Os adjunto una reseña y un par de buenas entrevistas para centrar el debate:


El país del miedo
Isaac Rosa
Seix Barral. Barcelona, 2008. 314 páginas,1950
euros
El sevillano Isaac Rosa (1974) no ha publicado
muchas obras -lo que es lógico si se considera su edad-, pero ha logrado con
ellas un merecido crédito que aconseja prestar atención a su carrera. Posee,
como virtud esencial e indiscutible, la plasticidad de una prosa rica y
variada, que a veces basta por sí misma para sostener historias poco
imaginativas, salvadas casi exclusivamente por la destreza expresiva del autor,
bien dotada para apropiarse de discursos dominantes y retorcerlos o parodiarlos
para mostrar su inanidad. En El país
del miedoson perceptibles
estos rasgos que singularizan al escritor, hasta el punto de que resultaría
difícil imaginar que un texto como éste, tal como se halla planteado, hubiera
podido llegar a buen puerto en otras manos. El país del miedo parte de una
teoría que poco a poco va siendo desalojada por el ejemplo práctico. Es como
si, con una orientación casi didáctica y ejemplarizante, se arrancara de una
concepción que podría calificarse como ensayística del tema central para
desarrollar luego una historia -una novela, en suma- cuya función esencial
fuese la de confirmar aquellos planteamientos iniciales.
El núcleo temático es, como ya anticipa el título, el miedo. No un miedo concreto, reducido a un personaje o a unos peligros determinados, sino un miedo generalizado, social, que ha invadido las formas de la vida colectiva y condiciona actitudes y comportamientos. Un miedo que los medios de comunicación espolean involuntariamente al dar cuenta sin cesar de acciones violentas que exigen numerosas medidas de seguridad: peleas, robos, atracos, agresiones, violaciones, asaltos de todo tipo Y que se mezcla con el recelo ante grupos potencialmente peligrosos: delincuentes habituales, inmigrantes sin escrúpulos, mendigos agresivos, grupos marginales, adolescentes violentos, incluso las llamadas fuerzas del orden. También la ficción, sobre todo la que se ofrece en imágenes, contribuye a crear ese temor que acaba por interiorizarse en las conciencias. El repertorio de motivos amedrentadores que se detallan -no en vano las dilatadas series enumerativas son frecuentes en la prosa de El país del miedo- contiene y amplifica, reprodu- ciendo a veces el léxico y el estilo, noticias, informaciones, hechos y advertencias que han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana y que ayudan a configurar una mentalidad, un estado de ánimo y unas formas de vida gobernadas por una especie de permanente angustia ante el peligro desconocido e inexorable que nos acecha. El ejemplo de todo este estado de cosas, de esta difusa conciencia colectiva, lo ofrece Carlos, el padre desde cuya perspectiva se narra la historia, que nace con menudas cuestiones de acoso escolar y va creciendo hasta mostrar la formación de pequeños delincuentes y extorsionadores, con episodios que ponen en evidencia la ineficacia de la justicia y la impotencia clamorosa existente al abordar las actuaciones adecuadas para frenar la delincuencia juvenil. La actitud medrosa de Carlos, sus cesiones constantes ante las amenazas de un chiquillo, su desánimo ante posibles soluciones y su carácter extremadamente débil y pusilánime llevan tal vez al personaje, tal como el autor lo desarrolla, al borde mismo de la inverosimilitud psicológica. Es, en efecto, difícil compartir ese universo mental obsesivo y claustrofóbico que, por cierto destaca en una historia desarrollada casi íntegramente en las calles. Pero acaso era necesario extremar las tintas para conducir al lector con eficacia hacia un desenlace desolador, que parece confirmar los motivos reiterados en las páginas anteriores y arroja sobre la violencia social -de la que Carlos acaba, en definitiva, haciéndose cómplice- una mirada sombría, a la vez que deja el campo repleto de interrogantes acerca de la naturaleza humana.
Buen relato -sobrio, duro, contundente- servido por una buena prosa que, sin embargo, ofrece en algunas páginas desfallecimientos o desvíos inexplicables en un escritor como Isaac Rosa, como sucede con usos abiertamente rechazables (“aquel arma”, p. 95; “el único arma”, p. 159), giros anglófilos innecesarios y con cierto tufillo burocrático (“listado” por “lista”, p. 26; “evaluación” por “cálculo”, p. 256; “línea de no retorno”, p. 57, o “asumir” como forma única para “aceptar”). Algún pasaje reiterativo y desmañado, como el de las páginas 220-223, hubiera necesitado una reescritura. Son descuidos fácilmente subsanables, que apenas erosionan un texto sólido y bien construido.
