de que Shakespeare, a quien
muchos consideran el mejor escritor de todos los tiempos, fuera un hombre de
teatro?
R. Yo nací y crecí en el Bronx. Mi lenguaje está más cerca de
Hemingway que de Shakespeare. De haber nacido un poco más tarde, Shakespeare
hubiera sido seguramente novelista.
P. Usted afirma que la literatura es una zona distinta de la
experiencia. ¿Qué quiere decir?
R. No hay palabras para explicar una cosa así. Hay veces que
las frases parecen escribirse por sí mismas, sin que yo sepa exactamente de
dónde surgen. También me ha sucedido que la estructura de la novela se despliega
ante mí sin que intervenga mi voluntad. Es una suerte de revelación.
P. Asegura que el horizonte de la escritura es el lenguaje.
R. Escribir es ir forjando frases que hay que ir arrancando una
a una del venero del idioma. Mi trabajo consiste en entablar un forcejeo feroz
con el lenguaje. Por supuesto mis novelas se ocupan de asuntos que tienen
interés social o cultural, pero el motor de una novela, lo que hace que avance,
palabra a palabra, es el bagaje que consigo arrebatar del alma del idioma. Lo demás
no cuenta. Es algo muy humano, y muy falible, no un proceso matemático.
P. Aunque en una ocasión dedicó una novela a las matemáticas.
R. Ratner's star, la estrella más distante
en la constelación de mis novelas. Mientras la escribía temí por mi salud
mental. Experimenté con las relaciones entre arte y ciencia de un modo radical.
Me sentí a ratos desbordado por el reto que me había impuesto a mí mismo, pero
mantuve el pulso firme y al cabo de dos años de trabajo conseguí acabar el
libro, aunque cuando lo tuve entre mis manos no supe muy bien qué era.
P. A veces la lectura de su obra deja la sensación de que se
propone trascender el lenguaje, llegar al ámbito de lo no verbal.
R. Antes empleé la palabra revelación. Hay cosas que el
lenguaje no es capaz de comunicar, ideas que resultan imposibles de articular.
Cuando se entra en la esfera de lo inefable, surgen conceptos inasibles que
procuro atrapar y regresar con ellos al ámbito del lenguaje para darles forma.
P. Después de Submundo, que muchos consideran la culminación
de su trayectoria, su obra entra en una nueva fase, con narraciones más
desnudas, más breves, en las que lo visual parece jugar un papel determinante.
R. Uno de los aspectos más importantes de las obras que he
escrito en los últimos 10 u 11 años es la reflexión que hago acerca de la
naturaleza del tiempo, un enigma insondable que se infiltra en mis libros,
impregnándolo todo. El tiempo y las pérdidas irreparables que trae consigo.
P. ¿El tiempo y la muerte?
R. En el sentido de que la creación artística es una suerte de
fuga, un escape que busca descifrar el misterio de la mortalidad, la máxima
aspiración de toda obra.
En 2004 Don DeLillo publicó Contrapunto, una escueta meditación en torno a la
soledad y el arte. Pese a tratarse de un texto muy breve, en él se condensan
las preocupaciones esenciales del escritor. Los ensayos que lo integran tienen
como objeto una película que filma la huida épica de un esquimal y las
semblanzas de tres artistas asediados por la soledad radical que acompaña a la
creación artística: el músico de jazz Thelonius Monk, el pianista Glenn Gould y
el escritor austriaco Thomas Bernhard.
R. Ese libro responde a un esfuerzo muy serio por mi parte. Los
temas que trato en él son los que más me preocupan. Los creadores de quienes
hablo cayeron en alguna forma de depresión, posiblemente algo casi inevitable
cuando se es un artista serio. En los años cincuenta frecuentaba un club de
jazz del Greenwich Village en el que solía tocar Thelonius Monk. Aquellos
conciertos fueron uno de los catalizadores del libro. En cuanto a Bernhard, su
voz me sigue pareciendo tan asombrosa como cuando lo leí por primera vez.
Bernhard era un disidente del espíritu humano. Glenn Gould me resulta más
lejano, pero su ejecución de las Variaciones Goldberg nunca ha dejado de hipnotizarme.
P. En el libro hay una imagen imborrable: Monk sentado al piano
en silencio, mientras los músicos y el público aguardan expectantes. Monk
escucha algo que nadie más alcanza a oír. La imagen me lleva a usted, envuelto
en una aureola de silencio al margen de las palabras, fuera del tiempo.
