miércoles, 1 de enero de 2014

NOS VEMOS EL JUEVES 9 DE ENERO CON MARTA SANZ PARA HABLAR DE "DANIELA ASTOR Y LA CAJA NEGRA"

Estamos leyendo "Daniela Astor y la caja negra", de Marta Sanz:


Recordad que Marta estará con nosotr@s el jueves 9 de enero (en lugar del miércoles habitual) por motivos de agenda, y que comnetará con nosotr@s el libro.

La hora será la habitual de nuestros encuentros a las 19.30h

Os incluyo algunos enlaces interesantes para conocer mejor a la autora:

Una reseña que preparé para el Heraldo de Aragón el día en que presentó su libro en Zaragoza

Una página interesante con algunos videos en los que Marta da opinión.
http://www.conoceralautor.com/autores/ver/MjM3

Y algunas críticas sobre el libro en prensa nacional e internacional...

JESÚS PALOP EN “LA ABADÍA DE BERZANO. EL RINCÓN DE LOS CINEFAGOS MÁS DESPREJUICIADOS.” http://cerebrin.wordpress.com/2013/11/11/daniela-astor-y-la-caja-negra/

Reconozco que me acerqué a este libro porque su autora, Marta Sanz, me había dado clases de literatura en la universidad y también reconozco que, por ningún motivo en especial, aún no me había leído ninguno de las ocho novelas que ya tenía publicadas. Pero tras ver la contraportada de Daniela Astor y la caja negra me hice corriendo con un ejemplar: Amparo Muñoz, María José Cantudo, Susana Estrada, Bárbara Rey y Sandra Mozarowsky en un mismo libro era algo que parecía estar hecho a mi medida.

Una vez fui iniciándome en su lectura, la narración fue atrapándome cada vez más; incluso me llevé la grata sorpresa de descubrir una mención a La abadía de Berzano dentro del párrafo dedicado al cine de Destape, en el que se reproduce un fragmento de la crítica publicada en este blog sobre la película de Carlos Aured ¡Susana quiere perder…eso!, algo que comuniqué ipso facto al principal responsable del blog y autor de la reseña, José Luis Salvador Estébenez, suponiendo esto todo un honor para un servidor, al escribir en un portal de referencia cinematográfica.

Este apunte da buena cuenta del gran proceso de documentación (1) que ha llevado la escritora en los capítulos o cajas negras, que a modo de documental, van intercalándose con el eje central: la historia de Catalina, una niña de doce años cuya infancia transcurre en plena Transición, de ahí que tenga por musas a las actrices mencionadas anteriormente. Éstas son diseccionadas a lo largo del libro en los correspondientes apartados que les dedica la autora, que además sirven para estudiar el papel de la mujer en dicho momento histórico.

De este modo, Sanz lleva a cabo un estudio cinematográfico sobre las musas de la Transición, por medio del cual despelleja la doble moral de la Cantudo, expone el triste ocaso de Amparo Muñoz, analiza de forma irónica e inteligente los actuales programas del corazón en donde personajes de la talla de Bárbara Rey explotan sus dotes de actriz dramática, o indaga en Internet sobre la prematura y misteriosa muerte de Sandra Mozarowsky, por medio de la información vertida en ciertos foros donde se da por hecho que su fallecimiento se trató de un asesinato producido por intereses políticos. Además, Sanz también expone los interesantes géneros que surgieron durante este periodo de la historia, desde el Fantaterror al ya citado cine de Destape, la Escuela de Barcelona o la Tercera vía, lo que aparte de su evidente valor histórico, consigue atrapar a todo mitómano que se precie.

El coleccionismo, otro de los temas tratados por Sanz en el libro. Este número de la revista Interviú es el más solicitado por los erotómanos. Actualmente el original de 1976 puede alcanzar la cifra de 100 euros en la web http://www.todocoleccion.com

En contraposición a lo comentado se encuentra el bloque de ficción: la historia de Cata, que parte de la inocencia de una niña que crece durante este periodo histórico (2), y que poco a poco va adoptando tintes de crueldad a medida que va pasando al mundo de los adultos, suponiendo una crítica feroz a la intolerante sociedad del momento. La niña protagonista se evade de la realidad fantaseando con ser Daniela Astor, una actriz extraída de su imaginación, realizada a imagen y semejanza de aquéllas divas de andar por casa, y cuyo mayor y prohibido tesoro es el cuaderno de Monstruas y Centauras en el que recorta fotografías de sus ídolos y realiza con estas collages imposibles, emulando al John Moulder Brown de La Residencia.

