Recordad que Marta estará con nosotr@s el jueves 9 de enero (en lugar del miércoles habitual) por motivos de agenda, y que comnetará con nosotr@s el libro.
La hora será la habitual de nuestros encuentros a las 19.30h
Os incluyo algunos enlaces interesantes para conocer mejor a la autora:
Una reseña que preparé para el Heraldo de Aragón el día en que presentó su libro en Zaragoza
Una página interesante con algunos videos en los que Marta da opinión.
http://www.conoceralautor.com/autores/ver/MjM3
Y algunas críticas sobre el libro en prensa nacional e internacional...
JESÚS PALOP EN “LA ABADÍA DE BERZANO.
EL RINCÓN DE LOS CINEFAGOS MÁS DESPREJUICIADOS.” http://cerebrin.wordpress.com/2013/11/11/daniela-astor-y-la-caja-negra/
Reconozco que me acerqué a este
libro porque su autora, Marta Sanz, me había dado clases de literatura en la
universidad y también reconozco que, por ningún motivo en especial, aún no me
había leído ninguno de las ocho novelas que ya tenía publicadas. Pero tras ver
la contraportada de Daniela Astor y la caja negra me hice corriendo con un
ejemplar: Amparo Muñoz, María José Cantudo, Susana Estrada, Bárbara Rey y
Sandra Mozarowsky en un mismo libro era algo que parecía estar hecho a mi
medida.
Una vez fui iniciándome en su
lectura, la narración fue atrapándome cada vez más; incluso me llevé la grata
sorpresa de descubrir una mención a La abadía de Berzano dentro del párrafo
dedicado al cine de Destape, en el que se reproduce un fragmento de la crítica
publicada en este blog sobre la película de Carlos Aured ¡Susana quiere
perder…eso!, algo que comuniqué ipso facto al principal responsable del blog y
autor de la reseña, José Luis Salvador Estébenez, suponiendo esto todo un honor
para un servidor, al escribir en un portal de referencia cinematográfica.
Este apunte da buena cuenta del
gran proceso de documentación (1) que ha llevado la escritora en los capítulos
o cajas negras, que a modo de documental, van intercalándose con el eje
central: la historia de Catalina, una niña de doce años cuya infancia
transcurre en plena Transición, de ahí que tenga por musas a las actrices
mencionadas anteriormente. Éstas son diseccionadas a lo largo del libro en los
correspondientes apartados que les dedica la autora, que además sirven para
estudiar el papel de la mujer en dicho momento histórico.
De este modo, Sanz lleva a cabo
un estudio cinematográfico sobre las musas de la Transición, por medio del cual
despelleja la doble moral de la Cantudo, expone el triste ocaso de Amparo
Muñoz, analiza de forma irónica e inteligente los actuales programas del
corazón en donde personajes de la talla de Bárbara Rey explotan sus dotes de
actriz dramática, o indaga en Internet sobre la prematura y misteriosa muerte
de Sandra Mozarowsky, por medio de la información vertida en ciertos foros
donde se da por hecho que su fallecimiento se trató de un asesinato producido
por intereses políticos. Además, Sanz también expone los interesantes géneros
que surgieron durante este periodo de la historia, desde el Fantaterror al ya
citado cine de Destape, la Escuela de Barcelona o la Tercera vía, lo que aparte
de su evidente valor histórico, consigue atrapar a todo mitómano que se precie.
El coleccionismo, otro de los
temas tratados por Sanz en el libro. Este número de la revista Interviú es el
más solicitado por los erotómanos. Actualmente el original de 1976 puede
alcanzar la cifra de 100 euros en la web http://www.todocoleccion.com
En contraposición a lo comentado
se encuentra el bloque de ficción: la historia de Cata, que parte de la
inocencia de una niña que crece durante este periodo histórico (2), y que poco
a poco va adoptando tintes de crueldad a medida que va pasando al mundo de los
adultos, suponiendo una crítica feroz a la intolerante sociedad del momento. La
niña protagonista se evade de la realidad fantaseando con ser Daniela Astor,
una actriz extraída de su imaginación, realizada a imagen y semejanza de
aquéllas divas de andar por casa, y cuyo mayor y prohibido tesoro es el
cuaderno de Monstruas y Centauras en el que recorta fotografías de sus ídolos y
realiza con estas collages imposibles, emulando al John Moulder Brown de La
Residencia.
Daniela Astor y la caja negra se
puede considerar como una novela de docu-ficción, que funciona por separado a
ambos niveles, e incluso se complementan. Y es que, gracias a esta original
estructura, el trabajo de Marta Sanz puede resultar de enorme atractivo tanto
para el amante y estudioso del cine de subgéneros surgido durante la
Transición, o incluso del cine en general, como para el degustador de buenas
novelas escritas de forma elegante, irónica y con enormes dosis de crueldad.
