Entrevista a Fatos Kongoli
Ricardo Martínez conversa con el autor albanés, poco conocido en España; un vindicador de la dignidad y el heroísmo trágico de los perdedores.
por El Cuaderno
julio, 2021
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/ por Ricardo Martínez /
Vengo de leer, sin pausa por el interés que me ha merecido su lectura, los libros del autor albanés, poco conocido en España, Fatos Kongoli. Considero que es uno de los mejores escritores europeos actuales, razón por la cual creo que su obra es merecedora de mayor atención y conocimiento. Con tal intención quisiera hacer algunas consideraciones que ojalá sirvan para provecho de lector, ello después de formular aquí mi gratitud y reconocimiento a su traductor, Sánchez Lizarralde, que, a mi entender, nos ha trasladado una versión muy pulcra y cuidada de los libros Piel de perro y Bolero para dos viejos y La vida en una caja de cerillas, que son los títulos que la editorial Siruela ha puesto hasta ahora en el mercado, y a cuyo contenido me he de referir en las preguntas que he formulado al autor.
¿Estamos ante un texto desnudo, ante una literatura en blanco y negro sin más? No lo creo.
Quiero comenzar diciendo que lo que pudiera parecer una crónica muy elaborada, no ya del dolor humano, sino de la condición de perdedor/a de algunos seres humanos que viven en estos títulos, sirve, en mi opinión, al final, como el elaborado entramado intelectual-literario a favor de la dignidad de esos seres. Es así que el perdedor no genera rechazo, sino comprensión. Y la palabra humillación, expresión que aparece repetida en una u otra obra, lo mismo que sopapo, o puta (o la figura del espejo, o el hecho de llorar a solas) tal vez no sean el o la protagonista ontológica de la obra, sino el trasunto argumental en favor del hombre —o la mujer— solos que, a través de los avatares de la vida, asumen su dignidad de solitario; aceptan desde un principio la certeza de la condición de perdedor. Pero no para la sumisión, sino para la reivindicación, al fin, de su propia identidad.
A veces, es verdad, esa especie de heroísmo trágico se asume a través de un apartado y silencioso suicidio (que delata de una manera cruda la incomprensión de los otros, la injusticia hacia los débiles; por ejemplo el caso de la hija de Liza en Piel de perro), pero otras, como en el caso de la cuidadora —de nombre impronunciable— en Bolero, sirve para recuperar su libertad, su identidad, aunque sea a costa de la soledad. Por no citar el caso de Kristo, el narrador-protagonista de la primera obra citada, y su asumida dependencia, o fracaso.
Me llama la atención, de otra parte, la presencia siempre, a veces implícita y otras explicita, de un poder político opresivo. Siempre aparece la figura de un intelectual purgado bajo la actuación de un régimen represivo. El Gran Hermano orwelliano presente en estas obras como argumento político, como telón de fondo.
Ahora bien, el texto literario, aún bajo la presencia de estas connotaciones oscuras que parecen delimitar un entorno social asfixiante, no cae jamás en el recurso trágico más o menos conmovedor por premeditado (ya lo he dicho, no estamos ante una literatura en blanco y negro sin más; no lo creo). El texto posee unas características técnicas y estéticas que preludian, a mi modo de ver, perdurabilidad literaria: una argumentación viva, perfectamente ensamblada en escenarios y personajes; una introspección psicológica de la soledad inusual por brillante; numerosos matices para una exposición de la idea del amor, ya se exprese este como sentimiento o como relación física. Un lenguaje rico, sobrio, vinculante por oportuno. Y, lo que resulta más curioso y, si acaso, conmovedor, un guiño siempre al sentido del humor, muy bien ubicado en las circunstancias de lo narrado. Se trata de un discurso literario elaborado con firmeza y rigor, un texto tallado sobre material noble. De ahí su vigencia predecible por cuanto, en el fondo, el protagonista es siempre, objetiva y estéticamente, el hombre y su circunstancia, el hombre consciente y las vicisitudes de la vida diaria. Y digo hombre como podría decir mujer, pues la figura femenina es un elemento esencial en su obra.