Daniela Astor y la caja negra se puede considerar como una novela de docu-ficción, que funciona por separado a ambos niveles, e incluso se complementan. Y es que, gracias a esta original estructura, el trabajo de Marta Sanz puede resultar de enorme atractivo tanto para el amante y estudioso del cine de subgéneros surgido durante la Transición, o incluso del cine en general, como para el degustador de buenas novelas escritas de forma elegante, irónica y con enormes dosis de crueldad.

(1) A pesar de ello a Sanz se le escapa algún error de documentación como, por ejemplo, la cantidad de películas que componen la filmografía de Jesús Franco, trescientas y no cincuenta como ella asegura, probablemente a causa de un desliz que, sin embargo, hace que los fans del director madrileño nos desgarremos las vestiduras.

(2)Tema que conoce perfectamente la autora, ya que, de hecho, encabeza la obra con una imagen de la propia Marta Sanz en su niñez, algo que lo hace más cercano, pudiendo incluso plantearse Rosa y negro
El destape y el aborto son los polos que usa Marta Sanz en su novela 'Gabriela Astor y la caja negra', para retratar la transición española


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS  para EL PAIS

Temerosos de que cualquier etiqueta atraiga a los estudiosos de mañana, pero aleje a los lectores de hoy, la mayoría de los escritores prefiere medir sus libros con la eternidad antes que con el tiempo. Por eso sorprende que Marta Sanz (Madrid, 1967) diga que a veces tiene la sensación de hacer “literatura de emergencia” y se refiera a su último libro, Daniela Astor y la caja negra (Anagrama), como una “novela feminista”. Su protagonista es Catalina, una muchacha que huye de sus 12 años comiendo miga de pan para que le crezcan las tetas, despreciando a su madre por poco refinada y jugando a ser una imaginaria actriz del destape, Daniela Astor. Estamos en la España de 1978, un tiempo ilustrado con desnudos “integrales”, cuya banda sonora es la sintonía de programas de televisión como Eva a las diez, Aplauso o Los ángeles de Charlie.

Retrato de época y novela de iniciación, más etiquetas, Daniela Astor y la caja negra surgió del interés de su autora por la estrecha relación entre la realidad y sus representaciones, algo apuntado ya en La lección de anatomía (RBA), el particular ejercicio autobiográfico que publicó en 2008. “Yo no creo en la esencia de las mujeres. El género es una construcción cultural. Qué es una mujer y qué se supone que es se construye a partir de retazos de una cultura tergiversada que nos pone en desventaja”, explica la novelista en su casa del barrio madrileño de Malasaña mientras una gata que ha recogido de la calle merodea desconfiada. “Quería ver cómo aquellas imágenes de la transición servían para construir a esas mujeres, cómo todo ese imaginario hace que seas feliz o infeliz según te adaptes o no al modelo. Y con todas sus contradicciones, porque Catalina asume gustosa estereotipos femeninos que son absolutamente machistas”.
Marta Sanz, que recuerda su propia fascinación adolescente por las revistas del corazón —“las leía en la peluquería porque en casa las tenía prohibidas”—, insiste en una idea capital para alguien que trabaja con la imaginación: no hay nada más conectado con la realidad que la fantasía: “La dicotomía entre una y otra es falsa. La realidad se construye a partir de su representación. Yo tenía la pretensión de escribir una novela feminista y, más que de una tesis, tuve que partir de preguntas que yo misma no tengo resueltas, hacer autocrítica. Me interesaba reflexionar sobre cómo asumimos un discurso que nos hace daño”.
“Sobre el aborto hay toda una imaginería atroz de insalubridad y casi brujería. Quería reflejar otra parte de la realidad”

