domingo, 11 de enero de 2026

Nos vemos el miércoles 14/01/26 para comentar "Nostalgia", de Mircea Cărtărescu.



martes, diciembre 31, 2013
Nostalgia, Mircea Cartarescu
Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, Madrid, 2012. 375 pp. 23,95 €


Ariadna G. García

En 1993, un poeta rumano consagrado Mircea Cartarescu, de treinta y siete años publicó en un solo volumen tres relatos (“El ruletista”, “El Mendébil” y “El arquitecto”) y un par de novelas cortas (Los gemelos y REM) que habrían de colocarlo en la cumbre literaria de su país. Aquel libro, Nostalgia, es un crisol que recupera el paraíso perdido de la infancia y la época de crisis de la adolescencia. Pero que nadie busque aquí un relato edulcorado de la edad temprana. Cartarescu se encuentra más cerca de Tim Burton que de Disney. En sus páginas arden pesadillas y sueños, vaticinios y leyendas de la mejor estirpe romántica. Cada cuerda contribuye a la interpretación de una melodía enigmática, de una partitura que nos abre las puertas al fondo de nosotros mismos: a los primeros besos, a la indefinición erótica o a la búsqueda de la identidad.
Ya en el prólogo al libro desempeñado por “El ruletista” , el escritor rechaza la impostura de otros autores y defiende la honestidad como materia prima de trabajo. Además, recuerda que la literatura no consiste en la ejecución de una técnica, sino en la expresión de un conflicto que te sacude por dentro: «La escritura exige drama y el drama nace de la lucha entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial» (p. 16). En una entrevista reciente, Cartarescu insistía en ese buceo íntimo que define su obra: «Yo no soy un narrador de la vida social… Solo me interesa mi mundo interior» (Qué leer). Quizás por eso sus libros comparten “cierto aire de familia”, razón por la que como veremos las cinco historias de Nostalgia están muy bien hiladas.
En la primera de ellas, “El ruletista”, un narrador-testigo relata “la vida larvaria de un psicópata” que se convertirá en un hombre rico, si bien su ascenso social se debe a un irredento espíritu suicida. El protagonista de este magnífico cuento se gana la vida en la ruleta rusa, ofreciendo su sien a las balas. Su suerte en los tugurios le granjea el título de “campeón mundial de la supervivencia” y pone a su disposición dinero y mujeres. Pero él busca la gloria, e igual que un deportista, necesita más retos. Así, va añadiendo cañones al revólver. Políticos, empresarios y militares acuden por las noches en pareja para ver su espectáculo. Toda la clase dirigente rumana se concentra allí, como una parábola de su degradación moral y de su sed de sangre. Entre tanto, el ruletista asume desafíos mayores porque “cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre”. Cartarescu nos habla de un hombre que pretende quedarse en la memoria de los demás gracias a sus proezas. Sirva de metáfora de su actividad literaria, donde cada uno de los libros también es un disparo: un riesgo y una apuesta por inmortalizarse.
Un segundo narrador-testigo retoma la narración en “El Mendébil”. De ahora en adelante, las historias se van a localizar antes o después en la calle Stefan de Mare. Los protagonistas son los niños de un barrio obrero, reprimido, de la capital rumana, que se entretienen con juegos crueles y sádicos. La llegada de un nuevo vecino (“menudo, delicado y de ojos tristes”), pintará ante sus ojos un nuevo horizonte. Con él la violencia sucumbirá al poder de las palabras, de la imaginación y de la fantasía, así como se derribarán las fronteras invisibles que separan a los niños por sexos. Será esta traición, precisamente, la que desencadene el final del relato. Cartarescu escarba no ya sólo en el amanecer de la sexualidad, sino en la incomprensión y en la soledad de aquellos que maduran antes que el resto.
