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diciembre 05, 2013
EL LIBRO DE BLAM, DE ALEKSANDAR TIŠMA
No conozco las razones que llevaron a Aleksandar Tišma a titular como El libro de Blam esta novela, pero lo puedo entender perfectamente. El protagonista es, en este caso, el verdadero eje de todo lo que se cuenta, la figura omnipresente sin la cual no se pondría en marcha ni se desarrollaría ninguna acción. Si bien se utiliza la tercera persona –a cargo de un narrador omnisciente que conoce el pasado y puede infiltrarse en los pensamientos– el punto de vista es, sin ninguna duda, el del personaje. El autor aborda de una forma muy particular el relato, no discrimina entre elementos narrados, pensados o descritos, a menudo nos sorprende con giros inesperados, porque estamos viendo el mundo a través de los ojos de un perdedor que se arrastra fantasmalmente, convencido de lo injusto de su existencia. Alguien que considera su victoria una derrota. Que el azar le ha jugado una mala pasada. Ese es el motivo de su merodeo taciturno, de esa inacción y ese rememorar constante, pero no lo descubriremos hasta las ultimísimas páginas.
De nuevo el tema del holocausto. Pero esta vez sin ninguna pretensión de dejar constancia. En lugar de una exposición objetiva de los hechos, encontramos dolor en estado puro, aceptación resignada, constante repulsión por uno mismo. Blam se reprocha, no solo tener la osadía de continuar vivo, incluso ser la cabeza portadora de esos recuerdos y pensamientos sombríos que aseguran la persistencia de lo que ocurrió. Que, por otra parte, también presenció Novi Sad, la urbe que vio nacer a Tisma. Ella es, junto con Blam, testigo de los hechos y, por tanto, conserva igualmente el estigma de haber estado allí, de recordar con su presencia lo innombrable. Con la mirada que nos presta el personaje, podemos ver sus calles, habitantes y edificios. El magistral enfoque del autor logra tocar nuestra fibra sensible prescindiendo de alharacas tremendistas.
Pero sí escalofriantes. Como cuando la óptica de unos seres irracionales pone de manifiesto lo irracional de la conducta de los hombres. Esos perros que…
“… después de haber trotado al lado de los deportados, se quedaban delante en la acera, puesto que ni sus amos ni los guardias les dejaban cruzar la verja. No eran muchos, cinco o seis a lo sumo (…) pero esos pocos perros, sin embargo, habían burlado la conspiración, y con la confianza y las limitaciones propias del animal se obstinaron en permanecer lo más cerca posible de aquellos a quienes creían aún pertenecer. Esto resultó ser un imprevisto penoso, tanto para los judíos, que al salir del retrete, o en busca de agua, debían casi esconderse, temiendo que sus perros los reconocieran y que con sus muestras de afecto y tentativas de acercamiento los obligaran a romper de nuevo con un mundo del que ya se habían despedido con dolor…”
Lo que queda, después de tantos años son las actitudes y el eco que encuentran en la conciencia. La pervivencia del mal en la época presente y en todas, su sinrazón, la cerrilidad mental que manifiesta –esa banalidad que mencionaba Hannah Arendt en su crónica sobre el juicio a Adolf Eichmann. Cualquier hecho –pasado o presente (y de este tenemos, por desgracia, bastantes ejemplos)– debería servirnos para presentar una oposición feroz a toda esa arbitrariedad, esa discriminación, esa crueldad que parecen estar inscritas firmemente en nuestro ADN y que jamás merece ninguna víctima.
La vertiente opuesta del asunto es la venganza, que Blam declina cortésmente cuando alguien se la presenta en bandeja en una atinada escena onírica. Desde ese momento, el aura de dignidad del personaje resplandece más que nunca.
Y el remordimiento, que siempre ha estado presente, aunque no de forma tan explícita, se nos muestra sin tapujos por fin:
“… ¡Había dejado pasar la oportunidad de vivirlo él mismo! La oportunidad de ponerse delante del fusil como sus padres, delante de los gendarmes como su hermana, de hacer el camino del Danubio como Slobodan Krkljus y agacharse, sordo a las advertencias, llevado por su primer pensamiento, el pensamiento de ayudar al viejo caído...”
Sin palabras.