De la historia íntima a la historia pública, La caja negra del título es un falso documental proyectado por una Catalina de 50 años cuyo guion se intercala en el relato de su adolescencia. “Cabe la duda de si la coartada cultural, intelectual sirvió para mostrar carne o mostrar carne fue un procedimiento de normalización y crítica de una sociedad mojigata y claustrofóbica. ¿Se araña la espesa capa del tabú o el tabú se engrandecía alimentando el morbo?”. Esa es una de las notas del guion, construido a partir de vídeos sacados, por ejemplo, de Idealista.com —“Soy de Andújar, pero soy una chica de la calle Serrano” (María José Cantudo)—, necrológicas de misses —florece la expresión juguete roto— o crónicas de color rosa. La coartada intelectual del destape, decíamos. El debate, recuerda Sanz, sigue presente: ahí están las feministas ucranianas usando el desnudo como elemento de subversión. “En el caso español me interesó presentarlo como lo que es, una paradoja. En un primer momento el destape pudo ser liberador porque veníamos de una sociedad pacata y represora en todo lo que se refería al sexo. Pero se da la vuelta en cuanto la imagen de la mujer se mercantiliza. De la liberación de la mujer se pasa a su cosificación, ya es un objeto”. ¿Y hoy? ¿Ha cambiado? “A la cosificación se le ha sumado la homogeneización del modelo estético. Al fin y al cabo las mujeres de los setenta eran físicamente muy distintas: culo gordo o pequeño; tetas grandes o caídas; nariz grande o pequeña… Hoy todo pasa por el filtro de la cirugía y el modelo es de autómata: los pómulos, los labios… y te lo venden con la fantasía de que lo haces voluntariamente porque te sientes mejor. Las mujeres hemos obtenido muchos logros, cierto, pero no todos: continúan la violencia de género y la discriminación salarial, y somos más susceptibles de caer en la precariedad. Aun así hay muchas mujeres que creen que ya no tienen motivos para luchar por sus derechos”.

Aunque el relato es siempre autosuficiente, el mundo de la protagonista de Daniela Astor y la caja negra está tan lleno de referencias a un glamur de andar por casa que es difícil no preguntarse por su caducidad. ¿Necesitará algún día el libro un enjambre de notas a pie de página para aclarar qué demonios era el Ballet Zoom o quién Susana Estrada? Para Marta Sanz, ese detallismo no es un límite sino un cauce: los lectores sin memoria de esa época tendrán muchos datos para saber cómo era: “Utilizar en las novelas materiales caducos —o soeces o ínfimos— no me parece un demérito sino al revés. Todo depende de cómo los recrees literariamente. Yo no soy Dos Passos, pero no creo que cuando él escribió Manhattan Transfer le importara nada llenarla de referentes de la radio de los años veinte”.

Todo ese universo de cuché y purpurina pasa a un segundo plano cuando aparece en la novela algo muy de la época y muy de hoy, el aborto, un asunto que Marta Sanz ha querido despojar de la sordidez al uso. “Sobre el aborto hay toda una iconografía, y es atroz”, dice. “En la literatura y, sobre todo, en el cine se lo asocia siempre con insalubridad y casi brujería. Ideológicamente eso es muy sintomático”. Su libro, afirma, es una negación de todas esas imágenes: no hay habitaciones iluminadas con bombillas de 40 vatios ni aspirinas machacadas en la vagina: “Esa imaginería produce un horror sobreañadido a una situación que naturalmente no es agradable. No creo que las mujeres que abortan lo hagan con frivolidad”. Ella, insiste, quería “reflejar otra parte de la realidad, la de los profesionales sanitarios que ayudaron a muchas mujeres con la mejor voluntad aunque mucha gente terminara en la cárcel”.

El proyecto del PP de reforma de la ley del aborto, que ha sorprendido a la sociedad con un debate que todo el mundo daba por zanjado, sorprendió a la novelista en plena escritura: “A veces tengo la sensación de hacer literatura de emergencia, y me parecía urgente hacer una crónica parasentimental de la transición a través del destape y del aborto tratado sin sordidez. Gallardón apareció cuando yo iba por la mitad. Me temo que la crisis es una cortina de humo para rebajar derechos: sociales, laborales, sanitarios… El otro día una mujer me decía que le parecía increíble que tuviera que volver a manifestarse diciendo: ‘Nosotras parimos, nosotras decidimos’. Como si la hubieran llevado 40 años atrás”.
“No hay que gratificar al lector como a un cliente. Que la literatura sobre la crisis no se convierta en merchandising"
Hace 40 años Marta Sanz era una niña, la que sale posando en blanco y negro en la cubierta de su libro. Hoy es autora de nueve novelas en las que la familia es un tema recurrente: “Solo puedo escribir de lo que conozco, y la familia es un reflejo en pequeño del resto del mundo”. Todo empezó en 1995 con El frío, editado por Debate en los tiempos en que publicaba ficción y la dirigía Constantino Bértolo, hoy al frente de Caballo de Troya y por entonces descubridor de autores como Ray Loriga o Luis Magrinyà. Aquella primera novela fue en parte el resultado del paso de Sanz por la Escuela de Letras de Madrid, donde abandonó los poemas que llevaba años escribiendo y aprendió no tanto lo que debía hacer como lo que no. Todavía se ríe de su antiguo prejuicio de que la literatura debe ser sobre todo cursi y eufónica, “refitolada”: “Agradecí que me amputaran aquella facilidad mía para el verbo florido porque sigue muy extendida la idea de que la literatura es bonita”. Que tardara 20 años en publicar dos libros de poemas, en un solo volumen reversible, y que se titularan Hardcore y Perra mentirosa (Bartleby, 2010) da una idea del cambio de rumbo. La poesía, no obstante, nunca estuvo fuera de su horizonte. En 2007 publicó Metalingüísticos y sentimentales (Biblioteca Nueva), una antología de 50 autores —de Martínez Sarrión a Luisa Castro— cuyo origen está en su tesis doctoral: “La poesía española durante la transición”.

