Incluimos tres artículos muy
interesantes para saborear la lectura de Cosecha Roja, de Dashiell Hammett: los
de Kepa Arbizu y Juan Sasturain para la revista argentina Página 12 y un artículo
de Abel Grau para El País aparecido
con motivo de una reciente edición de la novela el año pasado.
Dashiell Hammett, la novela
negra
como radiografía de la sociedad
Kepa Arbizu
Tercera Información
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La novela negra, o mejor dicho la disposición del
público respecto a ella, ha seguido un camino de lo más curioso. Del ostracismo
de hace unos años y de ser un género menor sólo apto para los más fieles, se ha
convertido en una “marca” de éxito, llevando incluso a las grandes editoriales
a crear sellos específicos (cosa que es de agradecer). La novela policíaca
históricamente ha tomado vertientes diferentes. Por una parte estaba la que
utilizaba la “excusa” de la investigación para desgranar y analizar la sociedad
del momento. Otra se centraba en un análisis más introspectivo del
comportamiento individual y sus claroscuros (no en pocas ocasiones ambas formas
eran capaces de fusionarse) y una tercera en la que el peso de la narración se
basaba precisamente en desenmarañar el asesinato o el caso de turno. Dashiell
Hammett, nacido en 1894 y del que se cumplen este 10 de enero 50 años de su
fallecimiento, desde muy joven ejerció trabajos menores hasta que acabó en la Agencia
Nacional de Detectives Pinkerton, en lo que significaba el primer paso de lo
que sería una relación total con el mundo de la investigación. Interrumpe
temporalmente su oficio para irse a la I Guerra Mundial, en la que contrae la
tuberculosis, enfermedad que le acompañará el resto de sus días.
Su obra se crea en un contexto histórico idóneo
para dicho estilo. Son momentos en los que está instaurada la Ley Seca y el
poder del hampa estaba muy presente. Si a eso le añadimos sus conocimientos y
vivencias extraídas de su labor como detective privado, nos encontramos a un
Hammett con unas características ideales para recrear el mundo de la
delincuencia.
La revista “pulp” Black Mask será la que le brinde
la primera oportunidad de editar sus escritos (también sería el “hogar” de otro
de los genios de la novela negra como Raymond Chandler), entre los que ya
empiezan a asomar los personajes que más tarde darán vida a las novelas del
norteamericano. Su estilo es cortante y directo, repleto de diálogos capciosos y
violentos mientras que sus protagonistas son personas pesimistas, poco
sociables pero poseedores de cierta nobleza que llama la atención, más sobre
todo, al desarrollarse en un entorno social podrido. Ese compendio de
cualidades en la escritura será lo que se denominará como “hard-boiled”, un
subgénero que en dicha revista irá cobrando importancia y fama.
Su primera novela, y una de las más importantes,
“Cosecha roja”, condensa todas esas características en un relato en el que un
detective privado intenta limpiar de gansters una pequeña ciudad. Esa lucha
contra el hampa en verdad se verá reflejada en una sociedad corrupta donde
resulta difícil de discernir entre los que deben cumplir la ley y los
dispuestos a quebrantarla. Y es que a pesar de que Hammett suele ostentar el
título de creador de la novela negra, el suyo es un estilo en el que los
asesinatos o los relatos criminales son secundarios frente a la visión del
contexto en el que se desarrollan, casi siempre mostrado de una forma muy
crítica y donde las estructuras de poder no están muy separadas de los
delincuentes.
No fue la carrera literaria del escritor
norteamericano precisamente extensa. Duró unos 5 años, con otras tantas novelas
largas y un par más de recopilaciones de relatos cortos. Su obra de mayor
popularidad (no necesariamente en concordancia con su mérito artístico),
también ayudada por la adaptación cinematográfica realizada por John Houston,
es “El halcón maltés”. Una narración protagonizada por Sam Spade, arquetipo de
detective de la novela negra y que aparecerá en otros relatos de Hammet, en que
se mezcla su cinismo y crudeza con algo de romanticismo en la búsqueda de un
objeto preciado que delata la ambición y la codicia.