Puestas de manifiesto tales consideraciones en mi condición de lector y crítico, formulo al autor algunas preguntas que puedan ayudarnos a entender mejor un discurso literario tan estéticamente bello como sugerente.
Fatos Kongoli
Dígame, señor Kongoli: ¿otorga usted alguna preferencia a la figura del hombre o la mujer en su obra? ¿Hay algún rasgo distintivo, psicológico o personal, que propicien su voluntad en la elección?
Verá, cuando decido ponerme a trabajar en una novela, lo primero que preciso es ver los personajes, hombres o mujeres, si bien no todos los personajes: eso sería imposible. Pero no todo resulta tan sencillo. Pienso que escribir una novela es, esencialmente, contar una historia, concretamente la historia de esos personajes elegidos con sus peculiaridades psicológicas, físicas. Casi me atrevo a decir que la elección de los personajes puede resultar, a veces , una cuestión de suerte.
¿Acepta que uno de los temas, más o menos explícitos, en su literatura sea el de la soledad del hombre? Entiéndase genéricamente, esto es, el ser humano como tal (Musil, Pessoa).
Le confieso que, desgraciadamente para mí, nunca he leído a Musil. He tenido la suerte, sin embargo, si bien muy tardíamente, de descubrir a Pessoa (¡más vale tarde que nunca!). Cuando, hace tres o cuatro años, me encontré con una versión del Libro do desasossego al francés, padecí un verdadero shock. Sentí una cierta sensación de amargura por el hecho de haber llegado a este autor demasiado tarde. Sin embargo, había descubierto el mundo de Pessoa, y eso era maravilloso.
Respondiendo al sentido íntimo de su pregunta, le diré que la mayoría de mi vida ha transcurrido bajo una de las dictaduras más feroces del antiguo comunismo, y en tal sentido no quisiera extenderme ahora. Sí decirle que, en efecto, la soledad del hombre constituye para mí un tema clave. Es un tema que me ha atraído y me atraerá siempre.
¿En qué medida considera que las peculiares circunstancias políticas por las que atravesó Albania han sido determinantes en el contenido de sus novelas?
La política como tal no me interesa. Yo no diría que mis libros sean políticos. Ahora bien, es indudable que la política, digamos, constituye el escenario de fondo. Como autor lo que me interesa es la actitud del ser humano bajo los acontecimientos políticos: el clima social que se crea, el efecto psíquico que ejerce en la gente un determinado régimen, sea dictatorial o no, pasado o presente. El contenido de un libro depende en mayor o menor medida de todos estos hechos.
¿Existe, en su voluntad como escritor, señalar (o, incluso, destacar) la reivindicación de la dignidad del individuo? Sobre todo, digamos, como sujeto social en circunstancias difíciles.
Podría decirse que, en general, los personajes de mis libros son individuos que viven un tanto al margen de la sociedad. Padecen la opresión, la injusticia; de algún modo son los pecadores, o se consideran como tales. Ahora bien, ello es lo que les lleva a tener un alto sentido de la dignidad y se esfuerzan en conservarla. Es más, están convencidos de la necesidad de esa dignidad aún en las condiciones más difíciles. Parece que tuviesen siempre el deseo de confesarse. No tienen miedo, convirtiéndose así, voluntariamente o no, en los acusadores de la miserabilidad humana. Tal es lo que he quiero poner de manifiesto en mis libros.
¿Qué diría de su recurso, en mayor o menor grado, al sentido del humor (a la ironía) dentro de la trama, tan seria, de su discurso, de sus planteamientos éticos?
Es una satisfacción para mí el que haya advertido el sentido de la ironía en mis libros, lo que se manifiesta a través de un cierto sentido del humor; un humor negro, sin duda. La explicación es bien sencilla: mis personajes tienen un sentido muy desarrollado del ridículo. Ironizan sobre ellos mismos y sobre el mundo. Así la vida se torna más sencilla, más fácilmente soportable, a pesar de los sufrimientos.