Hoy Sanz es profesora en excedencia en la Universidad Antonio de Nebrija —se reincorpora el curso que viene— y en una escuela de letras heredera de la de sus 20 años, Función Lenguaje: “¿Que si se puede aprender a escribir? Hay que tener unas aptitudes mínimas, sobre todo una manera especial de mirar, más que de escribir. Y el contacto con los demás —la crítica constructiva y la destructiva— es importante para la formación de por sí solitaria de los escritores. Luego, ser bueno o no tiene que ver con el trabajo personal”. De ese trabajo salieron novelas como Los mejores tiempos (Debate, 2001) —ganadora del premio Ojo Crítico de Narrativa, un galardón que le hizo sentir el “espejismo” de haber llegado a algo—, Animales domésticos (Destino, 2003) —“mi novela de la crisis; hace 10 años la precariedad ya empezaba a estar ahí”— o Susana y los viejos (Destino, 2006), finalista del Nadal, que supuso un salto al que ella misma le quita postín: “¿De 2.000 lectores a 8.000? Bueno, es cierto que luego tus novelas despiertan más curiosidad”. No obstante, la gran curiosidad —“no sé si por el género o porque las publica Anagrama”— ha venido con Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás, las dos novelas (negras) que precedieron a Daniela Astor.

Marta Sanz cuenta que se lanzó a escribir las historias de Zarco —un detective cuarentón gay— cuando se dio cuenta de que la literatura negra se estaba volviendo previsible: “Tradicionalmente había sido literatura social, de denuncia, pero había desactivado su capacidad de crítica porque se había convertido en un género rutinario que respondía perfectamente a las expectativas de los lectores. Lo negro me estaba empezando a parecer rosa. Con esta novela [Daniela Astor…] he tratado de demostrar que lo aparentemente rosa es absolutamente negro. Por eso acaba con un capítulo de Sálvame”. La voluntad de romperle al lector las expectativas es, repite Sanz, una de sus mayores preocupaciones: “La gran contradicción de escritores que queremos intervenir en el espacio público como Isaac Rosa o Belén Gopegui o yo es que nos gustaría que nuestros libros llegaran precisamente a la gente a la que no llega. Muchas veces tienes la sensación de que estás escribiendo para lectores afines que se van a reconocer o a gratificar con lo que estás diciendo. Lo que yo querría es llegar a los que ven Sálvame, que su mirada cambiara”.

Consciente del peligro de que escribir libros comprometidos se convierta en coartada para quedarse en casa, Marta Sanz defiende la separación entre escritora y ciudadana con una frase de Jesús López Pacheco: “Que la revolución del lenguaje no sustituya al lenguaje de la revolución”. Por eso recuerda que, fuera de las novelas, la política se hace en los partidos, los sindicatos y las asociaciones. Fue ella la que, junto a Benjamín Prado, leyó en Madrid el manifiesto de la marcha del 19 de julio del año pasado contra los recortes sociales. “Me interesa hablar de las cosas que están pasando, esa escritura de urgencia”, insiste, “pero siempre con la prevención de que la literatura sobre la crisis no se convierta en moda y merchadising. Intento escribir desde un punto de vista que pueda ser desasosegante para los lectores. Hay gente que me ha dicho: ‘¿Cómo te pones a hablar de María José Cantudo con la de cosas importantes que hay que contar?’. Es que hay aspectos de María José Cantudo que me parecen muy importantes. No quiero gratificar al lector como a un cliente. Me interesa molestar, desasosegar, plantear preguntas que tengan en el lector una repercusión moral y política. Busco lectores que no quieran solo pasar el rato con un libro. Cosa que está muy bien, por cierto”.el lector en un principio que su contenido pudiera ser una especie de autobiografía.