El núcleo temático es, como ya anticipa el título, el miedo. No un miedo concreto, reducido a un personaje o a unos peligros determinados, sino un miedo generalizado, social, que ha invadido las formas de la vida colectiva y condiciona actitudes y comportamientos. Un miedo que los medios de comunicación espolean involuntariamente al dar cuenta sin cesar de acciones violentas que exigen numerosas medidas de seguridad: peleas, robos, atracos, agresiones, violaciones, asaltos de todo tipo Y que se mezcla con el recelo ante grupos potencialmente peligrosos: delincuentes habituales, inmigrantes sin escrúpulos, mendigos agresivos, grupos marginales, adolescentes violentos, incluso las llamadas fuerzas del orden. También la ficción, sobre todo la que se ofrece en imágenes, contribuye a crear ese temor que acaba por interiorizarse en las conciencias. El repertorio de motivos amedrentadores que se detallan -no en vano las dilatadas series enumerativas son frecuentes en la prosa de El país del miedo- contiene y amplifica, reprodu- ciendo a veces el léxico y el estilo, noticias, informaciones, hechos y advertencias que han pasado a formar parte de nuestra vida cotidiana y que ayudan a configurar una mentalidad, un estado de ánimo y unas formas de vida gobernadas por una especie de permanente angustia ante el peligro desconocido e inexorable que nos acecha. El ejemplo de todo este estado de cosas, de esta difusa conciencia colectiva, lo ofrece Carlos, el padre desde cuya perspectiva se narra la historia, que nace con menudas cuestiones de acoso escolar y va creciendo hasta mostrar la formación de pequeños delincuentes y extorsionadores, con episodios que ponen en evidencia la ineficacia de la justicia y la impotencia clamorosa existente al abordar las actuaciones adecuadas para frenar la delincuencia juvenil. La actitud medrosa de Carlos, sus cesiones constantes ante las amenazas de un chiquillo, su desánimo ante posibles soluciones y su carácter extremadamente débil y pusilánime llevan tal vez al personaje, tal como el autor lo desarrolla, al borde mismo de la inverosimilitud psicológica. Es, en efecto, difícil compartir ese universo mental obsesivo y claustrofóbico que, por cierto destaca en una historia desarrollada casi íntegramente en las calles. Pero acaso era necesario extremar las tintas para conducir al lector con eficacia hacia un desenlace desolador, que parece confirmar los motivos reiterados en las páginas anteriores y arroja sobre la violencia social -de la que Carlos acaba, en definitiva, haciéndose cómplice- una mirada sombría, a la vez que deja el campo repleto de interrogantes acerca de la naturaleza humana.
Buen relato -sobrio, duro, contundente- servido por una buena prosa que, sin embargo, ofrece en algunas páginas desfallecimientos o desvíos inexplicables en un escritor como Isaac Rosa, como sucede con usos abiertamente rechazables (“aquel arma”, p. 95; “el único arma”, p. 159), giros anglófilos innecesarios y con cierto tufillo burocrático (“listado” por “lista”, p. 26; “evaluación” por “cálculo”, p. 256; “línea de no retorno”, p. 57, o “asumir” como forma única para “aceptar”). Algún pasaje reiterativo y desmañado, como el de las páginas 220-223, hubiera necesitado una reescritura. Son descuidos fácilmente subsanables, que apenas erosionan un texto sólido y bien construido.
Isaac Rosa. Escritor. En una semana estará en la calle
'El país del miedo', un análisis ficcionado sobre el origen del miedo ambiental
que nos coarta y atemoriza sin poder dominarlo
PEIO H.
RIAÑO Madrid 04/09/2008
Estamos llenos de miedos que no nos podemos quitar de encima. Elpaís del miedo (Seix Barral) es la nueva novela
de Isaac Rosa, que aparecerá el próximo 9 de septiembre. Fiel a su mirada
crítica ha montado un libro que combina partes de ficción con partes de
reflexión, que hurgan en los complejos de la civilización más
segura de
todas.
¿Por qué decidió dedicar el libro al miedo?
Es uno de los temas de nuestro tiempo. Está muy presente y se ha escrito poco sobre él. Sobre todo desde la ficción. Desde el ensayo hay algunos acercamientos interesantes. Quiero lanzar el debate y preguntar ¿de dónde viene el miedo ambiental?, ¿por qué tememos ciertas cosas y bajo ciertas situaciones?, ¿a quién le interesa que tengamos miedo?