Me llama la atención también, como lector, su pericia para aludir a los detalles, algo que ayuda a centrar la atención y fijar el discurso. Esto es algo que se le atribuye a la obra de Nabokov como un don. ¿Valora usted la alusión al detalle como un referente para una mejor lectura de su obra?
Lo que llamamos pequeños detalles nos permiten decir mucho acerca del personaje y su vida. Ahora bien, hemos de considerar que existen particularidades de la creación que el propio autor sería a veces incapaz de explicar del todo, lo que daría la razón a los que opinan que la creación tiene mucho de proceso metafísico. Uno escribe sin ser totalmente consciente del contenido de su discurso, de lo que hace y cómo lo hace. Hay cosas que uno escribe sin pensarlas de antemano en el sentido estricto de la palabra. De ahí deriva lo que algunos definen como estilo, a sabiendas de que son los otros los que captan las peculiaridades o estilo de uno, si es que se puede hablar de estilo en este caso. Estimo que uno crea fundamentalmente de una manera más bien inconsciente, y eso es todo.
Por fin, ¿prepara usted alguna nueva novela? De ser así, ¿se tratará de un protagonista que sufra por amor, que ansíe y espere como actitud? ¡Es un rasgo motriz que nos ha hecho llegar hasta ahora tan delicadamente en sus argumentos!
Sí, estoy en el proceso de escritura de una nueva novela, pero no quisiera vender la piel del oso antes de cazarlo. Le confieso que tengo miedo al lector, que no perdona si uno se reitera. Por el momento mi preocupación es salir bien lbrado de este peligro que, que me ha obsesionado siempre como una espada de Damocles, algo que me ocurre cada vez que comienzo a escribir un nuevo libro.
Conclusión
A veces, la obra de Fatos Kongoli, de clara reciedumbre constructiva, semeja o se aproxima al ensayo. O al relato social. ¿Tal vez el sustrato que sustenta sus obras tiene que ver con lo que se ha venido en llamar metaliteratura, tendencia propia de los autores de la Europa del Este, donde el protagonista siempre piensa, reflexiona, tiene autonomía intelectual por sí?
Al fin, sea como fuere, estamos ante un ejemplo de buena literatura siempre. Compruébelo el lector personalmente y a buen seguro que no quedará defraudado.
Addenda
Redactando este texto he podido saber que no hace mucho acaba de presentar usted su autobiografía en Tirana. Dígame, por favor, ¿hay algún motivo especial para que haya sido Tirana, ubicación preferente en sus novelas, el lugar elegido para tal presentación? ¿Considera que existe, en la vida del autor, un momento oportuno para decidirse a reflexionar acerca de sí mismo? Me atrevo a considerar que, en fin, que, en buena medida, cada uno de los protagonistas de sus novelas han dejado entrever ya —como no podría ser menos— el protagonista de esta autobiografía.
No hay ninguna razón especial para haber elegido la capital de mi país, Tirana, para la presentación de mi Autobiografía. O, si acaso, una: toda mi vida ha transcurrido en Tirana. Por lo demás, confirmarle, como no podría ser menos, que, en efecto, todo yo, toda mi vida está necesariamente repartida entre mis personajes. Es decir, siento que todos mis personajes me comparten.
Ricardo Martínez realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna y Valladolid, concluyendo su carrera universitaria con los estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra como escritor es bilingüe, habiendo publicado tanto en gallego como en castellano. Como ensayista y crítico literario ha colaborado tanto en prensa (La Voz de Galicia, El País) como en revistas especializadas (Clarín, Revista de Occidente). Ha cultivado distintos géneros como autor. En poesía podemos citar: Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), De cuanto nos es dado (Calima, 2006) y Na terra desluada (Espiral Maior, 2009). Su obra Orballo nas camelias pasa por ser la primera obra de haikus en la literatura gallega. En prosa ha publicado varios libros de aforismos: Debullar (Galaxia, 1996), Cuentas del tiempo (Pre-textos, 2004), Alusión al paisaje (Calima, 2006), Ecos da néboa (Trifolium, 2012). Es autor, asimismo, del libro de relatos La luz en el cristal (Calima, 2011). Ha obtenido el premio Benasque de poesía y diploma de honor en el concurso internacional de relatos breves Jorge Luis Borges y en 1997 le fue otorgado el premio Reimóndez Portela de periodismo. Colabora en prensa y revistas especializadas. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de la obra del autor. Dispone de su propia página web.