Sobre 'Daniela Astor y la caja negra', de Marta Sanz

Leo Daniela Astor y la caja negra, la nueva novela de Marta Sanz, y el blog (este blog) resucita de pronto.
Así por las buenas, sin necesidad de excusas, apuestas o unas cañas de por medio.

Al revés, casi que escribo a contrapelo en el ordenador viejo porque el de siempre se ha roto, esquivando mil tentaciones y unos cuantos trabajillos de mierda, intentando corregir por enésima vez la nueva novela y, sobre todo, luchando contra la pereza primaveral que este año más que nunca parece infinita, monstruosa, inabordable.

El universo entero convertido en un bostezo.

Pero es que hay que hacerlo.
A ver, Daniela Astor y la caja negra es una novela de Marta Sanz. O sea, una novela hipnótica y exigente, a ratos inquietante e incómoda y a ratos juguetona e irónica, un desafío y un caramelito para el lector. Pero un caramelito, ojo, que puede ser peligroso.

Sí, y ésta es la primera buena noticia: las novelas de Marta Sanz son esos caramelos con droga de los que nos hablaban en la infancia para que desconfiáramos de los desconocidos y que hemos estado esperando toda la vida. Los chupas y saben a mil sabores distintos. Sabores que nunca has probado antes y tan pronto te dan un poco de risa como te hacen sentir un miedo muy extraño. Un miedo que tiene que ver con darte cuenta de que las cosas quizá sean de una forma muy distinta a como las habías imaginado siempre. Un miedo también relacionado con notar que el suelo se mueve bajo tu pies o con descubrir que dentro de ti hay un pequeño y miserable hijo de puta. Digo pequeño y miserable hijo de puta por decir algo, que nadie se dé por aludido. Era sólo un ejemplo.
Los libros de Marta Sanz siempre te hacen más listo. La idea no es mía, me la comentaba el otro día alguien en una fiesta de disfraces. Juro que la anécdota es cierta. Puede que te hagan también mejor persona. O, al menos, una persona distinta, que es lo que hacen siempre los libros que de verdad merecen la pena: según los lees, empiezan a pasar cosas dentro de ti. Algo se rompe, algo cambia, algo surge, aunque sea pequeño.
Eso para empezar y como generalidad sobre Marta Sanz. Ahora Daniela Astor y la caja negra.

La historia es muy sencilla. O no. Catalina H. Griñán, mujer de unos 50 años, escribe el guión de un documental sobre las actrices del destape con las que soñaba cuando tenía 12 años y jugaba con su amiga Angélica a ser como ellas.

Por un lado, se nos cuenta la vida de esas mujeres: Amparo Muñoz, Bárbara Rey, Sandra Mozarowsky (alucinante su historia y las teorías de la conspiración en torno a ella), etc.
Por otro lado, Catalina reconstruye desde la madurez su paso de la infancia a la adolescencia, se mete en una piel que hace años dejó de ser suya, y revive un episodio muy dramático que es el verdadero eje de la novela. Luego hablaremos de él aun a riesgo de joderle la historia a quien todavía no la haya leído.
Lo primero que sorprende de Daniela Astor y la caja negra es que consigue una de las cosas más difíciles en literatura: desprende autenticidad. No hablo de verosimilitud, no es que resulte creíble, eso es más o menos fácil, hablo de cierta intimidad, intimidad no babosa. Hay una voz que te cuenta algo muy personal e importante, necesario. Es una voz sin fisuras, como la de otras novelas de Marta Sanz, pero ahora se vuelve aún más incuestionable si es que eso es posible. Catalina habla y nosotros sólo podemos callarnos y escucharla. Estamos obligados a ello. El vínculo que esta voz establece con el lector es muy intenso.
Y ese vínculo, a medida que avanza la historia, se estrecha y se estrecha cada vez más.

Porque encima esta novela tiene algo de trampa (no de tramposa). Tú entras y lo primero que ves es a dos preadolescentes jugando, fantaseando y riéndose. Pero poco a poco se va volviendo todo mucho más serio y te va quitando el espacio que tenías a tu alrededor para moverte con libertad, para salirte si no te gustaba o para levantarte e ir al baño. No es sólo que te atrape, es que te obliga. Otra vez vuelve la obligación, casi en un sentido moral y casi como una fuerza física. Es una obligación que tiene que ver con el desarrollo de la historia y del propio personaje, con el telón de fondo de la novela. Incluso después de acabarla, permanece el vínculo. No es un libro que cierras y ya está: a otra cosa, mariposa. Es un libro que no terminas de cerrarlo del todo. Para bien o para mal te acompaña. Y te sigue obligando.