Con Los gemelos entramos en un ventrículo de Nostalgia. El mundo real se mezcla y se confunde con la pesadilla y con la crónica infanto-juvenil. La madeja de voces teje una historia desgarrada sobre el mito del andrógino, sobre aquellos amores no correspondidos o al menos, no del todo; y en cualquier caso, jamás como quisiéramos, y sobre la turbia construcción de la personalidad. Esta nouvelle comienza con un varón travestido que pretende emular “a la chica de los sueños de todos”: dulce, sensual e inocente. Su relato confiesa a los lectores (los médicos de un pabellón psiquiátrico) las causas de su transformación, de su metamorfosis, que no es otra que la obsesión por su amada imposible. La historia nos enfrenta a un montón de preguntas: ¿En qué consiste la normalidad? ¿Quién la impone? ¿Bajo qué preceptos? ¿Es, acaso, inmutable? ¿A quiénes beneficia? Como en “El Mendébil”, Cartarescu retoma el asunto de la hostilidad infantil de la mayoría de los niños hacia las niñas, hacia el erotismo y hacia las ocupaciones femeninas (como la recolecta de fresas o el tejido de flores con que los más valientes se aventuran en el cortejo amoroso). La mirada del autor nos pinta un mundo despiadado y represor del instinto. La propia sociedad rumana reprueba el deseo, y los adolescentes se aproximan a él desde el sentimiento de culpa: «me atormentaba yo solo, no podía evitarlo» (p. 118). El impulso erótico, no obstante, se impone al protagonista en la adolescencia, cuando muy a su pesar, y avergonzado de sí mismo se enamora de una compañera del instituto que lo maneja y trata como quiere. El amor, sin embargo, pese a lo doloroso y decepcionante, le abre los ojos a la vida y al mundo. La consumación del deseo obrará el milagro de la trasmigración de almas.
El corazón del libro es la nouvelle REM. Si la obra, en general, posee un estilo muy lírico debido a la presencia constante de los sueños, ahora va a dilatarse hasta inundar cada uno de los párrafos. El mundo inconsciente va a mezclarse con la imaginación desbordante de una niña de apenas 12 abriles. La prosa de Cartarescu adquiere estatus de prosa poética. En esta ocasión, el narrador de la historia es un insecto-testigo de la superficial y anodina relación de amantes que mantienen Svetlana (treinta y cinco años, de aspecto varonil) y Vali (veintiuno, dueño de un amor impostado: «espero que lo único que hagamos sea aprovecharnos el uno del otro durante una temporada»). La acción se sitúa en una tarde de invierno, pasada la Noche Vieja. Tras el encuentro erótico durante el cual el sardónico insecto ha invitado a los lectores a leer “El ruletista”, para que se entretengan esos veinte minutos de sexo que dura la escena, la pareja mantiene una conversación de cama en la que ella confiesa no acordarse del primer hombre con el que se acostó, pero sí de la primera vez que se enamoró y del beso que inauguró su boca. En adelante, REM se convierte en un extenso flash back donde Svetlana cuenta cómo fue aquel el verano de infancia en que comprendió que nunca cumpliría los sueños de casarse y de poseer a su mejor amiga. Pero el fin de la infancia consiste en superar un rito. Así, a lo largo de una semana de juegos estivales, las siete amigas irán perdiendo con ayuda de sus objetos mágicos: un anillo, un reloj, una muñeca, una perla, un hueso, un bolígrafo y un termómetro pasado e inocencia. Cartarescu desarrolla una inventiva apasionante en esta nouvelle. Su estilo único, hermoso y terrible —muy buena traducción de Eribe—, es sin duda el adecuado para describir la angustia que supone la negación de la sexualidad, la muerte del alma que implica la aceptación de los roles sociales.
El epílogo a Nostalgia lo pone el último relato: “El arquitecto”, emparentado con la ambición y el deseo de trascendencia del personaje principal de “El ruletista”.
Encontrarán pocas aventuras estéticas y psíquicas más bellas y desoladoras que las propuestas por Mircea Cartarescu en Nostalgia. Entrar en el libro es descender por zanjas, pasadizos y túneles hacia esa parte de nosotros en que conviven los miedos junto a las ambiciones, la tristeza al lado de la alegría, la duda muy pegada a la certeza, la pesadilla cerca de la paz. El libro es un aleph. Entre sus páginas reconocerán las huellas de Eminescu, de Borges, de Gabriel García Márquez, de Cortázar, de Ray Bradbury, de Kafka, de Michael Ende, de Lesage, de Vélez de Guevara, de Unamuno, de Pirandello, de Cervantes… Lo que no es extraño. El propio autor avisa de que en su obra trata de medirse con los mejores escritores del mundo.
Una joya de obra iniciática. Para quienes gustan de gozar con las complejidades de la conciencia. Para quienes no temen los espejos y son capaces de mirar de frente la triste radiación de un sol oscuro.