(1) A pesar de ello a Sanz se le
escapa algún error de documentación como, por ejemplo, la cantidad de películas
que componen la filmografía de Jesús Franco, trescientas y no cincuenta como
ella asegura, probablemente a causa de un desliz que, sin embargo, hace que los
fans del director madrileño nos desgarremos las vestiduras.
(2)Tema que conoce perfectamente
la autora, ya que, de hecho, encabeza la obra con una imagen de la propia Marta
Sanz en su niñez, algo que lo hace más cercano, pudiendo incluso plantearse Rosa
y negro
El destape y el aborto son los
polos que usa Marta Sanz en su novela 'Gabriela Astor y la caja negra', para
retratar la transición española
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
para EL PAIS
Temerosos de que cualquier
etiqueta atraiga a los estudiosos de mañana, pero aleje a los lectores de hoy,
la mayoría de los escritores prefiere medir sus libros con la eternidad antes
que con el tiempo. Por eso sorprende que Marta Sanz (Madrid, 1967) diga que a
veces tiene la sensación de hacer “literatura de emergencia” y se refiera a su
último libro, Daniela Astor y la caja negra (Anagrama), como una “novela
feminista”. Su protagonista es Catalina, una muchacha que huye de sus 12 años
comiendo miga de pan para que le crezcan las tetas, despreciando a su madre por
poco refinada y jugando a ser una imaginaria actriz del destape, Daniela Astor.
Estamos en la España de 1978, un tiempo ilustrado con desnudos “integrales”,
cuya banda sonora es la sintonía de programas de televisión como Eva a las
diez, Aplauso o Los ángeles de Charlie.
Retrato de época y novela de
iniciación, más etiquetas, Daniela Astor y la caja negra surgió del interés de
su autora por la estrecha relación entre la realidad y sus representaciones,
algo apuntado ya en La lección de anatomía (RBA), el particular ejercicio
autobiográfico que publicó en 2008. “Yo no creo en la esencia de las mujeres.
El género es una construcción cultural. Qué es una mujer y qué se supone que es
se construye a partir de retazos de una cultura tergiversada que nos pone en
desventaja”, explica la novelista en su casa del barrio madrileño de Malasaña
mientras una gata que ha recogido de la calle merodea desconfiada. “Quería ver
cómo aquellas imágenes de la transición servían para construir a esas mujeres,
cómo todo ese imaginario hace que seas feliz o infeliz según te adaptes o no al
modelo. Y con todas sus contradicciones, porque Catalina asume gustosa
estereotipos femeninos que son absolutamente machistas”.
Marta Sanz, que recuerda su
propia fascinación adolescente por las revistas del corazón —“las leía en la
peluquería porque en casa las tenía prohibidas”—, insiste en una idea capital
para alguien que trabaja con la imaginación: no hay nada más conectado con la
realidad que la fantasía: “La dicotomía entre una y otra es falsa. La realidad
se construye a partir de su representación. Yo tenía la pretensión de escribir
una novela feminista y, más que de una tesis, tuve que partir de preguntas que
yo misma no tengo resueltas, hacer autocrítica. Me interesaba reflexionar sobre
cómo asumimos un discurso que nos hace daño”.
“Sobre el aborto hay toda una
imaginería atroz de insalubridad y casi brujería. Quería reflejar otra parte de
la realidad”
De la historia íntima a la
historia pública, La caja negra del título es un falso documental proyectado
por una Catalina de 50 años cuyo guion se intercala en el relato de su
adolescencia. “Cabe la duda de si la coartada cultural, intelectual sirvió para
mostrar carne o mostrar carne fue un procedimiento de normalización y crítica
de una sociedad mojigata y claustrofóbica. ¿Se araña la espesa capa del tabú o
el tabú se engrandecía alimentando el morbo?”. Esa es una de las notas del
guion, construido a partir de vídeos sacados, por ejemplo, de Idealista.com
—“Soy de Andújar, pero soy una chica de la calle Serrano” (María José
Cantudo)—, necrológicas de misses —florece la expresión juguete roto— o
crónicas de color rosa. La coartada intelectual del destape, decíamos. El
debate, recuerda Sanz, sigue presente: ahí están las feministas ucranianas
usando el desnudo como elemento de subversión. “En el caso español me interesó
presentarlo como lo que es, una paradoja. En un primer momento el destape pudo
ser liberador porque veníamos de una sociedad pacata y represora en todo lo que
se refería al sexo. Pero se da la vuelta en cuanto la imagen de la mujer se
mercantiliza. De la liberación de la mujer se pasa a su cosificación, ya es un
objeto”. ¿Y hoy? ¿Ha cambiado? “A la cosificación se le ha sumado la
homogeneización del modelo estético. Al fin y al cabo las mujeres de los
setenta eran físicamente muy distintas: culo gordo o pequeño; tetas grandes o
caídas; nariz grande o pequeña… Hoy todo pasa por el filtro de la cirugía y el
modelo es de autómata: los pómulos, los labios… y te lo venden con la fantasía
de que lo haces voluntariamente porque te sientes mejor. Las mujeres hemos
obtenido muchos logros, cierto, pero no todos: continúan la violencia de género
y la discriminación salarial, y somos más susceptibles de caer en la
precariedad. Aun así hay muchas mujeres que creen que ya no tienen motivos para
luchar por sus derechos”.