Daniela Astor y la caja negra te acompaña y te obliga porque te cuestiona. Te hace plantearte ciertos temas y cuál es tu posición respecto a ellos. No se trata de algo meramente intelectual, de yo pienso esto o pienso lo otro pero da igual porque ambas posiciones son perfectamente intercambiables y no influyen en mi vida para nada. No, es justo lo contrario, y de eso habla la novela: de cómo las ideas y las imágenes determinan la realidad y se encarnan en ella, de los modelos que se nos transmiten desde el cine, desde los medios o desde la literatura, de cómo forjamos nuestra identidad a partir de unos sueños y unas fantasías que son una auténtica mierda, como dice la protagonista nada más empezar la historia.

Catalina a los 12 años juega a ser Daniela Astor, actriz rubia natural con un lunar sobre su carnoso labio superior, un descapotable y un magnate que pretende casarse con ella. Catalina –tan inteligente, tan cabrona, tan tierna en el fondo y sin querer reconocerlo, tan frágil y tan cínica, tan adorable– juega y no es que nosotros juguemos con ella, es que sus juegos son los nuestros, entonces –finales de los 70– y ahora. Sus fantasías son las que determinan y configuran la vida de tantas y tantas mujeres en las últimas décadas y en actualidad. Y las que mandan sobre el deseo de los hombres. O sea, también sobre sus vidas. Hablo de modelos de belleza, pero sobre todo de modelos de vida. Hablo de exigencias impuestas desde fuera, de un bombardeo constante, de eso tan bonito y tan foucaultiano de ver cómo el poder, un poder ciego y difuso, toma el control de los cuerpos, los penetra, los posee o los destroza llegado el caso. Hablo, por ejemplo, de ese proceso mediante el cual el cuerpo, en este caso el cuerpo femenino, se convierte en objeto de consumo. Y de consumo en un doble sentido: el de las portadas del Interviú, por ejemplo, a las que Marta Sanz dedica un brutal capítulo en las novela y que explica muy bien por qué todas o casi todas esas actrices del destape acabaron tan mal: no eran más que carne para la inmensa picadora de un país que jamás renunció a su miseria moral y política. Objeto de consumo también en el sentido de ampliación del mercado, de creación de toda una series de ansiedades y necesidades nuevas relacionadas con el cuerpo. Esa obsesión que a nosotros nos parece tan natural pero que nuestras abuelas jamás sintieron por tener un buen culo, o unas grandes tetas, o gastar un altísimo porcentaje de sus ingresos en baratijas del Zara fabricadas en cualquier taller de Bangladesh, donde sus trabajadores encima tienen el mal gusto de morirse de pronto de cien en cien o de mil y mil, y nos recuerdan así, aunque no lo pretendan, cuál es el carísimo precio que pagan algunos por nuestros estúpidos caprichos. 

Daniela Astor y la caja negra habla del origen de todo esto y de los mecanismos que lo perpetúan, y por eso a mí no me parece tanto una novela sobre la Transición o el destape (que sí, que también) como una novela sobre nosotros, absurdos ciudadanos en crisis del siglo XXI.

Podría decir también que algo muy parecido ocurre con los hombres, pero no sería del todo cierto, o no sería en absoluto cierto, e implicaría abrir un debate que excede las pretensiones de esta reseña.
Y cuidado, porque a partir de aquí pueden filtrarse detalles de la trama y de la novela que se la joderán a quien no la haya leído y quiera hacerlo.

Daniela Astor y la caja negra trata otro tema espinoso: el aborto. De nuevo el poder y los cuerpos. Pero esta vez la dominación se ejerce por medios mucho menos sutiles, la presión es tan real y tan primitiva como una pareja de la policía que detiene y lleva a la cárcel a una mujer por abortar en esa España de los 70 en la que supuestamente muchas otras mujeres se estaban liberando a sí mismas y al resto por desnudarse en el cine o en las revistas.
Marta Sanz plantea el tema del aborto de una forma muy valiente: sin gilipolleces. No elige a una adolescente, ni a una mujer violada o en la miseria más extrema, o a punto de parir un bebé enfermo y que se pasará toda su vida sufriendo en una cama. Tampoco explica los motivos de esa mujer para abortar. No quiere entrar ahí. Incluso la enfrenta con su marido al tomar la decisión. Marta Sanz plantea el derecho de la mujer a elegir de manera rotunda y absoluta.