Autor, Cartarescu, Literatura
Nostalgia, Mircea Cărtărescu
02/05/2013
lahierbaroja


 Nostalgia es el conjunto de relatos que publicó Cărtărescu en 1993. Cercenada en su día por la censura en su Rumanía natal y apenas conocida en España, Impedimenta nos ofrece el volumen tal y como lo redactó el autor, por primera vez en español.



Esta obra incluye un conjunto de relatos del aclamado Cărtărescu. La edición comienza con un prólogo de Edmundo Paz de Soldán, que leí con miedo, ese miedo común de que contara de más, de que chafara el contenido del libro. Nada más lejos de la realidad: el prologuista, como yo, descubrió al autor con el primer libro que publicó la editorial, El ruletista, que también se recoge aquí. Y precisamente nos introduce al modo de conocer a un autor: al acercamiento del curioso que se siente atraído por una portada o que ha leído una crítica alabando algún aspecto. Ese momento en el que uno tiene el codiciado libro entre las manos, y lo lee, y además le gusta. La reflexión posterior, el nuevo deseo de seguir conociendo a un autor del que sabe que puede sacar grandes cosas. Eso nos cuenta el prologuista, cómo no sentirse identificado.

Comenzando con El ruletista, que ya comenté en otra ocasión, Cărtărescu nos adentra en un mundo de decadencia, protagonizado en su mayoría por adolescentes confusos, que viven en un lugar inhóspito en el que proliferan las puertas rojas.

Sus historias son bien diferentes: si en El ruletista nos encontramos a un señor obsesionado con el juego de la ruleta rusa, en El Mendébil son un grupo de niños los protagonistas de la historia, escolares que juegan y prestan atención al curioso nuevo amigo que han encontrado. Mientras pasan el tiempo inventando extraños juegos con los que pasar las tardes, el Mendébil irrumpe en su vida para mostrarles algo más allá de sus mentalidades infantiles.

Está claro, sin embargo, que Nostalgia va ganando puntos conforme avanzamos. Eso es porque en Los gemelos ya encontramos muchas de las características que posteriormente desarrollará en REM, Y es precisamente REM el relato que destaca sobre todos los demás, una crónica onírica entre el recuerdo y el sueño, donde la realidad y la imaginación se tocan y se mezclan.

El último relato es El arquitecto: la obsesión de un hombre normal y corriente por un coche, y en concreto por el sonido del claxon del coche.

El estilo del autor recuerda, en muchos casos, al realismo mágico de García Márquez, aunque si bien despojado de diálogos (no aparece ninguno en todo el libro), en el que además incluye aspectos que recuerdan a Kafka: obsesiones con el subterráneo, mundos oscuros y nebulosas en las que es complicado distinguir realidad de ficción. El modo de escoger las palabras es poético, o incluso matemático: el lector puede apreciar de un lado, que no hay palabra más exacta que la que escogió el autor en ese momento, y de otro, la belleza de comunicarse de esa manera. Cărtărescu se explaya, pero no se hace pesado, es inteligente y no aburre al lector, sabemos que puede condensar toda su historia en unas pocas páginas, como ocurre con El ruletista, y sin embargo, que es capaz de una aventura más compleja como la de REM, que nos deja fragmentos como el que sigue:

No me has contado nada de tu juego de Reinas, eres muy mala. Pero yo lo conozco mejor que vosotras y te puedo decir que en él todo tiene un significado y que tus sueños y tu juego, trenzados entre sí, configuran la telaraña que has tejido, no para capturar algo con ella, sino para ser atrapada. Porque nosotros somos unas simples moscas que secretan la red y la araña es la misma para todas. Nos visita una sola vez, cuando la telaraña está lista para poder aguantar su peso. Y solo tú, entre todas las criaturas de este mundo, podrás escapar por un instante de tu propia red, sólo a ti se te ha concedido esta oportunidad.

Para mí leer a Cărtărescu es un placer. En mi opinión, es un genio de las palabras, una persona que hechiza cuando nos cuenta una historia, tramas además molestas, como ya ocurriera con Lulu, en la que nos vemos reflejados, grandes reflexiones y paradojas, miedos y frustraciones. Cărtărescu es un autor de sensaciones, de cualquiera de los sentimientos que además sabe muy bien cómo desarrollar una trama, cómo hacer para que el lector no pierda el interés. Y lo cierto es que lo consigue. Me declaro una verdadera admiradora del rumano y leeré cualquier cosa que tenga su nombre en la portada. Mi mayor recomendación es que lo leáis, que os acerquéis a la prosa elegante e inteligente de un autor al que sin duda alguna, le darán el Nobel.


De la revista "Otra parte"


NostalgiaMircea Cărtărescu
OTRAS LITERATURAS 
Fermín Eloy Acosta
Una breve frase se lee al promediar Nostalgia. Funciona casi como una declaración de principios y quizás pueda erigirse en clave de lectura para estos textos reunidos bajo un mismo título: “La literatura es teratología”. Porque, arrimada a la monstruosidad o a lo deforme, parece la lógica que organiza las fábulas que componen este libro, compendio de relatos, novela organizada por episodios o suma de nouvelles.

Se trata de cinco escritos distribuidos en tres zonas y narrados por un mismo personaje: Prólogo – Nostalgia – Epílogo. El primero de los textos, “El ruletista”, describe el derrotero de un hombre desgraciado que juega su estrella a un sistema clandestino de apuestas en el que las personas se apuntan a la cabeza un arma cargada con una única bala. La tensión —y, en consecuencia, la popularidad del hombre— entra en ascenso cuando, en lugar de una bala, elige exponerse a dos, tres, hasta llenar el cartucho. En cada una de esas ocasiones, sin embargo, el ruletista logrará zafar de un destino espeluznante. Lo que tuerce y deforma la lógica causal y realista de los acontecimientos —como en cada uno de los relatos de este volumen en que el mundo conocido se fractura— es la irrupción de una fisura espacio-temporal que habilita la emergencia de una paradoja, un infinito entre los infinitos. Si el ruletista logra torcer el destino cada vez —se nos cuenta— es porque su mala suerte es parte de un absoluto; fracasa siempre y en cada uno de sus intentos de suicidarse, y es por eso que tiene la capacidad de transformar una burla sempiterna en un triunfo eterno.