R. Un crítico francés dijo que mi escritura le hacía pensar en
la música de Thelonius Monk. Me fascina el hecho de que varios años antes de
morir dejara de tocar. Un misterio más del arte...
P. ¿De dónde viene el título de Punto
Omega?
R. El punto omega es una idea del teólogo Theilard de Chardin
en El fenómeno humano. Es
una noción extraordinariamente ambigua, un punto en el que convergen fuerzas
que trascienden el ámbito de lo individual. La idea del punto omega entraña una
mezcla de hechos, sueños e ideas metafísicas, sin que sea posible jerarquizar
la importancia de cada uno de esos elementos.
P. La última vez que hablé con usted le angustiaba no tener
tiempo para escribir las obras que tenía dentro antes de morir.
R. He cambiado. Ahora escribo cuentos. No sé muy bien por qué.
Después de Punto Omega he escrito tres. A finales de este año
voy a sacar un libro de relatos.
P. ¿Y después?
R. Prefiero no decirlo.
Y os adjunto, por si os interesa, la reseña que
publiqué en HERALDO DE ARAGÓN sobre el último libro de Don Delillo sobre el
libro de cuentos “En ángel esmeralda” hace un mes aproximadamente.
El
ángel Esmeralda, de Don DeLillo: la vida a la deriva.
(Jorge
Sanz Barajas)
El ángel Esmeralda. Don DeLillo
Ed. Seix Barral, Barcelona,
Octubre de 2012. 1ª ed. 235 págs.
ISBN: 978-84-322-1008-2
Don DeLillo vuelve a desplegar en
esta colección de relatos su desconcertante magnetismo. Quien lo haya leído,
reconocerá sin duda el bisturí de este anatomopatólogo de nuestras
incertidumbres en cada uno de estos relatos. DeLillo es ese extraño confidente
con el que nunca intimamos pero parece verlo todo, incluso la frágil arquitectura sobre la que se sostienen
nuestras trincheras ante el mundo.
Los nueve cuentos que conforman El ángel Esmeralda están ordenados de
manera cronológica en tres bloques. Pivotan todos ellos alrededor del relato
que da título al conjunto. DeLillo ficciona sobre el poder de las imágenes en
nuestras emociones; así, en Baader-Meinhof,
una exposición de cuadros de Gerhard Richter invoca una fascinación
contemplativa; del mismo modo, en La
hambrienta , nos descubre que “La
existencia humana entera es un efecto óptico” –idea recurrente en la novela
Punto Omega. La aparición del rostro
de una niña asesinada en un cartel del metro cada noche en El ángel Esmeralda es una sugestión colectiva que acaba despertando
voces interiores en Sor Edgar; “Las cosas
-dice DeLillo- se ven demasiado aprisa
para absorberlas, pero se instalan así desde la multitud a la conciencia
individual sin necesidad de palabras”. Y a menudo, las palabras no se
entienden pero se asumen, como sucede con las dos niñas en La hoz y el martillo (2011)
que narran para la televisión las noticias de la Bolsa con aparente convicción.
Es habitual en sus relatos el
despliegue de dos individuos en conflicto –Creación-
“No es algo que yo elija” comentó en
una reciente entrevista. En las redes imaginales del escritor del Bronx quedan
atrapadas innumerables tramas sutiles y frágiles como los hilos de seda que
enlazan cada una y todas las vidas humanas entre sí. Hay personajes en sus
cuentos que están distanciados, son archipiélagos, restos de naufragio a la
deriva que de cuando en cuando establecen vínculos frágiles y dolorosos con el
mundo. El autor los mira con distanciada frialdad, dejándolos hablar e
intentando que se hagan visibles con apenas unos delicados trazos: los precisos
para que el relato no se desgaste. A menudo, las historias carecen de un final
convencional; dice DeLillo que sin saber por qué, el relato se apaga y él sabe
que debe dejarlo ahí, generando un vacío incierto. La prosa le pide a veces
enlazar recursos poéticos -anáforas, imágenes, enumeraciones- que dosifican el
ritmo como una cámara manejada con sutileza de relojero; y aprovechando este
cabo, me apresto a incitar a Jaime Rosales –director de la espléndida “Sueño y silencio” y el más delilliano de nuestros directores –y
sólo Dios sabe que adoro a Cronenberg, director de Cosmópolis-, a atreverse con un guión de DeLillo: ya comparten
universos imaginales convergentes.


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