de
Fatos Kongoli
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Para comprar El Perdedor
Título: The Loser
Autor: Fatos Kongoli
Género: Novedoso
Escrito: 1992 (Inglés 2007)
Longitud: 180 páginas
Original en: albanés
Disponibilidad: El perdedor - EE. UU.
El perdedor - Reino Unido
El perdedor - Canadá
Le paumé - Francia
Die albanische Braut - Alemania
Título albanés: I humburi
Traducido por Robert Elsie y Janice Mathie-Heck
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Nuestra valoración:
A- : sombrío pero efectivo
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Resúmenes de reseñas
Fuente Clasificación Fecha Crítico
FAZ . 28/11/2000 Shirin Sojitrawalla
El Independiente A 6/12/2007 Amanda Hopkinson
Literatura mundial hoy . Otoño/1997 Robert Elsie
De las reseñas :
"Fatos Kongoli gelingt die schonungslose Perspektive dank einer äußerst verknappten Sprache, die dennoch alles sagt. Seine klaren Sätze klirren wie Eis, doch der Nebel ist sein Leitmotiv und seine Lieblingsmetapher. (...) Fatos Kongolis Roman handelt vom Leben im Albanien der politischen Säuberungen. Er beschreibt und seziert die politischen Wucherungen aus der jüngsten Vergangenheit Albaniens erbarmungslos und drastisch Doch es geht in diesem Roman um mehr als nur ein System, in der Der Terror staatlich verabreicht wird. Verlorenen erschaffen, der schon sterben wollte, bevor sein Leben comenzó" - Shirin Sojitrawalla, Frankfurter Allgemeine Zeitung
« The Looser se encuentra entre las mejores novelas nuevas publicadas este año. (...) El perdedor no solo es sombrío y crudo, sino también inesperadamente humorístico y humilde: un tono nada fácil de lograr, y que emana de una voz fresca y singular.» - Amanda Hopkinson, The Independent
«Thesar, cuyo destino en la hermética y asfixiante sociedad albanesa ha quedado sellado para siempre, regresa para vivir una vida de futilidad y desesperación en un universo sin héroes. Lejos del protagonista activo que lucha por controlar su propio destino, o incluso del sobrio héroe positivo del realismo socialista, Thesar Lumi es incapaz de actuar e incapaz de vivir. Es la voz de todos los "perdedores" que vislumbran nubes plateadas en el horizonte y saben perfectamente que jamás las alcanzarán: "Mi existencia es la de un mediocre, que parte de la nada y no va a ninguna parte". " El Perdedor " supone un avance significativo en la prosa albanesa contemporánea, que durante la última década ha estado dominada casi exclusivamente por las obras del escritor exiliado Ismail Kadare.» - Robert Elsie, World Literature Today
Tenga en cuenta que estas calificaciones representan únicamente la interpretación sesgada y la opinión subjetiva de la reseña completa, y no pretenden reflejar ni representar con exactitud las opiniones de los reseñadores. Del mismo modo, las citas ilustrativas aquí seleccionadas son simplemente aquellas que, según la opinión subjetiva de la reseña completa, representan el tono y el juicio de la misma en su conjunto. Reconocemos (y le recordamos y advertimos) que, de hecho, podrían no ser representativas de las reseñas reales según ningún otro criterio.
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La reseña completa :
La novela The Loser , narrada por Thesar Lumi, se ambienta en marzo de 1991, tras la caída del régimen dictatorial de Enver Hoxha en Albania. Comienza con Lumi relatando que, meses antes, se encontraba a bordo de un carguero con la intención de huir de Albania, pero no pudo hacerlo. En el último momento, decidió quedarse, mientras que casi todos sus conocidos (que aún viven) se marchaban o ya habían emigrado al extranjero, dispuestos a todo con tal de escapar de su patria decepcionante y devastada.