El problema del infinito, que anida en diversos recodos de la memoria del escritor-narrador que hilvana estos textos, emergerá en varios rincones de Bucarest, teatro de operaciones donde cuajan estas ficciones. Más adelante, en “El Mendébil”, puede leerse: “En todo el mundo no hay sino infinitos grandes o pequeños: la silla es un infinito, el clavel es un infinito, esta tiza es un infinito. Infinitos que se amontonan unos sobre otros, que se devoran unos a otros”. Estas palabras salen de boca de un niño excéntrico que fascina a un grupo de adolescentes a la sombra de los característicos complejos habitacionales que poblaron la ciudad bajo el gobierno de facto de Ceaușescu. El pasaje de la infancia a la adultez también cristaliza como terreno de sucesos maravillosos para estas historias que bien podrían emparentarse con los imaginarios ingenuos de Lewis Carroll, Bruno Schulz, Angela Carter, o con la candidez de un Hrabal o de un Walser.

A la manera de un poderoso y explícito ritornelo borgeano, permanecen cintilantes en estos relatos un puñado de incógnitas y un espíritu intranquilo y paradojal en torno del tiempo, el infinito, el sueño y la vigilia o el misterio de la creación del universo. También la sospecha de existir bajo los designios de una entidad superior, gran imaginador o prestidigitador anónimo regresa en la voz de personajes que creen ser manipulados como marionetas o estar en las manos de ajedrecistas que mueven sus piezas en un tablero. En “REM”, el relato más largo y, podríamos afirmar, más acabado del libro, es un grupo de niñas el que, a lo largo de diversos y extravagantes juegos por un enorme baldío, cae bajo la influencia de una especie de artefacto que confiere la capacidad de ver el infinito, los tiempos presentes, simultáneos, futuros y pasados. Por eso, la protagonista reflexionará, tiempo después, ya adulta, cuando ha podido procesar la experiencia: “Algunos sostienen que REM sería un aparato infinito, un cerebro colosal que ordena y coordina, siguiendo un determinado plan y un determinado fin, todos los sueños de los seres vivos, desde los sueños inconcebibles de la ameba y del cólquico, hasta los sueños de los hombres. […] Otros ven en REM una especie de calidoscopio en el que puedes leer simultáneamente el universo entero, con todos los detalles de cada momento de su desarrollo, desde el génesis hasta el Apocalipsis”. Desmesurado y por momentos hasta excesivo, este libro, no obstante, puede constituirse en una oportuna puerta de entrada a la obra de uno de los escritores más promisorios del panorama literario actual.

 

Mircea Cărtărescu, Nostalgia, traducción de Marian Ochoa de Eribe, Impedimenta, 2022, 388 págs.



Nostalgia / Mircea Cărtărescu
18/02/2015Redacción

nostalgia
La oscura lucidez de Cărtărescu nos asegura que las historias que se incluyen en su debut «Nostalgia» seguirán siendo fértiles tras muchas lecturas.
 

Mircea Cărtărescu es, sin duda, uno de los creadores de mayor (y más oscura) lucidez en la historia de la literatura, un fenómeno que, como esa palabra que uno siempre tiene en la punta de la lengua, atrae y al mismo tiempo rechaza la búsqueda de lo que es y significa. ¿Cómo llegar a la literatura de Cărtărescu, en esa zona liminal entre claridad y oscuridad envolventes? Una posible respuesta se puede encontrar en su novela «Nostalgia» (editada en nuestro país por Impedimenta con introducción de Edmundo Paz Soldán).

Sorprendente debut de uno de los escritores más importantes de Rumanía, nacido en 1956, la traducción de su novela de 1989 al castellano nos presenta a un escritor que tiene su lugar en una constelación que incluye los hermanos Grimm, Franz Kafka, Jorge Luis Borges, Bruno Schulz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Milan Kundera y Milorad Pavic, por mencionar sólo unos pocos.

A los lectores que abran las páginas de «Nostalgia» por primera vez les sorprenderá un tsunami de imaginación e inventiva inauditas, dispuesto a anegar toda idea previa de lo que una novela es o debería ser. Aunque cada uno de sus cinco capítulos es independiente y puede ser leído como tal, están regidos por una armonía temática, diríase que hipnótica, que es la misma que se encuentra en los juegos infantiles y la creación mitológica. Todo ello, y por extraño que parezca, con el trasfondo de los bloques de vivienda deteriorados de una apocalíptica Bucarest durante los años de dictadura comunista del pasado siglo.

Este viaje, de índole surrealista, lo hacemos en gran parte a través de los ojos de niños o adolescentes, que experimentan ese choque entre realidad y ficción que caracteriza a los mejores relatos de la colección. El capítulo “El Ruletista”, que actúa a modo de prólogo de la colección, no sólo es solo la historia de un hombre que se gana la vida jugando a la ruleta rusa, sino la crónica de una transformación: “El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada. Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí a aquel mendigo del final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos” (p. 17).