Aunque el relato es siempre
autosuficiente, el mundo de la protagonista de Daniela Astor y la caja negra
está tan lleno de referencias a un glamur de andar por casa que es difícil no
preguntarse por su caducidad. ¿Necesitará algún día el libro un enjambre de
notas a pie de página para aclarar qué demonios era el Ballet Zoom o quién
Susana Estrada? Para Marta Sanz, ese detallismo no es un límite sino un cauce:
los lectores sin memoria de esa época tendrán muchos datos para saber cómo era:
“Utilizar en las novelas materiales caducos —o soeces o ínfimos— no me parece
un demérito sino al revés. Todo depende de cómo los recrees literariamente. Yo
no soy Dos Passos, pero no creo que cuando él escribió Manhattan Transfer le
importara nada llenarla de referentes de la radio de los años veinte”.
Todo ese universo de cuché y
purpurina pasa a un segundo plano cuando aparece en la novela algo muy de la
época y muy de hoy, el aborto, un asunto que Marta Sanz ha querido despojar de
la sordidez al uso. “Sobre el aborto hay toda una iconografía, y es atroz”,
dice. “En la literatura y, sobre todo, en el cine se lo asocia siempre con
insalubridad y casi brujería. Ideológicamente eso es muy sintomático”. Su
libro, afirma, es una negación de todas esas imágenes: no hay habitaciones
iluminadas con bombillas de 40 vatios ni aspirinas machacadas en la vagina:
“Esa imaginería produce un horror sobreañadido a una situación que naturalmente
no es agradable. No creo que las mujeres que abortan lo hagan con frivolidad”.
Ella, insiste, quería “reflejar otra parte de la realidad, la de los
profesionales sanitarios que ayudaron a muchas mujeres con la mejor voluntad
aunque mucha gente terminara en la cárcel”.
El proyecto del PP de reforma de
la ley del aborto, que ha sorprendido a la sociedad con un debate que todo el
mundo daba por zanjado, sorprendió a la novelista en plena escritura: “A veces
tengo la sensación de hacer literatura de emergencia, y me parecía urgente
hacer una crónica parasentimental de la transición a través del destape y del
aborto tratado sin sordidez. Gallardón apareció cuando yo iba por la mitad. Me
temo que la crisis es una cortina de humo para rebajar derechos: sociales,
laborales, sanitarios… El otro día una mujer me decía que le parecía increíble
que tuviera que volver a manifestarse diciendo: ‘Nosotras parimos, nosotras
decidimos’. Como si la hubieran llevado 40 años atrás”.
“No hay que gratificar al lector como a un cliente. Que la literatura
sobre la crisis no se convierta en merchandising"
Hace 40 años Marta Sanz era una
niña, la que sale posando en blanco y negro en la cubierta de su libro. Hoy es
autora de nueve novelas en las que la familia es un tema recurrente: “Solo
puedo escribir de lo que conozco, y la familia es un reflejo en pequeño del
resto del mundo”. Todo empezó en 1995 con El frío, editado por Debate en los
tiempos en que publicaba ficción y la dirigía Constantino Bértolo, hoy al
frente de Caballo de Troya y por entonces descubridor de autores como Ray
Loriga o Luis Magrinyà. Aquella primera novela fue en parte el resultado del
paso de Sanz por la Escuela de Letras de Madrid, donde abandonó los poemas que
llevaba años escribiendo y aprendió no tanto lo que debía hacer como lo que no.
