"Perder es cuestión de método", de Sergio Cabrera
28/04/2005 - chc
El director colombiano de "La estrategia del caracol" adapta para el cine la novela del mismo nombre de Santiago Gamboa sobre la corrupción en su país.
Estreno en España: 3 de junio.
28/04/2005 - chc
El director colombiano de "La estrategia del caracol" adapta para el cine la novela del mismo nombre de Santiago Gamboa sobre la corrupción en su país.
Estreno en España: 3 de junio.
Sinopsis
Una mañana, la policía descubre un horrendo crimen. Se trata de un cuerpo empalado en las orillas de un hermoso lago cerca de Bogotá. Para resolver el caso, el periodista Víctor Silampa (Daniel Giménez Cacho) y su ocasional compañero, el oficinista Emir Estupiñán, deberán internarse en los vericuetos de una historia macabra, pero también humana y divertida.
Con la ayuda de Quica, una joven prostituta, y a cambio de algunos favores para el Coronel que está encargado del caso, nuestros protagonistas, con riesgo de sus vidas, logran llegar al fondo de una gigantesca trama de especulación inmobiliaria.
Políticos y empresarios corruptos, prostitutas, esmeralderos, apasionados del naturismo y periodistas de todo tipo completan el mosaico de personajes, con el telón de fondo de la ciudad de Bogotá.
Reflexiones del director
Hacía muchos años que tenía deseos de hacer una película sobre la que es, quizás, la más grande amenaza para la democracia en Colombia: la corrupción. Y no puedo negar que mi paso por el Congreso de la República hace unos años agudizó ese viejo anhelo.
Justamente fue por esos días cuando cayó en mis manos un ejemplar de "Perder es cuestión de método". El título de la novela de Santiago Gamboa ya auguraba un espacio donde podrían vivir muchos de esos entrañables perdedores con corazón de triunfadores que habitan el mundo que me gusta imaginar: el de los que creen en la justicia y están dispuestos a luchar contra toda la porquería que la contamina, aún a sabiendas de que están destinados a la derrota.
En cuanto empecé a leer la novela, me di cuenta de que en ella no sólo había espacio para los románticos; también estaba retratado el viscoso y repugnante mundo de los especuladores y los corruptos, de las mafias que se organizan al abrigo de los pequeños espacios que el Estado les deja libres para enriquecerse a su antojo.
Fue en ese momento cuando en la novela vi una película, una película de las que me gusta ver y de las que me gusta rodar; porque los conflictos que generan estas dos radicales y contradictorias miradas de la sociedad son la esencia de "Perder es cuestión de método" y de cierta manera han sido también la esencia de mi cine.
"Perder es..." es una película que intenta mostrar Colombia desde un ángulo muy particular, a través de la lucha diaria entre románticos y nihilistas, una película donde el difícil ejercicio de sobrevivir en la lucha cotidiana nos enfrenta con las diferentes facetas, muchas veces inimaginables, de la vida solidaria de los desposeídos y de la guerra cruel que se libra entre los poderosos.
En "Perder es..." he podido regresar al cine urbano, a Bogotá, que con sus paisajes de cemento sirve de marco a un fresco de esa ciudad que sospechamos pero no conocemos y de los sugestivos individuos que la habitan, que no pueden evitar ser simpáticos, a pesar de ser perversos.
Es mi mirada de esa "colombianidad" que nos permite ser creativos en el arte o en la literatura, en los negocios o en la tecnología, pero también en el delito y en la picardía, porque como lo resumió Séneca: "La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos".
Con este filme intento, desde una perspectiva socrática, ejercer mi derecho como ciudadano para rechazar la conformidad, la indolencia, la pasividad y el fatalismo a que nos hemos acostumbrado. He querido hacer una película donde se muestre cómo, cuando la justicia en lugar de ser un límite al poder se convierte en un reflejo de ese poder, ella misma se transforma en la encargada de crear los espacios propicios para que florezca la corrupción.
También intento mostrar que la corrupción, a la que generalmente tomamos como una causa de nuestra pobreza económica y política, es en realidad sólo un efecto de ella.
Durante años he vivido en un país acostumbrado a la idea de que la persecución del interés propio y sus mecanismos de lucro personal -violencia para medrar y manipulación constante y astuta para retener el poder- son no sólo válidos, sino elegantes. Con esta película deseo a mi manera luchar contra ambos, contra los corruptos y contra los que se han acostumbrado a su presencia.
Sergio Cabrera (Director)
Nació en 1950 en Medellín (Colombia), donde aprendió sus primeras letras. En 1962, viajó a Pekín, donde continuó su educación en una escuela china hasta que empezó la Revolución Cultural. Regresó a Colombia en el ‘68 a hacer la revolución, pero tras cuatro años de combates comprendió que aquella utopía más que un sueño era una pesadilla.