¿Qué le queda en este punto de su vida? «Nada. Solo una confesión». Pero lo único que puede confesar es una vida desperdiciada y destrozada, una prueba más de la imposibilidad de una vida normal o digna bajo ese régimen totalitario tan peculiar. «¡Dios mío, qué vida tan absurda llevamos!», le escribe una de las mujeres de su vida, y, en efecto, encontrarle sentido a la vida resulta difícil para casi todos los personajes.
Lumi relata su historia de perdedor, pero desde el principio queda claro que su infierno particular es el de todos: la pesadilla que vive solo difiere de la pesadilla nacional en un pequeño detalle personal. Entre las personas con las que se cruza (y a las que espera evitar) en el presente se encuentra Xhoda el Lunático, quien resulta haber sido el odiado director de la escuela de Lumi, una de las primeras figuras autoritarias que le causó una (desagradable) impresión, y que ayudó a poner en marcha el ciclo de futuras calamidades (aunque dadas las circunstancias, el desastre a escala individual y colectiva parece inevitable; la única incógnita es qué formas adoptará). La hija de Xhoda, Vilma, permanece como una constante en la vida de Lumi, pero desde el principio su relación está marcada por la fealdad; la sobreprotección de Xhoda resulta, en última instancia, inútil, ya que hay fuerzas mayores en juego que ningún individuo común puede afrontar.
Lumi —o mejor dicho, su familia— tiene un secreto inconfesable: un tío que huyó del país, una mancha en su historial que podría impedirle estudiar en la universidad. Se disimula bien durante un tiempo, pero, por supuesto, no para siempre. Pero Lumi también prueba las mieles de la vida privilegiada, entabla amistad y se pone bajo la protección de Ladi (Vladimir, en realidad), hijo de una figura gubernamental de alto rango. Esto no lo hace intocable, pero sin duda facilita un poco las cosas.
Lumi también tiene una aventura con la prima de Ladi, Sonia, una viuda unos diez años mayor que él. Es una aventura apasionada e intensa: «Sonia parecía estar usándome para demostrarse a sí misma que no había límites para las pasiones humanas», pero Sonia también pertenece a una clase social y un entorno diferentes, y Lumi es una especie de juguete para ella («Yo no era más que su perrito faldero»). Como la antigua nobleza, piensa de una manera que Lumi, quien es un chico de pueblo pequeño de orígenes humildes, apenas puede comprender:
Este tipo, sin embargo, es un advenedizo, igual que su padre, el ministro. ¿Sabes a qué me refiero con advenedizo? Todo el gobierno ha caído en sus manos. Nuestra sociedad, aparentemente tan monolítica, está podrida hasta la médula porque está dirigida por advenedizos. Son la gran tragedia de la nación. Será difícil librarse de ellos.
Las suyas son las ilusiones de los privilegiados, pues parece ajena a su propio papel (y al de su familia) como núcleo podrido de esta sociedad. Pero como Lumi reconoce en el nerviosismo de Ladi cuando su aventura con Sonia comienza a causar cierta consternación:
Me quedó claro que nadie estaba a salvo. Todos vivían con miedo, sin importar lo poderosos que fueran.
Y, en efecto, los poderosos caen y son aplastados con regularidad aquí, al igual que en la Rusia estalinista, aunque en un entorno aún más claustrofóbico.
Lumi siente una culpa tremenda por su incapacidad para actuar y reaccionar; es una de las principales razones por las que reconoce que es un perdedor. Pero la acción era casi imposible en esta sociedad: la pasividad, mientras uno es zarandeado por la arbitrariedad de los poderes fácticos, es casi el único medio de supervivencia. Más allá de desahogar ocasionalmente su ira con violencia —la brutalidad más primitiva siempre latente—, casi no hay nada que uno pueda hacer que no tenga, con la misma probabilidad, consecuencias nefastas. En un momento dado, se ve reducido a decir: «Mi único objetivo era sobrevivir, en cualquier forma y bajo cualquier condición». Pero incluso aquellos que parecen estar mejor —los privilegiados, aquellos que en algún momento ostentan el poder— apenas mantienen un control precario sobre sus posiciones y su poder: Xhoda el Lunático es, sin duda, el representante de lo que puede llegar a ser para ellos.