La historia, al igual que la mayor parte de la obra de Cărtărescu, es tanto alegórica como real. Las tribulaciones del protagonista operan en un contenido simbólico y literal, dualidad fundamental para entender el relato. La grandeza del cuento no proviene de la ingenuidad con la que el significado está oculto, sino de cómo sus significados paralelos, a pesar de ser muchos, son tan poderosos que se influyen uno al otro: “El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura. No tengo ninguna duda, el Ruletista es un personaje. Pero entonces yo también soy un personaje” (p. 37).

La sección “Nostalgia” consta, a su vez de tres capítulos / cuentos que inaugura “El Mendébil” y en el que se relata la venida de un Mesías-niño. La redención tiene lugar en un bloque de apartamentos, donde viven el protagonista del relato y el narrador, que recuerda su infancia en su antiguo barrio, y sus aventuras con un niño al que apodaban El Mendébil, “sus ojos perfilados por ese pellejito negro, como si tuvieran rímel, su figura ambigua, firme y dulce al mismo tiempo” (p. 60).

El relato contiene muchos de los rasgos que vendrán a caracterizar la ficción posterior de Cărtărescu, un estilo sin adornos, diligente, con impulso narrativo, cambios tonales bruscos, complejos engranajes que incluyen la realidad cotidiana y la pesadilla, castigos crueles y arbitrarios, un mundo que se parece al real, pero en el que la agitación interior de la psique está en la cuerda floja: “Sentía que mi cráneo se disolvía en las llamas del espanto. Solo entonces me he despertado de verdad, pero durante mucho rato, en la noche ligeramente azulada que precede al amanecer, no estaba seguro de no haber pasado a otro sueño. Así pues, si continúo escribiendo aquí, lo voy a hacer por un impulso interior y tan solo para mí” (p. 71).

Los personajes del cuento “Los gemelos”, segundo de la serie, se aíslan por voluntad propia. Historia de amor surrealista y obsesivo entre dos adolescentes, al comienzo de la historia uno de los personajes, no sabemos si hombre o mujer, se viste y se maquilla para salir. A través de los ojos del narrador, asistimos a la miríada de impresiones que pasan por su mente: “Abrió el botiquín, colgado en la pared opuesta a la bañera. Cogió el tubo de Meprobamar, le quitó el tapón y lo vació en la palma de la mano. Había unas veinte pastillas, exactamente las que necesitaba. Para no fallar, sabía que eran necesarios al menos diez gramos” (p. 90).

La singularidad de su visión literaria, junto a la complicada vida personal del narrador / protagonista, hacen de esta historia una poderosa meditación sobre el arte y la vida: “Caminé largo rato, con pasos menudos, sobre el lago helado, y luego, invadido bruscamente por una oleada de dolor, me agaché y aparté con las manos enguantadas la capa de nieve (…) Estaba solo en medio del mundo helado. Hechizado por aquel mundo nuevo y extraño, me había olvidado de Gina y de todo lo demás. Mirando en las profundidades del hielo, pude ver claramente, enredado en las algas filamentosas, a un niño ahogado” (p. 150).

La sección “Nostalgia” se cierra con el capítulo / cuento “REM”. En él, asistimos al descubrimiento de la realidad por parte de la protagonista: “Estiro mis patas transparentes en la habitación. Tiemblo de deseo, de esperanza. Acecho en la ventana y luego, ágilmente, salto hacia la puerta. Me deslizo entre libros, dejo fuera tan solo mis mandíbulas, de las que se destila veneno. Trajino por el baño y hurgo entre las cazuelas de la cocinita” (p. 199).

La protagonista, una vidente integral sin interés por la realidad, más preocupada por su imaginación, languidece en la oscuridad durante toda su vida, es aplastada por un trabajo burocrático sin salida e, igualmente, por un padre tiránico. Escrito bajo el hechizo de Kafka, con crudas escenas de violencia, la inocente fe de su protagonista en la justicia la deja dolorosamente en manos de la explotación: “A casa de la tía Aura íbamos más a menudo. El camino hasta allí y todo lo que sucedía cuando íbamos adonde mi tía era para mí una aventura rara, la exploración de otro mundo. Las cosas más importantes de mi vida tuvieron lugar en aquel barrio de la periferia de Bucarest. Allí, por lo demás, ocurrió lo único por lo que creo que vine a este mundo, la razón por la que fui elegida: mi entrada en REM” (p. 222).

El cuento “El arquitecto”, que actúa a modo de epílogo, narra la obsesión de Emil Popescu por su nuevo coche, en concreto por el claxon de este, que al principio del relato se ha quedado atascado y suena sin parar, lo que lleva a sus vecinos a la desesperación: “Una patatita golpeó el capó del Dacia y rebotó a un lado. Se la había lanzado alguien desde un balcón porque todo el bloque se había despertado ya y hombres sin afeitar, mujeres sin maquillar y niños sin lavar increpaban a los infelices propietarios del Dacia” (p. 351). “El arquitecto” parodia algunos de los mitos que evoca la figura trascedente del artista. La fábula desemboca en el fin del universo que conocemos: “El universo envejecía, se había arrugado como un higo. Su materia se desmigaba como el moho. Incluso el espacio interestelar, en otra época flexible, vaporoso (…) se había vuelto áspero y rígido. A través de él avanzaba ahora el arquitecto, como una nebulosa cada vez más extensa (…) emitiendo de manera permanente, como una gran voluntad, sus propios ritmos, imperiosos y nuevos” (p. 374).