En el blog unlibroaldia
domingo, 22 de diciembre de 2013
Aleksandar Tišma: El libro de Blam
Idioma original: serbio
Título original: Knijiga o Blamu
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable
En febrero hizo diez años que, rondando ya los noventa, nos dejó este magnífico escritor serbo-húngaro, en cuya biografía figura, entre méritos académicos y literarios, que estuvo internado en un campo de trabajo durante la Segunda Guerra Mundial. Supongo que eso marca una vida, que nadie se pude (ni debe) sustraer a una experiencia así.
Los escritores serbios –así como los de otros muchos países de Centroeuropa– nunca han sido demasiado conocidos aquí, aunque esto ha mejorado algo desde la caída del Muro y aún más como consecuencia de las guerras que asolaron los Balcanes durante la década de los noventa.
Su ciudad natal, Novi Sad, constituye el escenario donde se desarrollan gran parte de sus obras. Un lugar que, como ocurre con otros muchos escritores, ha llegado a convertir en paradigmático dentro de su mundo intelectual. En El libro de Blam, concretamente, –y en todo el ciclo titulado Ramas entrelazadas, constituido por cinco títulos– se convierte en un personaje más dentro del entramado, literariamente complejo aunque muy sencillo en la forma, en el que Tišma envuelve a sus lectores, concienzuda y sibilinamente.
Esto es así porque hablamos de una novela impresionista, construida a retazos, en una prosa concisa y sencilla y con todo el oficio y lirismo posibles, donde tanto pasado y presente como acontecimientos, emociones e ideas se entremezclan en un desorden perfectamente organizado. En ella todo es relativo, por ejemplo, no podemos considerarla realista aunque transmite fielmente la realidad. En todas sus facetas, aunque solo la que el protagonista, Miroslav Blam, asimila o expresa, pues lo que vemos, aun presentado en tercera persona, pasa siempre a través de él.
El panorama se reduce a un carácter melancólico, una existencia anodina y experiencias terribles. Este pasado y su fracaso matrimonial le han convertido en lo que es, el conductor de una vida sin alicientes que se va construyendo en nuestra cabeza a medida que componemos los fragmentos. Aparte de este desencanto de fondo, y en un contexto como es el de la arbitraria crueldad del exterminio, aparecen temas como la vergüenza, el remordimiento o la venganza. Los personajes se presentan algo desdibujados porque sobre todo es el grupo a lo que Blam dedica su atención. Destacan del conjunto: Cantimplora, el que fue su compañero de clase, su mujer, Janja, y su hermana Esther. Todos ellos representan la acción, la rebeldía ante un destino que no les satisface. Incluso Funkstein, al que escucha casi casualmente:
“… él había sobrevivido, había vuelto, el único de la familia de diecisiete miembros, pero anteriormente había soportado el riesgo, se había expuesto a la verdad, había visto, lo había experimentado” *
Esto en oposición a la pasividad del propio Blam que si se salva es por puro azar, no porque haya hecho nada por evitarlo. No obstante, en eso consiste su tragedia.
También de Aleksandar Tisma en ULAD: A las que amamos, Lealtades y traiciones, El kapo
ALEKSANDAR TISMA EN CTXT
Aleksandar Tisma y las simas de la Historia
Sus libros muestran la importancia de afrontar el pasado para evitar que retorne
Marc Casals 19/06/2019
El escritor Aleksandar Tisma, uno de los autores fundamentales de la literatura de la antigua Yugoslavia.
BRANKO LUČIĆ
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Con el lanzamiento de la novela Lealtades y traiciones de Aleksandar Tisma, Editorial Acantilado prosigue su labor de popularización de uno de los gigantes de las letras yugoslavas. De raíces serbojudías, Tisma siempre anheló trascender el provincianismo de su región natal, ubicada en el norte de Serbia, para integrarse en el acervo de Centroeuropa, si bien terminó por convertir la ciudad de Novi Sad –donde pasó casi toda su vida– en el marco predilecto de sus narraciones. Con proceder minucioso y expresión impecable, Tisma rastrea la huella que dejaron en los individuos los vuelcos que sufrió Yugoslavia en los años 40: primero la ocupación de las Fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial y luego la transformación socialista comandada por Tito. Los personajes de Tisma, lastrados por sus vivencias en la guerra y el Holocausto, apenas consiguen mantenerse a flote en el nuevo orden y el autor se vale de algún pretexto anodino para desmenuzar las tragedias que desgarraron Europa en el siglo XX.