Es uno de los temas de nuestro tiempo. Está muy presente y se ha escrito poco sobre él. Sobre todo desde la ficción. Desde el ensayo hay algunos acercamientos interesantes. Quiero lanzar el debate y preguntar ¿de dónde viene el miedo ambiental?, ¿por qué tememos ciertas cosas y bajo ciertas situaciones?, ¿a quién le interesa que tengamos miedo?
Usted
alterna ensayo y ficción para responderlas.
Sí, para reflexionar sobre esa ficción generadora y educadora de miedos. Me interesaba analizar cómo aprendemos ciertos miedos a partir de ficciones audiovisuales sobre todo, pero también literarias. De ahí tomamos los miedos a los que nos vamos a enfrentar. Y eso hace que, ante determinadas situaciones que objetivamente no tienen por qué implicar un riesgo o un peligro, nos sintamos vulnerables y amenazados.
Sí, para reflexionar sobre esa ficción generadora y educadora de miedos. Me interesaba analizar cómo aprendemos ciertos miedos a partir de ficciones audiovisuales sobre todo, pero también literarias. De ahí tomamos los miedos a los que nos vamos a enfrentar. Y eso hace que, ante determinadas situaciones que objetivamente no tienen por qué implicar un riesgo o un peligro, nos sintamos vulnerables y amenazados.
Y lo hace desde el miedo de un padre con los peligros de su hijo.
El miedo que tiene que ver con la salud, con la alimentación, pero mucho más concentrado en los niños y su protección. Una de las cosas que pensaba cuando escribía el libro eran estos comportamientos histéricos que ocurren cada dos por tres con el tema de los pederastas, los violadores, los secuestradores, que es algo que siempre ha existido. No estoy seguro de que ahora haya más que antes, simplemente reciben tal atención que se convierten en fenómenos histéricos.
El miedo que tiene que ver con la salud, con la alimentación, pero mucho más concentrado en los niños y su protección. Una de las cosas que pensaba cuando escribía el libro eran estos comportamientos histéricos que ocurren cada dos por tres con el tema de los pederastas, los violadores, los secuestradores, que es algo que siempre ha existido. No estoy seguro de que ahora haya más que antes, simplemente reciben tal atención que se convierten en fenómenos histéricos.
¿Por qué el miedo es una amenaza preparada?
No creo que vivamos en una realidad en la que debamos sentir miedo. No es un entorno especialmente inseguro ni amenazante. Sin embargo, recibimos mensajes relacionados con el miedo a través de la ficción, de los medios de comunicación magnificando los hechos. La clase política también genera miedos. Hoy leía en el periódico a Esperanza Aguirre diciendo que la Comunidad de Madrid está viviendo unos niveles de inseguridad insoportables. No creo que sea una ciudad insegura en comparación con otras capitales y, sin embargo, el ciudadano que recibe un mensaje en el que la primera autoridad de su comunidad, la presidenta del Gobierno madrileño, le diga que la inseguridad es "insoportable", genera una predisposición al miedo.
No creo que vivamos en una realidad en la que debamos sentir miedo. No es un entorno especialmente inseguro ni amenazante. Sin embargo, recibimos mensajes relacionados con el miedo a través de la ficción, de los medios de comunicación magnificando los hechos. La clase política también genera miedos. Hoy leía en el periódico a Esperanza Aguirre diciendo que la Comunidad de Madrid está viviendo unos niveles de inseguridad insoportables. No creo que sea una ciudad insegura en comparación con otras capitales y, sin embargo, el ciudadano que recibe un mensaje en el que la primera autoridad de su comunidad, la presidenta del Gobierno madrileño, le diga que la inseguridad es "insoportable", genera una predisposición al miedo.
Su
personaje está desbordado ante tanto miedo.
Podría resolver situaciones de una manera más o menos fácil, pero acaba huyendo de ella o adoptando respuestas que generan más inseguridad todavía.
Podría resolver situaciones de una manera más o menos fácil, pero acaba huyendo de ella o adoptando respuestas que generan más inseguridad todavía.
¿Qué
interés tiene el poder en el miedo?
El miedo tiene mucha utilidad desde el poder. Por un lado, es un factor de cohesión social que funciona; una ciudadanía asustada es más homogénea y más manejable. Por otro lado, el miedo permite distraer la atención sobre otro tipo de debates.
El miedo tiene mucha utilidad desde el poder. Por un lado, es un factor de cohesión social que funciona; una ciudadanía asustada es más homogénea y más manejable. Por otro lado, el miedo permite distraer la atención sobre otro tipo de debates.
¿Cómo
puede ser?
El Estado está fracasando en protegernos de aquello que dijo que nos iba a proteger, de otro tipo de inseguridades más de tipo social y económico.
El Estado está fracasando en protegernos de aquello que dijo que nos iba a proteger, de otro tipo de inseguridades más de tipo social y económico.