Con menos nombre, pero de indudable calidad,
aparece una obra como “La llave de cristal”, admirada por escritores ajenos al
género como Malraux y Gide, en la que mostraba sin ambages la relación entre
política y mafia y la subordinación de la primara a otros poderes. Su última
novela, “El hombre delgado”, sirve como resumen de lo que supone el estilo y el
carácter de la novela negra realizado por Hammett. A partir de este momento no
publicará nada más el autor, a pesar de seguir escribiendo. Su obra literaria
se condensa entre los años 1929 y 1934, pero su biografía personal continúa
dando datos dignos de ser reflejados y que pone sobre la mesa su militancia
política que ya se dejaba entrever en sus novelas.
A principio de los años 30 conoce a la actriz
Lillian Hellman, con la que entabla una complicada relación aunque duraría
hasta el final de sus días. Durante esos años ingresa en el Partido Comunista
de EEUU y se hace palpable su compromiso ideológico como demuestra su posición
a favor de la República española y a pesar de su estado frágil de salud, que le
impidió entrar en combate, ingresó en el ejército norteamericano para alistarse
en la II Guerra Mundial.
La llegada del Macarthismo y su persecución a las
personas de izquierdas le tocó de lleno a Hammett, más sobre todo porque hacía
poco tiempo había decidido formar parte del Congreso de Derechos Civiles de
Nueva York, tildado por muchos de comunista. Eso le llevó a ser interrogado en
busca de otros militantes. Su silencio y su negativa a delatar a nadie le llevó
a pasar una temporada en la cárcel y a la retirada de sus libros de las
librerías.
Años más tarde, el 10 de enero de 1961, moría
inmerso en el anonimato. Todo lo contrario pasará con el transcurso del tiempo,
que le ha encumbrado como uno de los grandes autores de la novela negra.
Inventor de una manera de entender este género, su literatura marcó una visión
crítica de una sociedad cruel y violenta, a la que intentó combatir tanto desde
su arte como con su militancia activa.
In memoriam Dashiell Hammet (1896-1961)
Flaco, duro y con estilo
Juan Sasturain
Página 12
Página 12
El 10 de enero de 1961, hoy hace justo medio siglo,
moría casi secretamente en un hospital neoyorquino Samuel Dashiell Hammett,
autor de El halcón maltés y de un puñado de novelas y relatos que en su
momento, finales del primer tercio del siglo pasado, cambiaron la narrativa
criminal para bien y para siempre.
Más allá del hoy consolidado mito progre que rodea
al autor y a algunos de sus afortunados personajes –Sam Spade pasado por
Bogart, sobre todo–, la obra narrativa pura y dura de Hammett trasciende
largamente el género que eligió para revolucionar desde adentro en lo formal, y
desde los bordes, en su modo de circulación. Quiero decir: es más que el
fundador de la escuela hard boiled y de la llamada, por los franceses, novela
negra.
Hammett es simplemente un notable escritor, a
secas; y en ciertos aspectos un caso excepcional, ya que produjo una obra de
inusitada calidad durante un breve y prolífico período –de 1927 hasta 1934–,
pero que antes de cumplir cuarenta años, cuando concluyó laboriosamente El
hombre flaco, en medio del éxito y del mucho dinero, estaba acabado. No lo
advirtió en el momento, pero viviría casi treinta años más sin poder volver a
escribir.
Así, aquel último invierno del ’61 el flaco y
siempre elegante Dash tenía 65 años y venía de una larga década mala. Hacía
tiempo que, enfermo y sin recursos, vivía de prestado y de la ayuda de su amiga
Lilian Hellmann, compañera con la que compartió treinta años de pareja
intermitente y solidaria: de los años locos de Hollywood-Nueva York, con
dinero, fiestas y borracheras, a la serena melancolía de los últimos tiempos.