En su libro de viajes Meridianos de Europa Central, Tisma describe un paseo por Viena bajo un cielo encapotado y lluvioso que le hace sentir “un producto fracasado de Centroeuropa”. Su región originaria de Voivodina, la más norteña de Serbia, se extiende por una vasta llanura donde los Balcanes abren paso a Europa Central y durante siglos formó parte del Imperio Austrohúngaro. Este influjo determinó la mentalidad de Tisma, quien consideraba la provincia centroeuropea como “un territorio cuyos rasgos resuenan en mi interior como pasos en una casa donde hubiese vivido, como si recorriese una versión más ancha y un poco olvidada de mí”. Aunque la mayor parte de su existencia transcurrió en Novi Sad, ciudad ribereña del Danubio, abominaba de su vida allí por la omnipresencia del tedio provinciano, “el aburrimiento que te hace carantoñas como una tía rica, gorda y ciega”. Políglota desde la niñez por insistencia de su madre, buscaba horizontes más vastos en el cosmopolitismo de Europa Central y leía con fruición para explorar universos alejados de su banalidad cotidiana.
Como herencia de la diversidad del Imperio Austrohúngaro, Voivodina era la región más multiétnica de Yugoslavia: serbios, húngaros, croatas, judíos, alemanes, eslovacos y gitanos, entre otros pueblos, conformaban un mosaico plurinacional con abundancia de matrimonios mixtos. Era el caso de los progenitores de Tisma, ya que su padre era serbio y su madre judía, si bien para contraer matrimonio se convirtió al cristianismo ortodoxo que profesaba su futuro cónyuge. Aunque Tisma había sido bautizado con el nombre serbio de Aleksandar, durante su infancia vivió este origen mezclado como una tara ignominiosa: en sus diarios se refiere a su condición de judío por vía materna con el eufemismo “vergüenza de la raza” y atribuye a la voluntad de ocultarla el aislamiento que sentía respecto a los demás niños. La escisión entre las identidades serbia y judía convirtió a Tisma en un individuo solitario, aislado en el rol de contemplador pasivo que disecciona la vida desde un rincón.
La tragedia alcanzó a los judíos de Voivodina con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi invadió Yugoslavia y cedió el norte de la región a sus aliados húngaros. Como parte de la campaña de “magiarización” de Novi Sad, las nuevas autoridades perpetraron una matanza para diezmar a judíos y serbios. Los cadáveres yacían por las aceras sobre la nieve empapada de sangre y, tras fusilar a cientos de civiles junto al Danubio, los soldados abrieron hoyos en la superficie helada del río para arrojar a los muertos a las aguas. Si Tisma sobrevivió, fue porque un vecino húngaro renunció a delatar a su familia y su padre decidió que estaría más seguro si lo mandaba a estudiar a Budapest. Gracias a este traslado a la metrópolis centroeuropea, Tisma escapó a la suerte aciaga de sus conciudadanos judíos: la mayoría pereció realizando trabajos forzados para el invasor y el resto fue deportado a Auschwitz. Dos siglos de vida judía en Novi Sad quedaron reducidos a cenizas.
Por la necesidad de mantener una existencia discreta en Budapest, Tisma pasó la guerra sumido en un profundo ensimismamiento, hasta tal extremo que apenas se conmovió con la liberación de Yugoslavia. Su idiosincrasia centroeuropea le distanciaba de los partisanos que se habían aupado al poder, a los que veía como montañeses toscos del interior de los Balcanes. Además, la euforia colectiva de la inmediata posguerra casaba mal con su individualismo y su talante escéptico le impedía comulgar con el adoctrinamiento marxista. Convencido de que bajo la fachada del ideal solo se escondía una nueva manifestación de lo que desdeñaba como “primitivismo balcánico”, buscó una forma de subsistencia que le permitiese escribir. Gracias a su empleo en una asociación cultural serbia, pudo dedicarse en cuerpo y alma a los quehaceres literarios: corregía manuscritos, traducía a autores de Europa Central como Stefan Zweig o Imre Kertész y, lo más importante, disponía de tiempo para trabajar en su obra.