Ni
siquiera estamos preparados para eliminarlos.
El miedo tiene un elemento de comodidad. Puede ser paradójico, pero es cómodo sentir miedo y el sentir el miedo evita el querer conocer, el preguntar o el ir más allá.
El miedo tiene un elemento de comodidad. Puede ser paradójico, pero es cómodo sentir miedo y el sentir el miedo evita el querer conocer, el preguntar o el ir más allá.
El
lector no lo pasa especialmente bien...
Intento que el lector sienta ese miedo. Dependiendo de los temores previos que tenga el lector, hará una lectura u otra. Es un catálogo de miedos contemporáneos, urbanos... pero yo creo que más interesante que escribir un ensayo sobre este sentimiento, era escribir una novela sobre el miedo con eficacia.
Intento que el lector sienta ese miedo. Dependiendo de los temores previos que tenga el lector, hará una lectura u otra. Es un catálogo de miedos contemporáneos, urbanos... pero yo creo que más interesante que escribir un ensayo sobre este sentimiento, era escribir una novela sobre el miedo con eficacia.
¿Sigues
a tus contemporáneos?
Sí, pero no creo que haya ahora una generación como tal. Sí hay un equipaje teórico similar, pero en el resultado de sus libros no se parece. Me puedo sentir identificado con algunas propuestas teóricas, pero no me siento muy cercano a algunos planteamientos narrativos. No veo muy claro que haya una generación, más allá de que haya, por supuesto, autores que hemos nacido en unos mismos años. Pero cada uno tiene sus referentes, sus tradiciones, sus factores...
Sí, pero no creo que haya ahora una generación como tal. Sí hay un equipaje teórico similar, pero en el resultado de sus libros no se parece. Me puedo sentir identificado con algunas propuestas teóricas, pero no me siento muy cercano a algunos planteamientos narrativos. No veo muy claro que haya una generación, más allá de que haya, por supuesto, autores que hemos nacido en unos mismos años. Pero cada uno tiene sus referentes, sus tradiciones, sus factores...
"Vivimos en una sociedad asustada"
El
autor hace en El país del miedo una radiografía de los temores y sus trampas contemporáneas
Los miedos y las incertidumbres de Isaac Rosa están en vísperas de
duplicarse. Va a ser padre por segunda vez y atisba los temores que pueden
emboscar a sus hijas. Ha comprobado que cada vez más, desde la misma
concepción, aumentan las alarmas sobre los riesgos reales, sobredimensionados e
inventados, de vivir, de tal manera que "una vez nace el niño se convierte
en una víctima de esta sociedad del miedo".
Es la creciente y global tiranía que aborda este autor
sevillano de 34 años en El país del miedo (Seix Barral). Una novela esperada
después de la acogida que en 2004 tuvo El vano ayer (Premio
Rómulo Gallegos y Ojo Crítico). En ella reflexionaba sin nostalgias y con
ironía sobre la vidatras la Guerra Civil, sin
complacencias, y describía la asfixiante e ineludible sombra de temores dictada
por Francisco Franco durante casi 40 años.
Ahora, Isaac Rosa sigue su ruta crítica con la realidad para
mostrar las actuales trampas de una era minada de miedos físicos, morales y
emocionales sembrados por la modernidad y el desarrollo. Por las promesas de
futuro. De eternidad.
PREGUNTA. ¿Cuál es el miedo que persiste en su vida?
RESPUESTA. Hay muchos relacionados con la ciudad, un sitio
de oportunidades pero también de incertidumbre. Existen miedos que tienen que ver con la vida urbana que en algunos casos
consigues razonarlos y ponerlos en su lugar, y reconocer que están
sobredimensionados. Te acompañan y condicionan tu comportamiento. Aunque una
cierta dosis de miedo es necesaria para evitar peligros, incluso algunos
cumplen una función educativa.
P. Y otros los ha traído el desarrollo.
R. Vamos creciendo en miedos. Son acumulativos. Nos estamos
convirtiendo en una sociedad gobernada por ellos. Está presente en muchas
formas: miedo al terrorismo, a la delincuencia, a los pederastas; y otros
relacionados con la sanidad, la alimentación, la crianza, los viajes. Vivimos
en una sociedad asustada.
P. Es el precio y el secuestro de la modernidad.
R. Es una situación paradójica porque somos la sociedad más segurade la historia y, sin
embargo, somos la sociedad más obsesionada con la seguridad. Cuanto más seguros
objetivamente estamos, más inseguros subjetivamente nos sentimos, y demandamos
más protección.
P. Desenmascara la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano
contemporáneo.