Como vemos, la traducción al castellano de Marian Ochoa de Eribe Urdinguio (Bilbao, 1964) logra conjurar el torbellino de alusiones, citas y detalles que caracterizan el estilo de Cărtărescu. La versión de la Doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Deusto nos invita a eludir las frustraciones obvias que uno experimenta en la lectura del autor rumano, mientras que subraya el carácter fragmentario de su prosa, esas historias que a menudo desembocan en tragedia, su agudo sentido de la sátira, la defensa a ultranza de la literatura y el arte como una forma de vida.

Las historias a-históricas de Cărtărescu son obras modernistas, pero el suyo es un modernismo transmitido desde los márgenes culturales. Rumanas en lenguaje y cultura, universales en su enfoque, el mayor peligro para la obra sería un exceso de análisis. Con Cărtărescu, la respuesta individual es todo, y esta respuesta, de conformidad con Nabokov, se altera de forma significativa en cada relectura. El mejor consejo que puedo dar, entonces, es dejar esta reseña a un lado y ponerse a leer «Nostalgia«. La oscura lucidez de Cărtărescu nos asegura que sus historias seguirán siendo fértiles tras muchas lecturas. Ya sea por primera vez o por undécima, la experiencia siempre será única. 

[José de María Romero Barea]


El Bucarest sonámbulo de Cartarescu
Crónicas
Mircea Cartarescu ha situado la frontera de la literatura al borde de un precipicio donde la realidad y los sueños se funden en una híper-realidad cegadora. Empujados por la publicación de “El cuerpo” (segunda entrega de la trilogía «Cegador») viajamos a Bucarest para tratar de encontrar la ciudad alucinada de sus libros. A finales de septiembre se cerrará la trilogía con la publicación de «El ala derecha» (Impedimenta).

Texto y fotos: Antonio ITURBE        

 En los libros de Mircea Cartarescu, Bucarest es una urbe gloriosamente uinosa, con un trazado de calles sinuosas, torreones torcidos, palacetes devorados por la maleza y bloques de pisos desolados: “Una ciudad transfigurada por una espectralidad eléctrica, extendida hasta donde se pierde la vista”. El joven Mircisor, un chico solitario enfermo de una melancolía agravada por el exceso de horas de lectura, observa absorto desde el ventanal del quinto piso de un modesto bloque donde vive con sus padres en la avenida Stefan cel Mare. E, incluso cuando se construyen al otro lado de la avenida unos bloques grises que tapan la vista, su mirada febril sigue viendo desplegarse la ciudad ante sus ojos como un origami porque sus edificios “no estaban construidos con ladrillos y mortero sino con materia psíquica, con las dulces y pulidas piedras de las emociones”.

Un Bucarest que puede ser ruinoso, desangelado y detestable, pero también un lugar asombroso cuyos cielos son invadidos por cientos de miles de mariposas y “sus fachadas de piedra, yeso y cristal eran lustradas cada día por unas alas aterciopeladas y el aire quedaba impregnado de un polvillo de escamas irisadas que, al pasar por la tráquea y los pulmones, los iluminaban y los volvían visibles en el pecho como unos retorcidos tubos de neón”. Esas mariposas que pululan por sus páginas representan el máximo esplendor de la belleza cuando despliegan el arcoíris de sus alas, pero también el pozo del horror al contemplar con la lupa su rostro monstruoso de ojos opacos como los de los muertos.

En la trilogía Cegador, que junto a Solenoide conforma el núcleo de hierro ardiente de su obra literaria, los recuerdos de su infancia y juventud funden lo visto, lo intuido y lo soñado en una lectura hipnótica que nos lleva a una realidad aumentada, distorsionada y subterránea, un Bucarest que es un laberinto orgánico donde todo es posible. Y, pese a todo su exceso y desvarío, esa realidad imposible que nos muestra Cartarescu resulta más verdadera y lúcida que la mustia realidad amputada que nos sirven nuestros torpes cinco sentidos. Sus libros no son fáciles, ni se leen rápido ni son “entretenidos”, pero los que traspasen la puerta de sus textos nunca volverán atrás.

