miércoles, 21 de agosto de 2013

LEONARDO PADURA: La neblina del ayer

Incluimos esta vez un video en el que Leonardo Padura explica su obra, así como una reseña extensa aparecida en Letras Libres y otra publicada en El Cultural.






VIDEO DE LEONARDO PADURA HABLANDO DE SU OBRA

La neblina del ayer, de Leonardo Padura
Por César Miguel Rondón
Mario Conde es un detective peculiar. A diferencia de la gran mayoría de sus colegas en la literatura policial, le dio por envejecer, y desaparecer. Por eso, cuando Leonardo Padura decidió cerrar su tetralogía policial, para entrar en los terrenos de una novelística más ancha y ambiciosa con La novela de mi vida, entendimos los lectores que el porvenir ya se había cerrado de manera definitiva para el Conde.
     Sin embargo, un huracán inesperado (ellos, que en el Caribe son siempre tan previsibles y anunciados) le rescató momentáneamente en Adiós, Hemingway, novela breve que formó parte de la inteligente y novedosa colección "Literatura y muerte", de la editorial Norma. Pero la vuelta del detective a la pesquisa lució momentánea, como si la hubieran interrumpido sólo por accidente otras rutinas y otros intereses.
     Confiesa el propio Padura que la invitación para volcar en cine las aventuras de Mario Conde lo lanzó de cabeza a los cajones donde había arrumado al personaje. Pero los guiones tardaron en convertirse en película (creo que todavía ni siquiera se ha filmado el primer pie), y, con la caja de las tentaciones abierta, supongo que el polvoriento personaje exigió volver a las andadas. Pero, después de Adiós, Hemingway, el regreso no podía asumirse como algo precario y circunstancial, y, sobre todo, tenía que partir de dos premisas fundamentales: el detective había envejecido y, más determinante aún, ya no era policía. Es así como Mario Conde sale a patear de nuevo las calles de La Habana en esta nueva novela, La neblina del ayer.
     Como es sabido, desde Aquiles para acá, los héroes no suelen envejecer, y los antihéroes, por más de su carácter rebelde y a contracorriente, tampoco. En el caso de los detectives la circunstancia es emblemática: una curiosa antología, Raymond Chandler's Phillip Marlowe (Ibooks, 1988), nos muestra, de la mano de los más diversos autores, cómo Marlowe va viviendo historias y descubriendo asesinos desde 1935 hasta 1959. Pero en todos esos años el hombre escasamente envejece —o madura—; además de que la ausencia del "padre de la criatura" (Chandler con mucho respeto, pero a la distancia, en la tumba), no deja de restarle alguna validez o legitimidad a esta peculiar evolución del detective.
     En el caso de Mario Conde, sin embargo, es el mismo único autor el que pasó las páginas del calendario: con él envejece y madura el héroe. Lo que, en efecto, nos remite a la madurez de Padura como novelista.
     Ya la violencia, por ejemplo, no se reparte de manera gratuita por cualquier quítame estas pajas, ahora se administra y hasta se medita, lo que la reduce a escasos, mínimos momentos por parte del Conde. Ya no hay apuros por llegar (¿a dónde, si ya salió de la policía?), ahora sólo se espera con calma —lenta, reflexivamente— a que comience el regreso. La acción, el ímpetu por el porvenir ya no están en él sino en su nuevo socio, el irreverente y siempre sorprendente Yoyi el Palomo, el cubano que siguió a aquél "hombre nuevo" del cual, ahora más que nunca, Mario Conde se descubre como una melancólica y desconcertada evocación. Es el Palomo el que constantemente le muestra una "nueva Cuba" que el propio Conde, con todos sus años en la policía y en la vida, jamás conoció y, por lo visto, ni siquiera sospechó. Y esas reflexiones y descubrimientos, ciertamente duros y a contracorriente, sólo son posibles para alguien que se tomó una pausa en la madurez.