R. Cuando uno alcanza ciertos niveles de seguridad y de protección
aspira a una seguridad absoluta. Y esa búsqueda genera ansiedad. Vivimos un
tiempo de incertidumbres que nos hacen sentir vulnerables, que a lo mejor no
sabemos nombrar ni definir, que tiene que ver con lo social, lo económico, lo
afectivo, y al final lo derivamos a otro tipo de inseguridades o amenazas más
evidentes, cuando realmente la incertidumbre es otra.
P. ¿A qué se refiere?
R. Nos sentimos amenazados hacia el futuro, sobre todo por cuestiones
que generaban más seguridad y ahora están menos estructuradas, como el trabajo.
Los asuntos relacionados con los afectos o la familia que no somos capaces de
ponerlos en claro y buscamos fantasmas ya identificados.
P. ¿Es el juego miedo-esperanza?
R. Hay una parte del miedo que está en nosotros y nos acompaña en
este principio de siglo. El miedo puede acabar siendo un sentimiento cómodo. Se
basa en la ignorancia, en el desconocimiento; tememos aquello que ignoramos,
con lo cual temer algo puede ser una forma de no preguntar.
P. Muchos de ellos son impuestos.
R. Y otros en el ambiente que generan una conciencia de amenaza
continua. Por ejemplo, a la crisis económica se suma la advertencia de que
traerá más inseguridad e inestabilidad; o los inmigrantes, que son vistos como
el enemigo interior. Además de los temores al transporte aéreo, a la
contaminación alimentaria, al cambio climático.
P. Una especie de hipocondría que tiene en su raíz la promesa de
juventud eterna.
R. Por eso hablábamos de buscar una seguridad absoluta. Es una
sociedad enganchada a todo tipo de pastillas porque no queremos sentir ningún
dolor ni físico ni moral ni de sentimientos. Eso nos lleva a entregarnos a
cualquier promesa de protección. Hace que en algunos casos renunciemos a
aspectos vitales como la libertad. Aceptamos cosas impensables hace poco. Como
nos protegen del terrorismo aceptamos que nos humillen en los aeropuertos, como
nos protegen de los pederastas aceptamos que nos vigilen las comunicaciones...
P. ¿Es la potenciación del miedo como arma política?
R. Es una forma de control. El sentido de todo poder político es
que la ciudadanía se sienta amenazada, y van actualizando esos miedos porque
necesitan que nos sintamos vulnerables. Que necesitemos de ellos. Es un uso por
parte del poder político, pero también de cómo el Estado está fracasando en
aquello en lo que prometía protegernos, y nos ofrece otro tipo de protección.
Nos distrae de las inseguridades reales y nos hace pensar en otras como si
fueran más graves.
P. ¿Cómo protegernos frente a toda esa información que incluso
difunden los medios de comunicación?
R. La mejor arma es el conocimiento. La primera tarea es ver qué
está detrás de ese miedo, ponerlo en su sitio, ver si está sobredimensionado,
ver a quién beneficia, ésa es una pista siempre a seguir. Por un lado, puede
beneficiar al poder político, pero por otro hay una serie de negocios como el
de la seguridad privada que no paran de crecer.
P. ¿Qué tanto contribuyen los medios a fomentar esos temores y
aprensiones?
R. Hay una parte en la que actúan como informadores y mensajeros.
Y otra que tiene que ver con el carácter espectacular del miedo y la amenaza; y
eso para los medios es una mercancía muy atractiva. Los medios desempeñan un
papel clave a la hora de difundir y magnificar el miedo.
P. La novela alterna capítulos narrativos y ensayísticos ¿Siempre
tuvo clara esa estructura?
R. Quería algo más relatado y con elementos de reflexión y
ensayísticos que no dejan de caracterizar al personaje y hacer verosímil su comportamiento
y decisiones. Esos capítulos se pueden leer de manera independiente. No quería
repetir una fórmula.
P. ¿Cuál fue el resorte para la novela?
R. El propósito inicial es indagar sobre mis propios temores, y te
das cuenta de que no estás solo, sobre todo como padre. Son menos los peligros
para los niños pero tendemos a sobreprotegerlos. Hay que andar con cuidado,
teniendo en cuenta que el miedo sí tiene un valor pedagógico y hay que saber
utilizarlo para no crear un cobarde.
P. ¿Es el miedo la nueva minusvalía?
R. Un exceso de protección puede privar a los niños de desarrollar
mecanismos de defensa racionales. Les evitamos situaciones desagradables y
cuando se enfrenten solos a una de verdad no saben cómo reaccionar. Hay que
buscar el equilibrio entre defenderlos y que aprendan a defenderse.
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