El vuelo


Vuelo a Bucarest para tratar de encontrar la casa con suelo de cemento de la calle Silistra de sus primeros años, cerca de la torre de Anca, la muchacha a la que el tullido Herman rapa el pelo al cero y tatúa sobre el cuero de su cabeza un mapa completo de la totalidad del cosmos con cada uno de sus territorios, geografías, seres, células y afectos. Vuelo a Bucarest para visitar la casa en forma de barco de la calle Maica Domnului, que escondía el misterioso solenoide que derrota la ley de la gravedad. Vuelo a Bucarest en un pequeño avión de la compañía Tarom, que me deposita al atardecer en el aeropuerto Henri Coanda, con su terminal aparentemente convencional, pero no me dejo engañar por lo que me muestran los ojos. Después de leer a Caratarescu sé que hay algo que crece por debajo de las baldosas del suelo de la ciudad como una masa madre viva que se hincha y se deforma.

Lo compruebo enseguida. La ciudad es una mezcla de bloques feos del desarrollismo socialista, edificios civiles elegantes, nuevas construcciones modernas de estilo cosmopolita y villas majestuosas arruinadas de un imperio desaparecido. Aquí se sigue bebiendo cerveza Skol, los coches aparcan en la acera libremente, hay carriles bici sobre los que no circulan bicis, la gente se santigua al pasar por delante de las iglesias y los puestos callejeros de flores brotan entre las grietas de las aceras. En una calle remota con casas habitadas solo por la hiedra, encuentro abandonado en la calle un trono de rafia que reina sobre un charco. Veo caer la noche sobre hermosos edificios como el Teatro Nacional y sobre los bloques grises de los años del comunismo, una llovizna que empapa casonas fantasiosas decrépitas, edificios nuevos de oficinas y solares atestados de chatarra.

Silistra, infancia y sueño

Al otro día, un taxista suicida me lleva a la avenida Doamna Ghica en busca de esa casa modesta al fondo de un patio compartido por varias viviendas precarias, en la antigua calle Silistra, donde Mircea Cartarescu vivió hasta los tres años: “En nuestra estrecha y única habitación con una sola cama, un infiernillo para guisar y el suelo de cemento, mi madre me leía. Salía de vez en cuando al patio y después, más o menos a los dos años, empecé a salir también a la calle llena de barro y de charcos en los que se reflejaba el cielo. Ahora me parece que los años de Silistra fueron una primavera continua, cruel, surcada por vientos helados e iluminada por un sol como del inicio del mundo”.

Aquí la ciudad se precariza, una zona salpicada de solares abandonados y talleres mecánicos pintados con grasa. Frente a un pequeño bar que parece la cantina de una estación donde nunca se detuvieron los trenes, un grupo de hombres toman cervezas en una mesa desportillada en la calle y arreglan el mundo. Giro una esquina y por fin enfilo la calle Silistra hasta encontrar el número 46 con la ansiedad de llegar a un lugar donde he vivido muchas tardes con la cabeza metida en la trilogía Cegador, asomado a ese imperio de patios destartalados y descubrimientos de un niño que pasa de las manos de su madre a los brazos de todos los vecinos de sobacos peludos, que lo tienen como mascota, y al regazo protector de Coca, una prostituta llena de secretos. Y llego al número 46 y ahí está la valla que encierra un patio de casas microscópicas en un silencio sin niños. Nos mira desde el patio un coche desvencijado como el que miraba el pequeño Mircea en un descampado cercano, sin ruedas, apoyado en vilo sobre unos mahones de cemento. Anochece sobre Silistra y la gente que me cruzo me parece amenazante aunque nadie me diga nada. Lo que me amenaza es mi miedo, mis prejuicios. Esquivo las pocetas de agua del pavimento con dificultad porque ya había olvidado cómo se saltan los charcos. Al regresar a Doamna Ghica, veo atosigada entre talleres desvencijados una de esas casas fantasiosas de Bucarest que han hecho de la ruina un adorno más de sus fachadas. Una escalera exterior trepa hasta una puerta del piso superior, desde donde se filtra la luz amarillenta y una silueta cruza un momento. Podría ser Anca esperando a Herman para que añada un nuevo elemento en el planisferio infinito de su cráneo.

Maica Domnului, la casa que se esconde

En Solenoide, el narrador, el propio Cartarescu o su doble, habita una casa en forma de barco con un torreón asimétrico donde las estancias se multiplican cada día y que esconde, tras una puerta cerrada, un abismo que culmina en una descomunal silla de dentista que dispara todos los terrores de infancia de las visitas odontológicas corrientes a las que acudía atemorizado de la mano de su madre. “Mi madre conocía muy bien Maica Domnului, una calle de putas y navajeros. Y entonces empezaron los gritos y los reproches: ¿Para eso has estudiado tanto ¿Para irte a vivir entre gitanos?”. Pero a él le fascina esa calle: “En Maica Domnului no hay una sola casa normal, pues aquí el concepto de normalidad como tal no existe. Tampoco el tiempo normal existe. Cuando te adentras en este tramo, este es el canal de otro mundo y de otra vida, el clima cambia y las estaciones del año se confunden. Aquí es siempre otoño, un otoño putrefacto y luminoso”.