     Creo que esto es lo que permite —tanto para Mario como para su cómplice, es decir: Padura— un capítulo tan sublime como el de la cena pantagruélica que, ¡por fin!, después de tantos años de hambre y penuria, se regalan junto a todos sus amigos. Menuda epifanía, al revés, al final de todas las cosas. Las verdaderas buenas mesas son sólo para sentar a los amigos. Un banquete, un auténtico festín, sólo es tal si de viejos amigos se trata. Una manera, pues, de festejar y celebrar lo vivido aunque, como en este caso, la abundancia momentánea (porque todos, aunque no lo dicen en alto, tienen la terrible certeza de que están ante algo pasajero) suponga el cruel inventario de infinitas carencias. Toda esta primera parte de la novela, donde se da cuenta de esa inclemente relación entre el cubano y el hambre, es de los textos más elocuentes y desgarrados sobre la cotidianidad en la isla en estos últimos tiempos.
     Pero, regresando al tema de la madurez, el verdadero alarde de Padura radica en la fractura que plantea ante lo que podríamos llamar el esquema convencional de la novela policial: ha ocurrido un crimen, sobre la sangre todavía fresca del cadáver comienza la pesquisa, un asesino anda suelto y es perentorio atraparlo de inmediato. Pero si el crimen no ocurrió en las primeras páginas, sino hace ya muchos años en la vida de los personajes, ¿cuál es la urgencia en buscar a un asesino que quizá también ya esté muerto? Y si esa "urgencia" no existe en la pesquisa, ¿puede el lector ser cautivado por una lectura ya no necesariamente marcada por la emoción y el suspenso? Porque si no hay "asesino suelto" no hay peligros, y sin peligros nuestro detective está más cerca del anónimo hombre común que del héroe.
     Se me antoja pensar que Adiós, Hemingway fue una primera aproximación, una suerte de primer experimento para enfrentar el reto. La víctima tenía décadas bajo tierra, y el asesino también. La tarea ulterior del Conde estaba en salvaguardar y proteger el buen nombre y la memoria de Hemingway. Reto difícil sobre todo si se toma en cuenta que a la inmensa mayoría de la humanidad viviente (incluida la que respira en la novela) le importa un bledo la memoria y el buen nombre del premio Nobel. Pero, superando el obstáculo, hay ahí una novela cautivadora y de mucho interés.
     Ahora Padura va más hondo. Hasta donde tengo entendido todo es ficción. Aunque Lansky ciertamente manejó drogas y prostitución en Cuba, y Montes de Oca tiene la sonoridad de un apellido de ricos en una vieja radionovela cubana, sospecho que Violeta del Río jamás existió, y así toda la gama de personajes que despliega la novela. Sobre ellos, pues, está el ahora maduro Conde abriendo una obstinada pesquisa, absurda y apasionante, que le permite al lector trazar hilos, sutiles pero sólidos, entre la Cuba pre y post revolucionaria. Ello sin dejar de lado el marco magnífico que supone una biblioteca donde los libros más caros (para el crimen y la novela) van dejando referencialmente hitos reveladores de la historia de la isla (ninguna novela anterior de Padura obliga a la reflexión política como ésta). Y es en este contexto tan difícil y espeso, con las víctimas y los victimarios, los testigos, las costumbres y un país todo ya podrido de gusanos (en la isla, básicamente en la isla), donde se logra una novela que, tanto para sus personajes "actuales" como para el lector, siempre va a mayores, incrementando el interés, el vértigo que supone la intriga, como lo exige el canon más riguroso del género: la necesidad de saber qué pasó, qué va a pasar ahora...
     Una última reflexión: si la primera parte, "Vete de mí", es la parte del hambre (inevitable referirla así después de todas las penurias del Conde y la culminación en el festín); la segunda, "Me recordarás", es la del infierno: escalofriante, sencillamente, el descenso que suponen los anillos a partir del barrio chino. Entiendo, por pura y romántica identificación generacional, el impacto que hubo en el "hombre nuevo" del Conde ante semejante escenario: son derrotas compartidas. El único que ahora marca la pauta en la cotidianidad cubana es Yoyi el Palomo, el ingeniero que sólo puede ejercer como truhán y contrabandista, y que un día de estos se limitará a utilizar el papel del título para urgencias más cotidianas y menos honrosas. –