En su incipiente carrera literaria, Tisma no halló un tema vertebrador, un filón que ir minando, hasta reencontrarse con su judeidad. Durante un viaje a Polonia en el que visitó Auschwitz, el escritor contempló los barracones donde habían malvivido los reclusos; los montones de gafas, maletas y zapatos de niño que habían dejado atrás, y el crematorio donde habían sido incinerados sus cadáveres. Solo entonces volvió a él el recuerdo de la masacre de Novi Sad, cuando había permanecido inerme con las manos en alto frente a los rifles de los milicianos húngaros, y cobró conciencia de que él también podría haber sido aniquilado. En su primera obra mayor, El libro de Blam, Tisma retrató a un judío superviviente del Holocausto que lleva una existencia apática en la Novi Sad de posguerra, carente de fuerza tanto para integrarse en el nuevo tiempo como para vengarse de los perpetradores. Con la publicación de El libro de Blam, Tisma se consideraba transformado: “Como un hermafrodita a cuyo organismo le hubiese llevado largo tiempo decidirse entre la feminidad y la masculinidad, solo ahora me he convertido en judío”.
El libro de Blam constituye el arranque de una pentalogía que Tisma denominó Ramas entrelazadas, que le valió su consagración como literato. En el entorno monótono y provinciano de Novi Sad, un suceso banal conduce a los personajes a tirar del hilo del recuerdo y, al cabo de un desarrollo paulatino, el suelo de la cotidianidad se agrieta hasta quebrarse en profundas simas de las que resurgen los espantos de la guerra. Tisma aprovecha el carácter diverso de Voivodina para adoptar en sus historias un enfoque poliédrico, dado que la experiencia de aquellos años resultó distinta según la etnia de cada individuo. Como resultado, el ciclo Ramas entrelazadas conforma un caleidoscopio de un tiempo íntimo y colectivo, local y universal, que muestra el dolor y los cataclismos del periodo más trágico del siglo XX en Europa. Hasta la fecha, Acantilado ha publicado las novelas El libro de Blam, El kapo, El uso del hombre y ahora Lealtades y traiciones, vertidas al español con solvencia por Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek.
Lealtades y traiciones, la obra que cierra Ramas entrelazadas, aborda la espinosa cuestión de la minoría alemana en Voivodina. Llegados en el siglo XVIII, en una colonización promovida por los Habsburgo, descendieron el curso del Danubio en barcazas y lograron transformar las ciénagas de la llanura en terrenos cultivables. Tras ser estigmatizados como colaboracionistas nazis, con la victoria partisana huyeron o fueron represaliados mientras sus tierras eran asignadas a nuevos colonos de las regiones más pobres de Yugoslavia. En esta ocasión, Tisma se vale de la disputa por la propiedad de un apartamento que reclama un matrimonio de alemanes originarios de Novi Sad para sacar a la luz la tensión entre germanos y yugoslavos, exacerbada por un retozo adúltero. Además, refleja las vivencias de la minoría alemana al concluir la guerra –desde su caótica huida ante la debacle del Tercer Reich hasta las violaciones perpetradas por el Ejército Rojo– y ahonda en los contrastes entre los Balcanes y Europa Central que atraviesan toda su obra.
Cerca del clímax de Lealtades y traiciones, el protagonista Sergije Rudic asegura a su antiguo compañero de armas: “Nadie es inocente. Ni siquiera nosotros somos inocentes. Hemos entrado en la rueda y esta no parará mientras uno de nosotros esté vivo, tanto de un bando como del otro. Aceptamos matar y cruzamos al otro lado, al lado de la muerte, donde las leyes de la vida ya no valen”. Este pasaje encapsula el proyecto literario de Tisma, su voluntad de hurgar en las cicatrices que el discurso oficial presentaba como suturadas y cuya brusca reapertura fue una de las causas de las guerras de Yugoslavia en los años 90. Aunque, por su edad provecta, Tisma desechó ficcionar este nuevo giro de la rueda infausta de los Balcanes, sus libros muestran la importancia de afrontar el pasado para evitar que retorne y previenen contra la noción ingenua de que las simas de la Historia quedan cerradas por siempre jamás.
AUTOR >
Marc Casals
En web balcanicaucaso.org
Aleksandar Tišma, una biografía
Con motivo del centenario de su nacimiento y de la conferencia que se celebra hoy y mañana en Venecia, publicamos la biografía del escritor serbio Aleksandar Tišma, amablemente facilitada por la Fundación con sede en Novi Sad dedicada a él.