Todavía se ríe de su antiguo prejuicio de que la literatura debe ser sobre todo
cursi y eufónica, “refitolada”: “Agradecí que me amputaran aquella facilidad
mía para el verbo florido porque sigue muy extendida la idea de que la
literatura es bonita”. Que tardara 20 años en publicar dos libros de poemas, en
un solo volumen reversible, y que se titularan Hardcore y Perra mentirosa
(Bartleby, 2010) da una idea del cambio de rumbo. La poesía, no obstante, nunca
estuvo fuera de su horizonte. En 2007 publicó Metalingüísticos y sentimentales
(Biblioteca Nueva), una antología de 50 autores —de Martínez Sarrión a Luisa
Castro— cuyo origen está en su tesis doctoral: “La poesía española durante la
transición”.
Hoy Sanz es profesora en
excedencia en la Universidad Antonio de Nebrija —se reincorpora el curso que viene—
y en una escuela de letras heredera de la de sus 20 años, Función Lenguaje:
“¿Que si se puede aprender a escribir? Hay que tener unas aptitudes mínimas,
sobre todo una manera especial de mirar, más que de escribir. Y el contacto con
los demás —la crítica constructiva y la destructiva— es importante para la
formación de por sí solitaria de los escritores. Luego, ser bueno o no tiene
que ver con el trabajo personal”. De ese trabajo salieron novelas como Los
mejores tiempos (Debate, 2001) —ganadora del premio Ojo Crítico de Narrativa,
un galardón que le hizo sentir el “espejismo” de haber llegado a algo—,
Animales domésticos (Destino, 2003) —“mi novela de la crisis; hace 10 años la
precariedad ya empezaba a estar ahí”— o Susana y los viejos (Destino, 2006),
finalista del Nadal, que supuso un salto al que ella misma le quita postín:
“¿De 2.000 lectores a 8.000? Bueno, es cierto que luego tus novelas despiertan
más curiosidad”. No obstante, la gran curiosidad —“no sé si por el género o
porque las publica Anagrama”— ha venido con Black, black, black y Un buen
detective no se casa jamás, las dos novelas (negras) que precedieron a Daniela
Astor.
Marta Sanz cuenta que se lanzó a
escribir las historias de Zarco —un detective cuarentón gay— cuando se dio
cuenta de que la literatura negra se estaba volviendo previsible:
“Tradicionalmente había sido literatura social, de denuncia, pero había
desactivado su capacidad de crítica porque se había convertido en un género
rutinario que respondía perfectamente a las expectativas de los lectores. Lo
negro me estaba empezando a parecer rosa. Con esta novela [Daniela Astor…] he
tratado de demostrar que lo aparentemente rosa es absolutamente negro. Por eso
acaba con un capítulo de Sálvame”. La voluntad de romperle al lector las expectativas
es, repite Sanz, una de sus mayores preocupaciones: “La gran contradicción de
escritores que queremos intervenir en el espacio público como Isaac Rosa o
Belén Gopegui o yo es que nos gustaría que nuestros libros llegaran
precisamente a la gente a la que no llega. Muchas veces tienes la sensación de
que estás escribiendo para lectores afines que se van a reconocer o a
gratificar con lo que estás diciendo. Lo que yo querría es llegar a los que ven
Sálvame, que su mirada cambiara”.
Consciente del peligro de que
escribir libros comprometidos se convierta en coartada para quedarse en casa,
Marta Sanz defiende la separación entre escritora y ciudadana con una frase de
Jesús López Pacheco: “Que la revolución del lenguaje no sustituya al lenguaje
de la revolución”. Por eso recuerda que, fuera de las novelas, la política se
hace en los partidos, los sindicatos y las asociaciones. Fue ella la que, junto
a Benjamín Prado, leyó en Madrid el manifiesto de la marcha del 19 de julio del
año pasado contra los recortes sociales. “Me interesa hablar de las cosas que
están pasando, esa escritura de urgencia”, insiste, “pero siempre con la
prevención de que la literatura sobre la crisis no se convierta en moda y
merchadising. Intento escribir desde un punto de vista que pueda ser
desasosegante para los lectores. Hay gente que me ha dicho: ‘¿Cómo te pones a
hablar de María José Cantudo con la de cosas importantes que hay que contar?’.
Es que hay aspectos de María José Cantudo que me parecen muy importantes. No
quiero gratificar al lector como a un cliente. Me interesa molestar,
desasosegar, plantear preguntas que tengan en el lector una repercusión moral y
política. Busco lectores que no quieran solo pasar el rato con un libro. Cosa
que está muy bien, por cierto”.el lector en un principio que su contenido
pudiera ser una especie de autobiografía.
Sobre 'Daniela Astor y la caja
negra', de Marta Sanz
Leo Daniela Astor y la caja
negra, la nueva novela de Marta Sanz, y el blog (este blog) resucita de pronto.