Lumi puede sentirse impotente ante su frecuente incapacidad para actuar, pero las acciones de los demás no parecen mucho más impresionantes; de hecho, varios incluso llegan al suicidio (y, aunque Lumi se emborracha hasta perder el conocimiento, al menos lo evita). El título de The Loser puede sonar terriblemente sombrío, y ciertamente contiene mucha desolación, pero al narrar la historia de vida de Lumi, Kongoli ofrece una imagen rica (aunque polvorienta y ebria) de Albania en los últimos años de Hoxha. Para ser un perdedor, a Lumi le va bastante bien con las mujeres, y si bien el sexo sigue siendo peligroso, encuentra en él una vía de escape mayor de lo que cabría esperar. Sin esforzarse demasiado en ofrecer grandes detalles, Kongoli también logra transmitir mucho sobre los diferentes estratos de la vida albanesa, desde los padres tranquilos de Lumi hasta las clases privilegiadas, pasando por la clase trabajadora más humilde (ya que Lumi trabaja un tiempo en la fábrica de cemento local) y los negocios posteriores a Hoxha (como el dudoso Riverside Snack Bar).
Bien escrita, «El perdedor» es una historia personal sumamente conmovedora que, además, ofrece una vívida imagen de la Albania totalitaria (y muestra el impacto que esa forma de sociedad puede tener en el individuo, ya que todos los personajes (no solo Lumi) sufren terriblemente).
Una novela excelente y muy recomendable.
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Enlaces :
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- Extracto
- carpe librum (alemán)
- Frankfurter Allgemeine Zeitung (alemán)
- Freitag (alemán)
- El Independiente
- Journal d'une lectrice (francés)
- Boletín informativo Albanien (alemán)
- resonancia-online.com (francés)
- Tres por ciento
- Fatos Kongoli en Literatura albanesa traducida
- Véase el índice de literatura de Europa del Este.
- Cuentos cortos albaneses modernos , editado por Robert Elsie, Belleza balcánica, sangre balcánica
Una nulidad de hombre - Fatos Kongoli
Existen ciudades-cementerios. Sus calles son tumbas; sus edificios, mausoleos. No son perceptibles en un primer momento; tras un primer vistazo, a ojos poco expertos podrían parecerles ciudades comunes y corrientes. La gente entra, sale, transita. Pero si uno se fija un poco más es capaz de intuir el peso sobre los hombros de los caminantes, las miradas huidizas de los que se cruzan, la desentonada altanería de los bravucones, la falsa normalidad que se respira. La ciudad es un cementerio, sí, pero de muertos vivientes. El polvo de la cementera que lo cubre todo hace de lápida; con el olor nauseabundo de alcohol, vómitos y orines se inscriben los epitafios más tristes, los más inútiles.
"La muerte es el sueño eterno. La muerte en vida es la tortura eterna."
En marzo de 1991 uno de esos muertos vivientes intenta resucitar y dejar atrás su ciudad-cementerio como otros tantos lo están haciendo a lo largo y ancho de ese país-fosa común de muertos sin nombre. En el último momento, sin embargo, este hombre abandonará el barco que ha de llevarle a costas italianas para regresar a su pequeña ciudad cercana a Tirana. Por las calles y antros de esta ciudad acompañaremos al hombre y a sus recuerdos, que nos llevarán a entender qué es lo que le retiene allí, lo que le impide liberarse de un lugar podrido y un futuro vacío.
Regresaremos con él a su infancia y, cual si de un viaje iniciático se tratase, asistiremos a sus primeras decepciones, a esa caída de venda que marca el final de la inocencia. Su tránsito a la madurez es un aprender las reglas del juego, el lugar que ocupa cada uno, el temor a mover ficha, el riesgo a la caída. El mundo en el que se mueve es un baile de máscaras. La hipocresía marca las relaciones, la verdadera cara nunca se muestra.