En 1973 regresó a China sin haber cambiado el mundo ni nada. Menos comunista, pero igual de soñador, decidió hacer cine y realizó sus primeros cortometrajes mientras estudiaba filosofía en la Universidad de Pekín. En 1975 viajó a Londres para estudiar cinematografía en la London Film School y, desde entonces, ha hecho lo que siempre había querido hacer: contar historias.
Ha dirigido seis largometrajes, doce cortometrajes y muchas series, telenovelas y documentales para televisión. Ha sido director de fotografía, editor, productor y hasta actor. También ha participado en la escritura de los guiones de algunas de sus películas.
“La literatura latinoamericana
ya ha alcanzado la mayoría de edad”
El colombiano Santiago
Gamboa retrata en 'Plegarias nocturnas' la violencia invisible de su país
El autor se detiene en
los ocho años del mandato de Álvaro Uribe
Asegura que tras el
boom, la creación literaria de su continente ha llegado a una nueva edad
El autor colombiano Santiago Gamboa. / J. L. PINO (EFE)
Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) no quiere que lo lean por ser colombiano
–“como yo no leo a Malraux por francés ni a Tabucchi por italiano”--, ni cree
que para escribir una buena novela haya que salirse de los senderos ya marcados
de la literatura: "Dice el maestro Fernando Botero que nunca ha dado
una pincelada que no esté autorizada por la historia del arte . Y lo que él dice
refiriéndose a la pintura lo intento aplicar yo a mis novelas: me gusta que los
temas que elijo estén autorizados de alguna manera por la historia de la
literatura". De ahí que su última novela, Plegarias nocturnas (Mondadori),
trate de dos personas que desean estar juntas a toda costa –en este caso dos
hermanos— y de la multitud de problemas que se lo impiden. La tercera voz de la
novela es la de otro clásico, un cónsul. "Un tipo solitario, aficionado a
la escritura y a la bebida. Un cónsul literario”, dice Gamboa con ironía,
“tiene que ser una persona con gran propensión al alcohol, aunque solo sea por
homenaje a Malcolm Lowry".
Ya puestos, la charla transcurre en el Harry's Bar de Vía Veneto, en Roma,
donde Gamboa vive desde hace años, y delante de un Bloody Mari. “Quería
aprovechar la historia de los dos hermanos”, explica Gamboa, “para contar un
tema que es muy cercano a mí: la gente que sale de su país. En este caso, la
mayor parte de la vida de los protagonistas transcurre en Colombia, pero el
meollo final está fuera. A mí me gusta mucho el tema del viaje. Yo me he pasado
la vida viajando, he vivido en cinco países y me gusta que eso esté en las
novelas que escribo. La historia recordada sucede en Bogotá, pero la historia
real transcurre en cuatro ciudades de Asia”.
La Bogotá de Plegarias nocturnas es la Bogotá de los ocho
años que transcurrieron entre 2002 y 2010, que es el tiempo en que Álvaro Uribe
presidió Colombia. Santiago Gamboa ya hacía tiempo que vivía fuera –estudió en
Madrid y París, se afincó en Roma y viajó a India como diplomático--, pero cada
vez que volvía le llamaba la atención la electricidad del ambiente. "Yo
quise que la adolescencia de los protagonistas de la novela pasara en esa
época, porque fue en la que yo más sentí la violencia, no la de los tiros y los
secuestros, sino la violencia invisible de la tensión
entre la gente, de las familias que se dividían en dos, de los amigos que se
marchaban para siempre dando un portazo. Nunca como en esa época la vida
política entró en la vida privada de la gente de una manera tan violenta”.
Santiago Gamboa explica que, tras la salida de Uribe del poder y la llegada
de Juan Manuel Santos, ha vuelto a Colombia en dos ocasiones y la sensación ya
es otra. “He notado que la gente misma que antes vivía en esa exacerbación, de
repente dice: es increíble que viviéramos así. Tienen la sensación de que la
olla a presión se liberó. Sigue habiendo muchos problemas, pero ya esa tensión
tan violenta no la hay. En cualquier caso, la raíz del problema es que la
sociedad colombiana cree que los buenos están adentro y los malos, los otros,
los paramilitares, la guerrilla, están afuera. Y no es así. La sociedad
colombiana tal vez no se ha dado cuenta aún de que esos de ahí afuera son el
síntoma de la maldad que hay en ellos. Y esa es la violencia invisible que
retrata la novela en la familia: esas miradas, esa frialdad, esa manera de
acusar a los hijos de una manera ridícula. Esa separación tan violenta entre
dos generaciones que se dio muchísimo en Colombia en esos años. La violencia de
los disparos y de las bombas es la consecuencia de esa violencia…”.


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