Tan rotunda y tan absoluta que, ay, puede hacer que durante su lectura surjan mil dudas y cierta incomodidad, puede también que algunos desacuerdos, al mismo tiempo que se disfruta o se sufre (para bien) la novela, mientras te entusiasmas o te emocionas con ella.

Daniela Astor y la caja negra te cuestiona, ya lo advertíamos antes, y puede hacer que brote más de un conflicto latente o más de un ramalazo reaccionario.
Éste, por supuesto, es uno de los mayores halagos para su autora, aunque yo no sé si estoy de acuerdo con ella y al hablar de conflictos, ramalazos y desacuerdos lo más probable es que me refiera a mí, y quizá por eso la tal Daniela o la tal Catalina me hayan revuelto tanto (otra vez para bien), y me persigan desde entonces. No consigo quitármelas de encima.
Quizá por eso, supongo, tenía y quería escribir esta reseña que lleva semanas dando vuelta en mi cabeza y unos cuantos días aquí abierta como un borrador que escribo y reescribo, corrijo y corrijo, sin que termine de convencerme. O sin que me convenza en absoluto.

Y es que la sensación que prevalece es la de no haber llegado ni siquiera a rozar la novela. Se me quedan demasiados temas, demasiadas escenas y demasiados personajes que ni siquiera he mencionado. Si Marta Sanz es siempre mucho más lista que tú y te excede en todo, hagas lo que hagas, esta vez se ha crecido aún más y por esta novela desfilan lo mismo magistrales escenas de iniciación sexual inspiradas en las películas de terror de la época que una durísima crítica a determinada izquierda o una relación entre una madre y una hija llena de rencores, reproches y cariño, que es como para ponerle un piso. Hay también momentos para la emoción, una emoción contenida, en absoluta sensiblera o manipuladora, y hasta aparece Sálvame, sí, sí, Sálvame, el programa de televisión en un final apoteósico que mete hostias como panes a ese otro gran escritor e intelectual llamado Jorge Javier Vázquez.

Nadie escribe como Marta Sanz y en Daniela Astor y la caja negra lo vuelve a demostrar.
Por eso, si has llegado hasta el final de esta reseña eterna y fracasada tengo una mala noticia que darte: has perdido el tiempo de la manera más boba.
Déjalo ya, corre a la librería o la biblioteca, y hazte con un ejemplar. Descubrirás que los caramelitos con droga existen y que después de probarlos ya nada vuelve a ser igual.
(Lo de Jorge Javier es coña, claro. Lo de gran intelectual y escritor. Pero las hostias no, esas aparecen en la novela y van muy, muy en serio.)
José Miguel López-Astilleros
Esta novela es una mirada crítica y retrospectiva de la Transición española a través de los ojos de una niña de doce años y de un falso documental proyectado por ella misma treinta y ocho años después, que se va intercalando en el hilo argumental. El eje en torno al que la narración avanza y da pie al retrato de la sociedad de aquel tiempo, consiste en contar sin sordidez y truculencia el desenlace dramático de la madre de la protagonista, al someterse a un aborto terapéutico, por aquel entonces ilegal.

Catalina nos cuenta en primera persona su viaje hacia la madurez, y cómo descubre que crecer a veces duele. Quizás por ello se inventa un alter ego, Daniela Astor, que encarna a una mujer confeccionada con lo que en esa época el cine, la televisión o las revistas estaban vendiendo como el ideal femenino, a quien desea parecerse y de cuya identidad se apropia para ponerse a resguardo de la cruda intemperie. Con este recurso Marta Sanz nos rebela la importancia que tienen las representaciones de la realidad en la formación de nuestra personalidad, con lo cual queda claro que ninguna imagen, mensaje o valor difundido es inocuo ni inocente, pues obedece a unos fines determinados, incluso cuando esa asunción de lo exterior o ajeno nos pueda perjudicar. Por otra parte, vamos a penetrar en su mundo adolescente, y en cómo contempla el de los adultos, lleno de incomprensiones y extrañezas, de lealtades y traiciones, de faros que se hunden en arenas movedizas, con especial atención a la compleja relación entre su madre y ella. Catalina nos proporciona un punto de vista femenino, desde el cual asistimos a los cambios que se están produciendo en la familia, en abierta oposición con la hipocresía y el conservadurismo reinante hasta entonces, así como a los nuevos usos y costumbres que pugnan por abrirse paso en la sociedad, o a la influencia de los nuevos iconos femeninos de los mass media, que no dejan de tener un cierto tufo machista, aunque bajo el auspicio de una falsa coartada intelectual.