"Traspasé el umbral de la niñez precisamente haciendo ese descubrimiento: existía un sentimiento al que la gente llamaba inferioridad."
Necesitará Thesar Lumi (tal es el nombre de nuestro hombre) recorrer su propio camino para comprender esas reglas. Se irá a la capital a estudiar. Jugará a acercarse a los jugadores más privilegiados, coqueteará con desafiarlos, asistirá a su cese de partida y retrocederá casillas.
La vuelta a la posición de salida es amarga, porque si antes el resto del tablero era un territorio a conquistar, ahora es un campo vedado por minado. Cualquier movimiento es suicida. El suicidio en sí sería un acto liberador y un más que digno 'game over' si existiese el valor.
"Comenzó entonces mi doble vida, con un perpetuo complejo de culpa. Y el sueño que comenzó a cuajar en mi interior, como vía de escape, fue el de la fuga. Pero no de la fuga física, cuyo efecto ya había conocido. Me fugué a mi interior, a los territorios de la soledad. No existe fuga más amarga, pero tampoco más segura."
Pero el miedo lo impregna todo, el miedo es paralizante, como también lo es el hastío y la falta de perspectivas. La ciudad-cementerio es una ciudad de descreídos. Sin credos a los que rezar, sin justicia divina que esperar, sin infierno que castigue a los pecadores ni cielo que acoja a las víctimas caídas.
La ciudad-cementerio es también una ciudad de violencia. Violencia física que engendra más violencia, que no enseña, que no sirve, que es estéril ("...y como él aprendió a pegarme yo también aprendí a ser golpeado. Y cuando alguien se acostumbra a los palos, deja de importarle todo.") Violencia también soterrada, silenciosa. Una mirada, un simple gesto, puede sacar una ficha del tablero.
"Me habían ofrecido un cuchillo invisible mediante el cual el contrincante podía perder la cabeza sin necesidad de tener que clavárselo en el cuerpo, rasgarle los músculos, astillarle los huesos, destrozarle la caja torácica, pincharle el corazón y sacarle las tripas. Podía estar durmiendo tranquilamente en su propia cama, o con su mujer, su prometida o su amante en el instante de celestial padecimiento que se corona con la concepción de una vida, mientras tú le estabas clavando el cuchillo, a fondo, y al día siguiente verle en el club y beber con él un coñac, dos, cinco, y estrecharle la mano con tu mano manchada de su propia sangre."
Fatos Kongoli nos ofrece a través de la vida de Thesar Lumi un retrato sombrío y desolador de cómo era el día a día durante los años de la dictadura comunista en Albania, la historia reciente de un país que vivió sumido en la violencia, el miedo y la desesperanza. No he podido evitar durante su lectura acordarme de La calma de Attila Bartis (a pesar de las diferencias entre libros y autores), novela esta última ambientada en la dictadura comunista húngara, por compartir ambas esa atmósfera de cerrazón e impotencia, ese aire viciado putrefacto y descompuesto que no ofrece salida. Y vuelvo a hacerme la misma reflexión que me hice entonces acerca de lo desconocidos e ignorados que son algunos países y sus historias. Por eso me gusta acercarme a determinados libros, porque resucitan a los muertos de las ciudades-cementerio, porque ponen nombre a los habitantes de esos países-fosas comunes. La literatura de Kongoli invalida la nulidad de hombres como Thesar Lumi y los resarce y dignifica devolviéndoles el valor que toda vida humana tiene. En este caso ese valor es el de dar voz a las víctimas anónimas de las atrocidades que sus propios congéneres cometieron contra ellos. Dicen que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Yo añadiría que a este gran pueblo que es la humanidad aún le queda mucho por aprender de sus errores.
"Sentí que en adelante vagaría entre la vida y la muerte, ni en la vida ni en la muerte, ni vivo ni muerto. Había caído en un desesperante anonimato al dejar atrás un pasado que destilaba amargura y enfrentarme a un porvenir que solo me producía indiferencia."

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