Así por las buenas, sin necesidad
de excusas, apuestas o unas cañas de por medio.
Al revés, casi que escribo a
contrapelo en el ordenador viejo porque el de siempre se ha roto, esquivando
mil tentaciones y unos cuantos trabajillos de mierda, intentando corregir por
enésima vez la nueva novela y, sobre todo, luchando contra la pereza primaveral
que este año más que nunca parece infinita, monstruosa, inabordable.
El universo entero convertido en
un bostezo.
Pero es que hay que hacerlo.
A ver, Daniela Astor y la caja
negra es una novela de Marta Sanz. O sea, una novela hipnótica y exigente, a
ratos inquietante e incómoda y a ratos juguetona e irónica, un desafío y un caramelito
para el lector. Pero un caramelito, ojo, que puede ser peligroso.
Sí, y ésta es la primera buena
noticia: las novelas de Marta Sanz son esos caramelos con droga de los que nos
hablaban en la infancia para que desconfiáramos de los desconocidos y que hemos
estado esperando toda la vida. Los chupas y saben a mil sabores distintos.
Sabores que nunca has probado antes y tan pronto te dan un poco de risa como te
hacen sentir un miedo muy extraño. Un miedo que tiene que ver con darte cuenta
de que las cosas quizá sean de una forma muy distinta a como las habías imaginado
siempre. Un miedo también relacionado con notar que el suelo se mueve bajo tu
pies o con descubrir que dentro de ti hay un pequeño y miserable hijo de puta.
Digo pequeño y miserable hijo de puta por decir algo, que nadie se dé por
aludido. Era sólo un ejemplo.
Los libros de Marta Sanz siempre
te hacen más listo. La idea no es mía, me la comentaba el otro día alguien en
una fiesta de disfraces. Juro que la anécdota es cierta. Puede que te hagan
también mejor persona. O, al menos, una persona distinta, que es lo que hacen
siempre los libros que de verdad merecen la pena: según los lees, empiezan a
pasar cosas dentro de ti. Algo se rompe, algo cambia, algo surge, aunque sea
pequeño.
Eso para empezar y como
generalidad sobre Marta Sanz. Ahora Daniela Astor y la caja negra.
La historia es muy sencilla. O
no. Catalina H. Griñán, mujer de unos 50 años, escribe el guión de un
documental sobre las actrices del destape con las que soñaba cuando tenía 12
años y jugaba con su amiga Angélica a ser como ellas.
Por un lado, se nos cuenta la
vida de esas mujeres: Amparo Muñoz, Bárbara Rey, Sandra Mozarowsky (alucinante
su historia y las teorías de la conspiración en torno a ella), etc.
Por otro lado, Catalina
reconstruye desde la madurez su paso de la infancia a la adolescencia, se mete
en una piel que hace años dejó de ser suya, y revive un episodio muy dramático
que es el verdadero eje de la novela. Luego hablaremos de él aun a riesgo de
joderle la historia a quien todavía no la haya leído.
Lo primero que sorprende de
Daniela Astor y la caja negra es que consigue una de las cosas más difíciles en
literatura: desprende autenticidad. No hablo de verosimilitud, no es que
resulte creíble, eso es más o menos fácil, hablo de cierta intimidad, intimidad
no babosa. Hay una voz que te cuenta algo muy personal e importante, necesario.
Es una voz sin fisuras, como la de otras novelas de Marta Sanz, pero ahora se
vuelve aún más incuestionable si es que eso es posible. Catalina habla y
nosotros sólo podemos callarnos y escucharla. Estamos obligados a ello. El
vínculo que esta voz establece con el lector es muy intenso.
Y ese vínculo, a medida que
avanza la historia, se estrecha y se estrecha cada vez más.
Porque encima esta novela tiene
algo de trampa (no de tramposa). Tú entras y lo primero que ves es a dos
preadolescentes jugando, fantaseando y riéndose. Pero poco a poco se va
volviendo todo mucho más serio y te va quitando el espacio que tenías a tu
alrededor para moverte con libertad, para salirte si no te gustaba o para levantarte
e ir al baño. No es sólo que te atrape, es que te obliga. Otra vez vuelve la
obligación, casi en un sentido moral y casi como una fuerza física. Es una
obligación que tiene que ver con el desarrollo de la historia y del propio
personaje, con el telón de fondo de la novela. Incluso después de acabarla,
permanece el vínculo. No es un libro que cierras y ya está: a otra cosa,
mariposa. Es un libro que no terminas de cerrarlo del todo. Para bien o para
mal te acompaña. Y te sigue obligando.