El mito de su entereza y lealtad a códigos que
nunca negoció tiene con qué sustentarse. El, que se había alistado para
combatir al fascismo con 48 años y sirvió en las Aleutianas, fue perseguido y
acusado durante la Guerra Fría por el tristemente célebre senador McCarty &
Co, debido a su negativa a dar los nombres de los aportantes de fondos para
pagar las fianzas de los militantes comunistas detenidos durante la caza de
brujas. El texto taquigráfico de sus respuestas a la Comisión es un ejemplo de
coherencia y seca ironía. Declarado culpable, Hammett fue digna y
coherentemente a la cárcel por seis meses, a comienzos de los cincuenta.
Al salir, mientras intentaba volver
infructuosamente a la escritura por última vez, le embargaron –por impuestos
impagos– los derechos de autor de sus antiguas obras que aún se reeditaban,
adaptaban al cine o a la radio; además, y por razones ideológicas, lo ralearon
de las bibliotecas. Cuando murió, en aquel invierno a comienzos del ’61, ni El
halcón maltés ni Cosecha roja ni La llave de cristal ni La maldición de los
Dain ni El hombre flaco estaban en las librerías. Lo enterraron en Arlington y
fue poca gente.
Escritor de medios populares, Hammett no fue un
narrador parejo ni excesivamente riguroso a la hora de publicar. Sin embargo,
algunos de sus textos, como La llave de cristal y El halcón maltés, son obras
maestras absolutas que pertenecen a la mejor literatura del siglo. Hammett –al
decir de Raymond Chandler en ensayo famoso– no sólo sacó el crimen del salón y
lo puso en la calle sino que encontró un registro seco, referencial y
conductista con el que dio la palabra y describió los actos de personajes
reales en situaciones reales. Un laborioso trabajo de estilo que jamás mostró
sus costuras.
El efecto –dice Chandler– es que Hammett describió
escenas convencionales que “parecen escritas por primera vez”. El peso de los
hechos, la sequedad de los diálogos y la reticencia en cuanto a explicitar las
motivaciones dan a sus mejores textos cierto efecto de realidad del que decanta
la ambigüedad moral, cierto estoico escepticismo que no dice su nombre. Ni él
ni sus personajes juzgan ni predican. Exponen lo que ven y lo que hacen.
Hammett hablaba poco, pero siempre –desde que irrumpió en la literatura para
contar sus experiencias como ex detective de la agencia Pinkerton– pareció que
sabía de lo que hablaba. Y uno le cree.
Muchos de los que lo admiramos hemos escrito
largamente sobre distintos aspectos de su vida y de su obra. Enfermo crónico de
tuberculosis y prácticamente de-sahuciado a los veinticinco, se puso a escribir
a contrarreloj. Lo hizo y muy bien. Ganó muchísimo dinero y lo gastó sin
cuidado ni control. Alcohólico hasta los cincuenta años, mujeriego,
ocasionalmente violento, Hammett nunca fue un tipo cómodo. Ni siquiera o sobre
todo para él mismo. Anómalo marxista sin partido, sirvió a su patria en dos
guerras y nunca salió de los EE.UU. Sabía mucho y de todo, era culto en serio,
pero no soportaba la impostura.
Pocos momentos de la narrativa contemporánea tienen
la riqueza significativa de la historia de Mr Flitcraft, el cuento o anécdota
que Sam Spade le cuenta a la bella Brigid, sin motivo aparente, en un recodo de
El halcón maltés. El capítulo final que le dedica la cuidadosa autobiografía
Pentimento, de Lilian Hellmann, o el prólogo que escribió ella misma al
recopilar a principios de los setenta algunas de sus novelas breves son textos
–si no enteramente veraces– ejemplares. Y en lo interpretativo, nada mejor que
la introducción de Steven Marcus a los cuentos del Continental Op para
desmenuzar la poética y la ética que sostienen y constituyen la grandeza de sus
mejores relatos.