18/11/2024, Gorana Raičević
Aleksandar Tišma © Fondacija Aleksandar Tišma
Aleksandar Tišma (Horgoš, 16 de enero de 1924 – Novi Sad, 15 de febrero de 2003)
Aleksandar Tišma nació en Horgoš, una ciudad al sur del Reino de Hungría, que tras la Primera Guerra Mundial pasó a formar parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Su madre, Olga Müller, provenía de una familia judía de comerciantes (la abuela de Tišma, Teréz Müller, escribió sobre ella en sus memorias, Istinita priča [Una historia real] Novi Sad, Akademska knjiga, 2012 ). Olga, amante de todo tipo de arte, se graduó en la escuela municipal de Subotica.
Obras de Tišma traducidas
Las obras de Aleksandar Tišma están disponibles en traducción italiana: Escuela de impiedad(traducida por Lionello Costantini, Roma, E/O, 1988), El uso del hombre (traducida por Lionello Costantini, Milán, Jaca Book, 1988, 2017), Prácticas del amor (traducida por Branka Ničija, Milán, Garzanti, 1993), El libro de Blam (traducido por Ines Olivari Venier, Milán, Feltrinelli, 2000), Kapò (traducida por Alice Parmeggiani, Rovereto, Zandonai, 2010), Novi Sad. Los días fríos (Lugano, ADV, 2012) y Sin un grito (traducida por Alice Parmeggiani, Pavía, FinisTerrae, 2024).
La conferencia "Cien años de Aleksandar Tišma. Verdad y literatura" se celebrará en Venecia los días 18 y 19 de noviembre , organizada por la Universidad Ca' Foscari de Venecia, Venezia Legge i Balcani, Akademska Knjiga y la Asociación Italiana de Eslavistas.
El padre Gavra, serbio originario del pueblo de Visuća, cerca de Gospić, en la frontera militar austrohúngara, completó sus estudios de bachillerato en Sremski Karlovci con una beca, pero optó por no cursar estudios teológicos. Siguiendo el consejo de la organización humanitaria Privrednik, comenzó un aprendizaje con Schwarz, un comerciante de Segedin. Pasó la Primera Guerra Mundial en la intendencia y, tras la guerra, regresó a trabajar a Horgoš, donde conoció a su futura esposa, Olga.
En referencia al matrimonio de sus padres, que se habían mudado a Novi Sad por el trabajo de su padre, Tišma lo describió como una unión de opuestos. Aleksandar creció como hijo único con un padre extrovertido, optimista y cariñoso, y una madre melancólica, introvertida y con inclinaciones artísticas que insistió en que su hijo estudiara idiomas extranjeros desde pequeño (además de serbio y húngaro, Tišma hablaba inglés, alemán y francés con fluidez).
Y, como diría más tarde, su pertenencia a "civilizaciones discordantes" lo impulsó desde muy joven a abordar cuestiones de identidad optando por el compromiso en lugar de la exclusividad, que, por el contrario, lo repelía. En vez de elegir una comunidad, Tišma transformó el elemento de la doble identidad, junto con sus inclinaciones artísticas, en la posición de un individuo desapegado, un observador que no participa del mundo sino que lo observa y analiza. A pesar de su inseguridad, esta misma condición lo llevó a optar por la escritura, a ver y describir todo aquello que otros dan por sentado, refractado a través de una perspectiva original y personal . Que Tišma tenía una naturaleza analítica queda patente en su Dnevnik (Diario, 2001), en el que se somete a sí mismo y a cada entorno en el que vive a una rigurosa vivisección.
En el diario que escribió desde su temprana juventud (1942-2001 ) , así como en su autobiografía de 1992 , "Sečaj se večkrat na Vali ", Tišma escribió que al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sus pensamientos se centraban en lo individual, lo personal, y no en lo general. Durante la ocupación, fue expulsado de la escuela secundaria serbia por un delito menor, pero la redada en Novi Sad en enero de 1942, en la que murieron miembros de ambos grupos étnicos (su abuela sobrevivió por casualidad), dejó una profunda huella en el joven Tišma.
Sus vivencias personales de aquel periodo quedarían plasmadas en una narración realista, la novela titulada El libro de Blam . Tras refugiarse con su abuela Teréz en Budapest (donde aún no se había afianzado la persecución de los judíos), se matriculó en la Facultad de Economía, pero pronto la abandonó para cursar Lengua y Literatura Francesa en la Facultad de Filosofía. Le fascinaban las clases de literatura contemporánea : Proust, Joyce, Mann, Virginia Woolf, Céline.