Daniela Astor y la caja negra te
acompaña y te obliga porque te cuestiona. Te hace plantearte ciertos temas y
cuál es tu posición respecto a ellos. No se trata de algo meramente
intelectual, de yo pienso esto o pienso lo otro pero da igual porque ambas
posiciones son perfectamente intercambiables y no influyen en mi vida para
nada. No, es justo lo contrario, y de eso habla la novela: de cómo las ideas y
las imágenes determinan la realidad y se encarnan en ella, de los modelos que
se nos transmiten desde el cine, desde los medios o desde la literatura, de
cómo forjamos nuestra identidad a partir de unos sueños y unas fantasías que
son una auténtica mierda, como dice la protagonista nada más empezar la
historia.
Catalina a los 12 años juega a
ser Daniela Astor, actriz rubia natural con un lunar sobre su carnoso labio
superior, un descapotable y un magnate que pretende casarse con ella. Catalina
–tan inteligente, tan cabrona, tan tierna en el fondo y sin querer reconocerlo,
tan frágil y tan cínica, tan adorable– juega y no es que nosotros juguemos con
ella, es que sus juegos son los nuestros, entonces –finales de los 70– y ahora.
Sus fantasías son las que determinan y configuran la vida de tantas y tantas
mujeres en las últimas décadas y en actualidad. Y las que mandan sobre el deseo
de los hombres. O sea, también sobre sus vidas. Hablo de modelos de belleza,
pero sobre todo de modelos de vida. Hablo de exigencias impuestas desde fuera,
de un bombardeo constante, de eso tan bonito y tan foucaultiano de ver cómo el
poder, un poder ciego y difuso, toma el control de los cuerpos, los penetra,
los posee o los destroza llegado el caso. Hablo, por ejemplo, de ese proceso
mediante el cual el cuerpo, en este caso el cuerpo femenino, se convierte en
objeto de consumo. Y de consumo en un doble sentido: el de las portadas del
Interviú, por ejemplo, a las que Marta Sanz dedica un brutal capítulo en las
novela y que explica muy bien por qué todas o casi todas esas actrices del
destape acabaron tan mal: no eran más que carne para la inmensa picadora de un
país que jamás renunció a su miseria moral y política. Objeto de consumo
también en el sentido de ampliación del mercado, de creación de toda una series
de ansiedades y necesidades nuevas relacionadas con el cuerpo. Esa obsesión que
a nosotros nos parece tan natural pero que nuestras abuelas jamás sintieron por
tener un buen culo, o unas grandes tetas, o gastar un altísimo porcentaje de
sus ingresos en baratijas del Zara fabricadas en cualquier taller de
Bangladesh, donde sus trabajadores encima tienen el mal gusto de morirse de
pronto de cien en cien o de mil y mil, y nos recuerdan así, aunque no lo
pretendan, cuál es el carísimo precio que pagan algunos por nuestros estúpidos
caprichos.
Daniela Astor y la caja negra
habla del origen de todo esto y de los mecanismos que lo perpetúan, y por eso a
mí no me parece tanto una novela sobre la Transición o el destape (que sí, que
también) como una novela sobre nosotros, absurdos ciudadanos en crisis del
siglo XXI.
Podría decir también que algo muy
parecido ocurre con los hombres, pero no sería del todo cierto, o no sería en
absoluto cierto, e implicaría abrir un debate que excede las pretensiones de
esta reseña.
Y cuidado, porque a partir de
aquí pueden filtrarse detalles de la trama y de la novela que se la joderán a
quien no la haya leído y quiera hacerlo.
Daniela Astor y la caja negra
trata otro tema espinoso: el aborto. De nuevo el poder y los cuerpos. Pero esta
vez la dominación se ejerce por medios mucho menos sutiles, la presión es tan
real y tan primitiva como una pareja de la policía que detiene y lleva a la
cárcel a una mujer por abortar en esa España de los 70 en la que supuestamente
muchas otras mujeres se estaban liberando a sí mismas y al resto por desnudarse
en el cine o en las revistas.
Marta Sanz plantea el tema del
aborto de una forma muy valiente: sin gilipolleces. No elige a una adolescente,
ni a una mujer violada o en la miseria más extrema, o a punto de parir un bebé
enfermo y que se pasará toda su vida sufriendo en una cama. Tampoco explica los
motivos de esa mujer para abortar. No quiere entrar ahí. Incluso la enfrenta
con su marido al tomar la decisión. Marta Sanz plantea el derecho de la mujer a
elegir de manera rotunda y absoluta.