Además, dejó una ciudad escenario –San Francisco en
los alrededores del crac del ’29– y cuatro personajes inolvidables, cuatro
hombres duros que han quedado para siempre en la historia y la memoria del
género. Ninguno es policía. Primero, el innominado agente de la Continental, el
gordo, eficaz, imperturbable detective asalariado que cuenta sus aventuras en
primera persona y al final rinde cuentas al Viejo, su burocrático jefe. Es el
protagonista excluyente de las magistrales Cosecha roja y La maldición de los
Dain, y de un puñado de cuentos y novelas cortas de la primera época en la
revista Black Mask.
Después está Ned Baumont, que sólo aparece en la
memorable La llave de cristal, guardaespaldas y hombre de confianza del
gangster Paul Madvig. Su investigación del crimen –en medio de una disputa
electoral en la que influye directamente el delito organizado– es producto de
la lealtad al jefe, al que debe salvar de culpa y cargo. La Justicia es otra
cosa. Nunca Hammett alcanzó tan alto grado de perfección formal ni llevó tan
lejos la técnica dialogada de presentación. Ned Beaumont es el arquetipo del
personaje que se mueve en ese ambiente de ambigüedad moral que no excluye ni la
lealtad ni el amor.
El celebérrimo Sam Spade sólo protagonizó El halcón
maltés y un par de cuentos sin demasiada importancia. Es el clásico detective
privado que trabaja por su cuenta, tiene de socio al efímero Archer y a Effie
Perine de secretaria. Hammett no lo idealizó, le dio carnadura, cinismo y
reservada sabiduría. Pragmático, escéptico, portador de un código personal que
no le impide andar con la mujer de su socio y acostarse con la misma cliente a
la que finalmente entregará, Spade es insensible y eficaz, el duro por
antonomasia que sabe cómo tratar a esa comparsa de malvados y desdichados. Sólo
Effie lo conoce a fondo, y le da miedo. El último detective de Hammett, el
atildado y mundano Nick Charles, protagonista de El hombre flaco, está recién
retirado, en pareja con Nora y de paso por Nueva York cuando el problema lo
alcanza. Así, en tono de comedia de enredos, se pasa la novela bebiendo
cócteles y hablando por teléfono mientras resuelve el caso del inhallable thin
man al estilo del detective amateur del policial clásico. Si Bogart fue Spade,
el blando Dick Powell fue Charles. El detective amateur, famoso y adinerado
paseando por Manhattan cierra la parábola abierta por el anónimo laburante a
sueldo que se revolcaba a los tiros en los arrabales de San Francisco.
Después del Gordo, Spade, Beaumont y Nick, sólo
cabía el silencio. Y así fue.
La novela maldita de Hammett
Por:Abel Grau14/04/2012
Si existe una novela maldita de Dashiell Hammett,
esa es Cosecha roja.
A pesar de ser uno de los títulos pioneros del género negro, con su detective
rocoso y su femme fatale,
su realismo sórdido y su corrosiva carga contra la corrupción, nunca ha sido
llevada al cine. La novela, que se acaba de publicar en una nueva traducción al
castellano en el volumen Todos los casos del
agente de la Continental (RBA),
es la única de sus cuatro grandes que carece de película, aunque es pura carne
de celuloide. Y para probarlo ahí están las dos enormes películas en las que
palpita su espíritu: Yojimbo, de
Kurosawa, con su samurái indestructible que limpia de bandas criminales un
pueblo del Japón decimonónico, y Por un puñado de
dólares, de Leone, donde el cowboy Eastwood
hace lo propio en un polvoriento villorrio del Oeste mexicano. Nadie, sin
embargo, se ha atrevido con la historia original y esa condena oficiosa ha
rodeado a Cosecha roja de un aura de obra de culto.
Según cuentan los expertos, la maldición de Cosecha roja empezó muy pronto. Poco después de su
publicación, en 1929, el superproductor David O. Selznick compró los derechos y
le encargó el guión al prestigioso Ben Hecht. Pero cuando el estudio se fijó en
el veneno que supuraba el relato, se echó atrás. Al parecer no les gustó nada
esa historia con grandes empresarios que compran a senadores y congresistas,
que acumulan medios de comunicación y que contratan matones para reventar
protestas sindicales. Por no hablar de la decena de muertos que caen abatidos a
tiros entre sus páginas. Así que rescribieron el libreto y lo dejaron en una
comedia (!) con poco que ver con el original. Ellos se lo perdieron, porque Cosecha roja es un hito literario que fijó las
señas de identidad del género: su atmósfera, sus personajes y su estilo, como recuerda Eduardo Iriarte, traductor de la nueva edición. “Es uno de los
títulos fundacionales del género”.