En 1944, tras la ocupación nazi de Hungría, fue enviado junto con cientos de sus compañeros de estudios a un campo de trabajo en Transilvania, donde pasó seis meses y donde, como él mismo dijo más tarde, se sintió cercano a la comunidad por primera vez y "sintió amor por la gente" (este "regreso" a la comunidad también sería fundamental para el futuro escritor, que necesitaba conocer la naturaleza humana y la "vida desnuda" para poder escribir sobre ella de forma realista).
De regreso a la casa de su padre en Novi Sad, contrajo ictericia y pasó su convalecencia en una sala de estar cercana , inmerso en la lectura. Según su propio relato, su experiencia más intensa antes del final de la guerra fue provocada por Proust , cuando se topó con Por el camino de Swann en francés. Al mismo tiempo, esta experiencia también representó una decepción para el futuro escritor, pues en ese momento se dio cuenta de que todos los libros que quería escribir «ya estaban escritos».
Tras la liberación, gracias al apoyo de un camarada que lo llevó a Sombor, llegó al cuartel general del Tercer Ejército Popular de Liberación, donde trabajó en la redacción de Bilten (El Boletín) .Viviendo entre los vencedores —soldados con una mentalidad de las tierras altas, tan distinta de la suya, propia de Panonia— , Tišma sintió el atractivo de un estilo de vida espontáneo y sencillo. Creía que ese trabajo en el ejército, donde pronto fue contratado como censor en la oficina de correos militar, lo salvó de una muerte segura en el frente de Srem, adonde enviaban a jóvenes como él, inexpertos y sin experiencia en el manejo de armas. Siguiendo las directrices del nuevo gobierno, la tienda de su padre, Gavra, fue confiscada y su casa fue ocupada por desconocidos.
Sus esperanzas de ir a Francia, donde tenía familiares, pronto se desvanecieron : suspendió el examen de ingreso para estudiar allí, y todos sus intentos de obtener un pasaporte de la Yugoslavia socialista fracasaron. Comenzó a trabajar como periodista en Voivodina Libre (Slobodna Vojvodina) en las redacciones de Sremska Mitrovica y Subotica, sintiendo la presión del periodismo dirigido desde el exterior. En Novi Sad, la sede a la que finalmente fue destinado como periodista de la sección económica, fue un alivio encontrarse entre personas con ideas afines. En el verano de 1947, participó en una campaña de trabajo voluntario ( radna akcija ) en Bosnia, y luego fue llamado a filas para completar su servicio militar en Sarajevo y Mostar.
En 1948, cuando se postuló para ser miembro del Partido, se unió a la redacción de Belgrado de Borba (La Lucha) , la voz oficial del Partido Comunista cuya misión era educar a las masas; un periódico que, como él mismo dijo más tarde, nadie leía ni compraba. Durante el enfrentamiento de Tito con el Cominform, gracias a su natural aislamiento social y su considerable desinterés por la política, Tišma logró evitar ser señalado para una posible deportación a Goli Otok. Luego se matriculó en Historia del Arte, pero pronto la abandonó para estudiar Filología Alemana, lo que le resultaba más adecuado.
En 1949, volvió a encontrar trabajo en Novi Sad, donde se convirtió en secretario administrativo de Matica srpska (permaneció allí hasta su jubilación, trabajando posteriormente como editor en la editorial), y donde conoció a Boško Petrović y Mladen Leskovac. Al año siguiente, comenzó a escribir reseñas de publicaciones literarias en lengua extranjera para Letopis Matice srpska (La Crónica de Matica srpska). También tradujo del húngaro y más tarde del alemán, y su primer relato, Ibikina kuća (La casa de Ibika) , se publicó en Letopis .
Animado por el afecto y los elogios del escritor Boško Petrović, un Aleksandar Tišma más maduro y seguro de sí mismo comenzó a escribir poesía y obras de teatro (los líderes comunistas lo dejaban en paz, tras haber sido expulsado del Partido). A principios de 1952, se casó con su bella colega Sonja Drakulić, con quien tuvo un hijo, Andrej, ese mismo año. Quería escribir una novela sobre un tema que le conmovía profundamente: los intentos de los jóvenes por abandonar el país en la sociedad socialista de posguerra. En 1955, dos años después de la muerte de su padre, Tišma, a los 33 años, obtuvo un pasaporte y realizó por primera vez su tan anhelado viaje a París. Aunque disfrutó de la capital francesa, regresó con su familia a Matica srpska, donde en 1958 publicó sus primeros libros de viajes.