El documental titulado La caja negra está dividido en diez partes, de las cuales nueve están dedicadas a analizar el fenómeno del destape en la Transición. La estructura de cada una de ellas consiste, por una parte, en una narración y descripción de lo que va apareciendo en la pantalla, y por otra en un análisis y comentario de lo anterior. Marta Sanz combina así el testimonio histórico con la argumentación al servicio de una tesis, la de que el destape sirvió de pretexto para mostrar una vez más la obsesión sexual de los hombres por las mujeres, a las que se rebaja hasta la cualidad de objetos. La parte décima de esta caja está situada en nuestro presente, y consta de una entrevista a Bárbara Rey en un programa rosa de televisión, que enlaza con los tiempos pretéritos, para dar a entender que, en realidad, sólo cambia la estética en el tratamiento degradado y mercantilista que se sigue dando a la imagen de la mujer en ciertos medios de comunicación y entretenimiento. Sería este un buen punto de partida para una obra que mostrara el alma tanto de los participantes, espectadores y conductores de ciertos programas televisivos, como queda aquí sugerido.
Daniela Astor y la caja negra no es una novela para consumir entre bostezo y bostezo. Es una novela que contiene una historia con planteamiento, nudo y desenlace, pero que no siendo eso lo de menos, nos hará reflexionar en profundidad sobre la condición femenina, entre otras muchas cosas, y no sólo en aquellos años de efervescencia, que tan bien conoce la autora, sino en nuestra actualidad, máxime cuando da la impresión de que estamos metidos en un túnel del tiempo con marcha atrás.

Se podría decir que toda la novela constituye la caja negra de una nave, la de nuestra sociedad a finales de los años setenta, donde ha quedado registrada la evolución de la sociedad, así como la mentalidad tanto de hombres como de mujeres respecto a la lucha por la igualdad que siguen librando estas, y por el derecho que tienen a decidir sobre su propio cuerpo. Todo ello con un estilo sencillo y directo, no exento de originalidad, ironía y momentos de delicada ternura.

RODRIGO PINTO en EL MERCURIO (Santiago de Chile)


¿Cuántas maneras hay de leer y contar un proceso de transición a la democracia? Los novelistas españoles demuestran que hay muchas, como se ve en dos novelas que comienzan en 1978. Javier Cercas, en Las leyes de la frontera, optó por el retrato de los delincuentes juveniles que, por un extraño azar de la historia, en algún momento fueron vistos como héroes; y Marta Sanz, en Daniela Astor y la caja negra, por el progresivo descubrimiento del cuerpo femenino y de sus derechos. La novela discurre por un doble trayecto: por una parte, está el relato en primera persona de la protagonista que habla desde sus doce años, pero, invirtiendo el dicho habitual, desde el adulto que todo niño lleva dentro. Por otra, el libreto de un documental realizado por la misma Catalina a sus cincuenta años, que recorre páginas de la década de los setenta: las primeras portadas de la revista Interview, que incluían desnudos de famosas actrices y cantantes; el género cinematográfico del "fantaterror" español, que antecedió en audacia y desnudos a la comedia erótica que floreció ya iniciada la transición; las vidas quebradas de esas mismas actrices que marcaron el preludio del destape español de comienzos de los ochenta. Catalina y su amiga Angélica sueñan que se llaman Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres bellas y rutilantes que despiertan el deseo masculino, cuando en realidad son dos adolescentes que enfrentan el despertar de su conciencia de mujeres en el marco de una sociedad represiva y timorata. El doble o triple juego entre su vida convencional y la vida de fantasía, entre el documental que rememora y desmenuza lo que hoy llamaríamos la farándula en la época en que las niñas viven, le otorga a la novela no solo complejidad e interés, sino también una rara capacidad de construir personajes atractivos e historias cuyo desgarro -porque, por supuesto, la realidad impone sus derechos y las obliga a desterrar a sus falsas identidades, incapaces ya de sostener el muro defensivo de la fantasía- comienza cuando la madre de Catalina adopta una decisión que significa la ruptura del entramado familiar. Desde sus cincuenta años, o desde la adulta que la niña lleva dentro, Catalina ofrece un recorrido sereno y revelador de cómo las mujeres de su generación se descubrieron a sí mismas y de cómo vivieron esa transición que fue también, de alguna manera, un paso a la madurez..

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