Las
otras tres grandes novelas de Hammett no tuvieron esos problemas (La maldición de los
Dain ocupa un lugar
menor). La adaptación de El halcón maltés, dirigida por John Huston en 1941 con un reparto difícil de
repetir, fue un taquillazo; y en la década anterior, El hombre delgado triunfó y dio lugar a varias secuelas,
y La llave de cristal (esa estupenda reflexión sobre si es
posible la amistad en el inframundo del hampa) fue llevada al cine dos veces, y
más tardé influyó en la citada Yojimbo (reversionada en Por un puñado de dólares y El último hombre)
y en la muy negra Muerte entre las flores,
de los hermanos Coen. Pero la primera novela de Hammett sigue resistiéndose.
Cosecha
roja era la confirmación de lo que el
autor, exdetective de la agencia Pinkerton, había ido puliendo en sus relatos
de la revista pulp Black Mask. Esos textos suponían un distanciamiento respecto
a la tradicional novela de detectives. Ahora la resolución del misterio dejaba
de ser la cuestión central para dar entrada a la crítica social o la indagación
moral más turbia. En esta novela, que es la suma (fix-up) de varios
relatos, Hammett exhibe “su tesón para ir desenterrando la corrupción y
adentrándose en las entrañas de la sociedad”, añade Iriarte. Lo resumió bien el periodista estadounidense Allen Barra en Salon. “En la novela
policiaca, resolver el misterio nunca es completamente el objetivo; es un
género mucho más inquietante que todo lo que se pueda imaginar en el mundo de
Sherlock Holmes; porque en el mundo real, como sabemos, la responsabilidad del
crimen se extiende tan lejos en la sociedad que nadie está libre de culpa. No
existe ningún final nítido que nos haga sentir que el bien ha triunfado sobre
el mal”.
En ese ambiente de claroscuros morales nace un personaje como el detective sin nombre de Cosecha roja, un tipo bajo, rechoncho y de mediana edad; un lobo solitario y cínico, de vuelta de mil casos y emocionalmente impermeable, cien por cien pedernal. Como Sam Spade, es el antihéroe de los bajos fondos que Hammett legó como eterno protagonista del noir. Según Iriarte- “Hammett creó un arquetipo de investigador moralmente comprometido con la trama y sumamente realista en sus procedimientos”. Unos métodos que el autor conocía de primera mano y que transformó en literatura. Su detective "nos relata tanto las líneas de investigación que dan fruto como las que quedan abortadas, lo que hace que la intriga resulte mucho más verosímil, y nos permite experimentar las dificultades, la frustración y, a la postre, la agridulce satisfacción del protagonista”.
En ese ambiente de claroscuros morales nace un personaje como el detective sin nombre de Cosecha roja, un tipo bajo, rechoncho y de mediana edad; un lobo solitario y cínico, de vuelta de mil casos y emocionalmente impermeable, cien por cien pedernal. Como Sam Spade, es el antihéroe de los bajos fondos que Hammett legó como eterno protagonista del noir. Según Iriarte- “Hammett creó un arquetipo de investigador moralmente comprometido con la trama y sumamente realista en sus procedimientos”. Unos métodos que el autor conocía de primera mano y que transformó en literatura. Su detective "nos relata tanto las líneas de investigación que dan fruto como las que quedan abortadas, lo que hace que la intriga resulte mucho más verosímil, y nos permite experimentar las dificultades, la frustración y, a la postre, la agridulce satisfacción del protagonista”.
La otra gran innovación de Hammett fue el estilo.