Tan rotunda y tan absoluta que,
ay, puede hacer que durante su lectura surjan mil dudas y cierta incomodidad,
puede también que algunos desacuerdos, al mismo tiempo que se disfruta o se
sufre (para bien) la novela, mientras te entusiasmas o te emocionas con ella.
Daniela Astor y la caja negra te
cuestiona, ya lo advertíamos antes, y puede hacer que brote más de un conflicto
latente o más de un ramalazo reaccionario.
Éste, por supuesto, es uno de los
mayores halagos para su autora, aunque yo no sé si estoy de acuerdo con ella y
al hablar de conflictos, ramalazos y desacuerdos lo más probable es que me
refiera a mí, y quizá por eso la tal Daniela o la tal Catalina me hayan
revuelto tanto (otra vez para bien), y me persigan desde entonces. No consigo
quitármelas de encima.
Quizá por eso, supongo, tenía y
quería escribir esta reseña que lleva semanas dando vuelta en mi cabeza y unos
cuantos días aquí abierta como un borrador que escribo y reescribo, corrijo y
corrijo, sin que termine de convencerme. O sin que me convenza en absoluto.
Y es que la sensación que
prevalece es la de no haber llegado ni siquiera a rozar la novela. Se me quedan
demasiados temas, demasiadas escenas y demasiados personajes que ni siquiera he
mencionado. Si Marta Sanz es siempre mucho más lista que tú y te excede en
todo, hagas lo que hagas, esta vez se ha crecido aún más y por esta novela
desfilan lo mismo magistrales escenas de iniciación sexual inspiradas en las
películas de terror de la época que una durísima crítica a determinada
izquierda o una relación entre una madre y una hija llena de rencores,
reproches y cariño, que es como para ponerle un piso. Hay también momentos para
la emoción, una emoción contenida, en absoluta sensiblera o manipuladora, y
hasta aparece Sálvame, sí, sí, Sálvame, el programa de televisión en un final
apoteósico que mete hostias como panes a ese otro gran escritor e intelectual
llamado Jorge Javier Vázquez.
Nadie escribe como Marta Sanz y
en Daniela Astor y la caja negra lo vuelve a demostrar.
Por eso, si has llegado hasta el
final de esta reseña eterna y fracasada tengo una mala noticia que darte: has
perdido el tiempo de la manera más boba.
Déjalo ya, corre a la librería o
la biblioteca, y hazte con un ejemplar. Descubrirás que los caramelitos con
droga existen y que después de probarlos ya nada vuelve a ser igual.
(Lo de Jorge Javier es coña,
claro. Lo de gran intelectual y escritor. Pero las hostias no, esas aparecen en
la novela y van muy, muy en serio.)
José Miguel
López-Astilleros
Esta novela es una mirada crítica
y retrospectiva de la Transición española a través de los ojos de una niña de
doce años y de un falso documental proyectado por ella misma treinta y ocho
años después, que se va intercalando en el hilo argumental. El eje en torno al
que la narración avanza y da pie al retrato de la sociedad de aquel tiempo,
consiste en contar sin sordidez y truculencia el desenlace dramático de la
madre de la protagonista, al someterse a un aborto terapéutico, por aquel
entonces ilegal.
Catalina nos cuenta en primera
persona su viaje hacia la madurez, y cómo descubre que crecer a veces duele.
Quizás por ello se inventa un alter ego, Daniela Astor, que encarna a una mujer
confeccionada con lo que en esa época el cine, la televisión o las revistas
estaban vendiendo como el ideal femenino, a quien desea parecerse y de cuya
identidad se apropia para ponerse a resguardo de la cruda intemperie. Con este
recurso Marta Sanz nos rebela la importancia que tienen las representaciones de
la realidad en la formación de nuestra personalidad, con lo cual queda claro
que ninguna imagen, mensaje o valor difundido es inocuo ni inocente, pues
obedece a unos fines determinados, incluso cuando esa asunción de lo exterior o
ajeno nos pueda perjudicar. Por otra parte, vamos a penetrar en su mundo
adolescente, y en cómo contempla el de los adultos, lleno de incomprensiones y
extrañezas, de lealtades y traiciones, de faros que se hunden en arenas
movedizas, con especial atención a la compleja relación entre su madre y ella.
Catalina nos proporciona un punto de vista femenino, desde el cual asistimos a
los cambios que se están produciendo en la familia, en abierta oposición con la
hipocresía y el conservadurismo reinante hasta entonces, así como a los nuevos
usos y costumbres que pugnan por abrirse paso en la sociedad, o a la influencia
de los nuevos iconos femeninos de los mass media, que no dejan de tener un
cierto tufo machista, aunque bajo el auspicio de una falsa coartada
intelectual.