A partir de entonces, su carrera literaria floreció. Publicó la colección de relatos Krivice i Krčma(Pecados y posadas, 1961). Ese mismo año viajó a Polonia, donde escribió el famoso libro de viajes Meridijani srednje Evrope (Meridianos de Europa Central). Durante ese viaje, Tišma experimentó una especie de revelación que marcó un punto de inflexión en su trayectoria como escritor. El judaísmo, al que pertenecía por nacimiento, y el Holocausto (aunque no lo vivió en primera persona) se convirtieron en los temas dominantes de los relatos y novelas con los que alcanzó la cima de su carrera literaria y que le valieron numerosos premios.
Las novelas El libro de Blam (1972), El uso del hombre (1976), Kapò (1987) y la colección de cuentos La escuela de la impiedad (1978), donde el tema del mal en el mundo y en el hombre "civilizado" es central, fueron traducidas a 17 idiomas, lo que permitió a Tišma convertirse en un escritor apreciado y leído fuera del ámbito cultural serbio y yugoslavo.
Se convirtió en colaborador externo de la Academia de Ciencias de Vojvodina (VANU) en 1979 y miembro de pleno derecho en 1984. Fue elegido miembro de pleno derecho de la Academia Serbia de Ciencias y Artes (SANU) en 1991 y vicepresidente de su filial en Novi Sad en 1992. En 2002 se convirtió en miembro de la Academia de las Artes de Berlín. Recibió numerosos premios: el Premio Branko (1957); el Premio Octubre de Novi Sad (1966); el Premio Nolit (1977); el Premio Nin (1977); el Premio de la Biblioteca Nacional de Serbia (1978); el Premio Szirmai Károly (1977 y 1979); el Premio Andrić (1979); el Premio del Libro de Leipzig para la Comprensión Europea (1995); el Premio Estatal Austriaco de Literatura Europea (1995); y fue nombrado Caballero de la Orden Nacional del Mérito de Francia (1997).
En su discurso de aceptación ante la Academia, que consistió en el relato Nenapisana priča(Historia no escrita, 1989), Aleksandar Tišma expuso el núcleo de su poética, basada en un enfoque realista, a saber, la creencia de que solo se puede escribir sobre experiencias no vividas de primera mano, a partir de la cual, en el laboratorio del escritor, se estableció la distancia necesaria.
Que la dualidad entre la cercanía del artista al mundo y su simultánea separación de él subyace en toda su obra también se evidencia en la autobiografía de Tišma, en la que relata su vida hasta la muerte de su madre. Tišma escribió sobre este acontecimiento tan íntimo e indudablemente cargado de emoción sin pasar por alto su contexto social, donde otra tragedia se desarrollaba a una escala mucho mayor, afectando a individuos y comunidades enteras.
Las razones de la desintegración de Yugoslavia y las guerras de la década de 1990 se presentan en la prosa autobiográfica Sečaj se večkrat na Vali de manera concisa y objetiva, lo que, según las inclinaciones del lector, ha dado lugar a diferentes valoraciones de esta obra. La muerte de su madre y la desintegración de su país —que Tišma afrontó con su característico y persistente desapego (pero que para él simbolizaba una especie de comunidad, lo que significaba que tuvo que sufrir la pérdida de una doble "ala protectora") — representaron otro punto de inflexión en la vida del escritor.
Tras 1990, la última década del siglo XX presenció una disolución gradual del entorno que, si bien carecía de inspiración y estaba plagado de ejemplos de valores negativos , había sido el único contexto real para el universo narrativo de Tišma. Habiendo alcanzado también la fama en Europa, símbolo de un espacio de libertad que siempre había anhelado —con un toque de melancolía que emana de todas sus obras, en las que el mal está presente y la humanidad y la justicia terrenal son una ausencia perpetuamente añorada— , Aleksandar Tišma comenzaba a poner sus asuntos en orden.
Tras el fallecimiento de Aleksandar Tišma el 15 de febrero de 2003, gracias a la iniciativa de su hijo Andrej, también un reconocido artista, la editorial Akademska knjiga de Novi Sad comenzó a publicar su obra completa. El primer libro publicado en el marco de este proyecto fue la novela Ženarnik (Repertorio femenino, 2010), obra que se conservaba en forma de manuscrito. En 2015, se filmó una serie para la Radio y Televisión de Vojvodina, basada en la novela de Tišma Vere i zavere (Confianza y traición, 1983).


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