La neblina del ayer
Leonardo Padura
Tusquets. Barcelona, 2005. 360 págs, 20 euros
Final del formulario
Joaquín MARCO | Publicado el 28/07/2005 |  
El novelista cubano (La Habana, 1995)Leonardo Padura ha conseguido diversos premios internacionales con su obra policíaca de género negro integrada en la serie Las cuatro estaciones, a las que cabría añadir ahora La neblina del ayer. También en ésta el protagonista es Mario Conde (no confundir con el ex financiero español).

Se trata de un ex-policía habanero que en la pág. 130 cuenta
50 años y páginas antes se dice nacido en 1955 o sea que, fechada entre 2003 y 2004, la novela hace coincidir la cronología del personaje con la de su lectura. Todo ello responde al cuidado con el que Padura ha configurado el personaje en La Habana, sumida en la decadencia, la corrupción moral, económica y política, que el autor denunciará, cuyos climas constituyen lo más valioso de la novela. La trama se desarrolla en poco más de diez días, pero el narrador describe morosamente sin la economía narrativa o la intensidad tradicional en el género, salvo en su última parte.

No voy a analizar la trama, cuya sorpresa final es relativa, ya que se intuye antes. Pero bien puede decirse que Padura ha elegido como tema el bolero -novela bolero- y a una misteriosa cantante de cuando La Habana era aún el feudo de Batista, el lupanar de los EE.UU, la capital
del juego y refugio de las estrellas de cine y millonarios estadounidenses. Aquel extraño suicidio no resuelto de Violeta del Río le permitirá al autor adentrarse en una trama folletinesca, de un pasado literario trillado, ligado a la voz, la figura y la personalidad de esta ya desconocida cantante. Todo ello surge del oficio al que se dedica ahora el ex-policía: intermediario en la compraventa de libros usados. Da con una magnífica biblioteca al tiempo que con la historia que ha de llevarle, como al héroe de Dashiell Hammett, a recibir su habitual paliza y a establecer el vínculo que liga La Habana de hoy (con sus restaurantes en los que todo es posible, a los que acuden los nuevos ricos de la post-revolución) con los supervivientes de las poderosas familias que huyeron a Miami cuando se dieron cuenta de la dirección que tomaba el nuevo régimen. El oficio “del” Conde convierte La neblina del ayer casi en manual de libros raros de la bibliografía cubana y precios actuales en catálogos estadounidenses: bellas ediciones ilustradas con grabados coloreados a mano de los ingenios azucareros, primeras ediciones de Martí o Borges, de Heredia y de los Cronistas. Este contacto con el arte bibliográfico acentúa el contraste con el hampa y los barrios como el de Atarés, de casas derruidas, donde habita la más peligrosa delincuencia. La afición por la cocina cubana, de la que se describen algunos platos y se da cuenta de un raro recetario, nos llevará sin duda al recuerdo de Carvalho, el héroe de Vázquez Montalbán.

Pero el mayor interés de la novela es la nostálgica recuperación de un pasado que constituye su clave. Padura traza los personajes con eficacia, creando un caleidoscopio habanero tan degradado como el personaje y sus compinches, sin ideales, condicionado por el sistema que mantiene a la población en el racionamiento, en el hambre. Aunque la trama policíaca es compleja y endeble, nos hallamos ante una novela negra que va mucho más allá del género. Padura posee oficio, narra con eficacia, mantiene el misterio. Una vez más dos ciudades son una y, a la vez, el mito.
 

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