El documental titulado La caja
negra está dividido en diez partes, de las cuales nueve están dedicadas a
analizar el fenómeno del destape en la Transición. La estructura de cada una de
ellas consiste, por una parte, en una narración y descripción de lo que va
apareciendo en la pantalla, y por otra en un análisis y comentario de lo
anterior. Marta Sanz combina así el testimonio histórico con la argumentación
al servicio de una tesis, la de que el destape sirvió de pretexto para mostrar
una vez más la obsesión sexual de los hombres por las mujeres, a las que se
rebaja hasta la cualidad de objetos. La parte décima de esta caja está situada
en nuestro presente, y consta de una entrevista a Bárbara Rey en un programa
rosa de televisión, que enlaza con los tiempos pretéritos, para dar a entender
que, en realidad, sólo cambia la estética en el tratamiento degradado y
mercantilista que se sigue dando a la imagen de la mujer en ciertos medios de
comunicación y entretenimiento. Sería este un buen punto de partida para una
obra que mostrara el alma tanto de los participantes, espectadores y
conductores de ciertos programas televisivos, como queda aquí sugerido.
Daniela Astor y la caja negra no
es una novela para consumir entre bostezo y bostezo. Es una novela que contiene
una historia con planteamiento, nudo y desenlace, pero que no siendo eso lo de
menos, nos hará reflexionar en profundidad sobre la condición femenina, entre
otras muchas cosas, y no sólo en aquellos años de efervescencia, que tan bien
conoce la autora, sino en nuestra actualidad, máxime cuando da la impresión de
que estamos metidos en un túnel del tiempo con marcha atrás.
Se podría decir que toda la
novela constituye la caja negra de una nave, la de nuestra sociedad a finales
de los años setenta, donde ha quedado registrada la evolución de la sociedad,
así como la mentalidad tanto de hombres como de mujeres respecto a la lucha por
la igualdad que siguen librando estas, y por el derecho que tienen a decidir
sobre su propio cuerpo. Todo ello con un estilo sencillo y directo, no exento de
originalidad, ironía y momentos de delicada ternura.
RODRIGO PINTO en EL
MERCURIO (Santiago de Chile)
¿Cuántas maneras hay de leer y
contar un proceso de transición a la democracia? Los novelistas españoles
demuestran que hay muchas, como se ve en dos novelas que comienzan en 1978.
Javier Cercas, en Las leyes de la frontera, optó por el retrato de los
delincuentes juveniles que, por un extraño azar de la historia, en algún
momento fueron vistos como héroes; y Marta Sanz, en Daniela Astor y la caja
negra, por el progresivo descubrimiento del cuerpo femenino y de sus derechos.
La novela discurre por un doble trayecto: por una parte, está el relato en
primera persona de la protagonista que habla desde sus doce años, pero,
invirtiendo el dicho habitual, desde el adulto que todo niño lleva dentro. Por
otra, el libreto de un documental realizado por la misma Catalina a sus
cincuenta años, que recorre páginas de la década de los setenta: las primeras
portadas de la revista Interview, que incluían desnudos de famosas actrices y
cantantes; el género cinematográfico del "fantaterror" español, que
antecedió en audacia y desnudos a la comedia erótica que floreció ya iniciada
la transición; las vidas quebradas de esas mismas actrices que marcaron el preludio
del destape español de comienzos de los ochenta. Catalina y su amiga Angélica
sueñan que se llaman Daniela Astor y Gloria Adriano, mujeres bellas y
rutilantes que despiertan el deseo masculino, cuando en realidad son dos
adolescentes que enfrentan el despertar de su conciencia de mujeres en el marco
de una sociedad represiva y timorata. El doble o triple juego entre su vida
convencional y la vida de fantasía, entre el documental que rememora y
desmenuza lo que hoy llamaríamos la farándula en la época en que las niñas
viven, le otorga a la novela no solo complejidad e interés, sino también una
rara capacidad de construir personajes atractivos e historias cuyo desgarro
-porque, por supuesto, la realidad impone sus derechos y las obliga a desterrar
a sus falsas identidades, incapaces ya de sostener el muro defensivo de la
fantasía- comienza cuando la madre de Catalina adopta una decisión que
significa la ruptura del entramado familiar. Desde sus cincuenta años, o desde
la adulta que la niña lleva dentro, Catalina ofrece un recorrido sereno y
revelador de cómo las mujeres de su generación se descubrieron a sí mismas y de
cómo vivieron esa transición que fue también, de alguna manera, un paso a la
madurez..



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