“Las frases breves y contundentes, despojadas de adornos innecesarios, la
habilidad para describir una situación o un personaje con cuatro pinceladas”,
enumera Iriarte, que con esta nueva versión recupera la frescura del original
(la versión más popular hasta ahora, de Fernando Calleja, data de hace más de
treinta años). El traductor destaca de Hammett que “su capacidad de síntesis y
su tono descreído sin caer en la melancolía, crítico sin incurrir en el sermoneo;
se han convertido en un modelo a seguir para novelistas actuales”. Así
construye la personalidad de un tipo granítico capaz de soltar lindezas de este
calibre: "Tenía todo el aspecto de estar diciendo la verdad, aunque con
las mujeres, sobre todo las mujeres de ojos azules, eso no siempre significa
mucho". El muy selecto André Gide consideraba Cosecha
roja la mejor novela de Hammett. “Esos
diálogos, conducidos con mano maestra, son cosa para enfrentarla con Hemingway
y hasta con Faulkner; todo el relato mismo de una habilidad y un cinismo
implacables... En ese género particular es lo más notable que he leído",
escribió en el novelista francés.
Cosecha roja es la historia de un detective anónimo de una agencia nacional que llega a Personville (conocida como Poisonville, ciudad envenenada), una pequeña localidad minera atenazada por bandas de gánsters y podrida de corrupción hasta el tuétano. Un poderoso empresario local, amo de facto de Poisonville, que mantiene untados a políticos, periodistas y policías, siente amenazado su poder por líderes rivales y decide contratar al sabueso por un buen puñado de dólares para que limpie la ciudad. Así que el agente se plantea una limpieza a fondo. "Ahora voy a pasármelo en grande. Tengo 10.000 dólares suyos para correrme una buena juerga. Voy a usarlos para abrir Poisonville en canal desde la nuez hasta los tobillos". Su método: desatar una guerra entre facciones criminales que acabe con la destrucción mutua total. Incluso él mismo se ve arrastrado al salvaje despliegue de violencia. El título de la novela da una idea del resultado.
Cosecha roja es la historia de un detective anónimo de una agencia nacional que llega a Personville (conocida como Poisonville, ciudad envenenada), una pequeña localidad minera atenazada por bandas de gánsters y podrida de corrupción hasta el tuétano. Un poderoso empresario local, amo de facto de Poisonville, que mantiene untados a políticos, periodistas y policías, siente amenazado su poder por líderes rivales y decide contratar al sabueso por un buen puñado de dólares para que limpie la ciudad. Así que el agente se plantea una limpieza a fondo. "Ahora voy a pasármelo en grande. Tengo 10.000 dólares suyos para correrme una buena juerga. Voy a usarlos para abrir Poisonville en canal desde la nuez hasta los tobillos". Su método: desatar una guerra entre facciones criminales que acabe con la destrucción mutua total. Incluso él mismo se ve arrastrado al salvaje despliegue de violencia. El título de la novela da una idea del resultado.
Esta nueva traducción de Cosecha
roja, presentada en un grueso volumen que reúne todos los casos
del agente de la agencia Continental (como la novela La
maldición de los Dain, considerada menor), se añade a lo que parece un
revival hammettiano. Recientemente se han publicado el volumen Todos
los casos de Sam Spade (RBA)
e Interrogatorios (Errata
Naturae), que recupera los testimonios del autor durante la Caza de brujas, donde se negó una y
otra vez a delatar a otros (aun a costa de la cárcel). Y el próximo capítulo
parece que será en el cine. El actor Johnny Depp y el cineasta Rob Marshall planean
adaptar la novela El hombre delgado, protagonizada por el
matrimonio Nick y Nora Charles, dos sofisticados e implacables detectives
expertos en chistes y martinis. Depp se reserva el papel de Nick y por el de
Nora compiten Rachel Weisz, Emily Blunt, Amy Adams y Kristen Wiig, entre otras.
En caso de que la idea se concrete, la película podría suscitar un renovado
interés por Hammett y -quién sabe- hasta podría ser que algún productor se
acordase de Cosecha roja.


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