Tal vez por llevar el nombre de la Virgen María (Maica Domnului) es la calle de los milagros y en esa casa en forma de barco un científico con saberes oscuros ha desarrollado un solenoide: una máquina que cancela la gravedad y permite levitar, asunto espiritual pero también físico (de nuevo ese sentido del humor metafísico que recorre toda la obra de Cartarescu) porque el profesor que es él mismo utiliza el aparato para una levitación que no es la de los yoguis o los santos, sino para echarle unos polvos flotantes a la rubia profesora de Física.

Salgo de mi recóndito apartotel al pie de la avenida Stefan cel Mare, que busqué ahí para impregnarme del mundo cartaresquiano. Hay una lluvia fina que gotea de un nublado que ha puesto la ciudad de luto. Al pasar por delante de la comisaría, una fachada historiada que destaca entre la grisura de los bloques con sus pequeños torreones de falsete, trato de ver la punta de su antena descomunal y no es posible. La antena se hinca en las nubes bajas cargadas de lluvia que aprisionan Bucarest y desaparece en ellas como si su altura fuese infinita.

Al llegar a Maica Domnului cesa la lluvia, aunque el cielo sigue encapotado y marrón. La calle es realmente menos divina que su nombre. En la esquina con el boulevard Tei los estudiantes compran triángulos de pizza a 5 lei ( 1,20 euros) a la salida del colegio, que está a pocos metros. En frente hay una escuela de música, comercios de electrónica modestos y rejas de hierro detrás de las que se abren patios y casas en distintos grados de decadencia. Se abre la puerta metálica de una valla oxidada y de un patio atestado de chatarra sale bailando alegremente una niña gitana.

Inicio concienzudamente la búsqueda de la casa en forma de barco. La calle está muy animada, llena de vida, de gente que viene y va, de operarios de reparaciones con monos sucios que fuman a la puerta de un bar con los cristales opacos. El conductor del tranvía para en mitad de la calle, se baja con un gancho en la mano y levanta la chapa metálica del pavimento para evacuar algo del agua de la lluvia que ha estado cayendo desde la tarde anterior. Una ciudad laboriosa y modesta como un infinito barrio periférico de sí mismo, envuelta en un capullo gris de nubes y patios con jardines donde crecen manillares de bicicletas y herramientas oxidadas. Pero llego hasta el final de Maica Domnolui. Más allá del cruce ya empieza Lizeanu, una calle que expande el olor a ginebra de las coronas y ramos de flores expuestos en la fachada de sus múltiples funerarias. No he encontrado la casa. Vuelvo otra vez a recorrer la calle Maica Domnolui arriba y abajo, pero tras varias vueltas infructuosas me doy por vencido.

Tal vez esa casa solo exista en la cuadrícula urbana del cerebro de Cartarescu. Tomo al principio de la calle el tranvía 16 y, al ver pasar las casas desde la posición más elevada del vagón es cuando por fin la veo: ¡la casa con un piso encima que recuerda a un barquito de papel, el torreón asimétrico, la puerta de hierro forjado con dos doncellas que sostienen una lámpara con las manos! Bajo corriendo en la siguiente parada y meto un pie en un charco, en dos, tropiezo con una señora con un cesto lleno de repollos. Pero al llegar a la altura donde estaba la casa, no la encuentro. Hay una tienda de comestibles con cajas de refrescos vacías llenas de telarañas y al lado unos patios con unas casas de fachadas desconchadas. Miro y vuelvo a mirar, pero no está. Pienso que tal vez con el traqueteo me quedé dormido en el tranvía y la casa se desplegó en mi sueño. La lluvia me está empapando y es hora de regresar. Me resigno. En ese momento, vuelve a asomarse tras la valla la niña gitana del pelo negro, hace un gesto en el aire y me sonríe como si supiera algo que yo ignoro, y escapa corriendo hasta desaparecer entre su laberinto de chatarra.

Carne y fe

La ciudad vieja es un pequeño laberinto de pasajes y calles peatonales que forman el epicentro turístico de Bucarest con sus restaurantes griegos, cafés árabes para degustar narguile, locales de restauración internacional, músicos callejeros, alguna tienda de ropa moderna y una cantidad incontable de locales que ofertan masajes no exactamente deportivos y espectáculos de cabaret protagonizados por señoritas acaloradas. En medio del jaleo de las terrazas donde se toma cerveza o vino de Transilvania, se cuela el susurro de un rezo como una corriente de agua subterránea. Escamado, sigo el sonido y viene del pequeño monasterio de Stavropoulos, incrustado entre los locales de ocio. Me parece asombroso, pero esto también es Bucarest: la espiritualidad que brota abruptamente de lo carnal.

Al asomarme a su recoleta iglesia ortodoxa, casi de juguete, veo a un hombre con el pelo largo despeinado que mira hacia la cúpula. Lo reconozco Enseguida. Es Mircea Cartarescu. “Este es el lugar más sagrado de Bucarest”, me susurra. El olor a cera quemada es embriagador en esta capilla de una belleza sencilla. Me dice que el culto griego ortodoxo es más espiritual que el católico: “Es más místico, tiene más del pensamiento oriental, los monjes pasan muchas horas en meditación y es más cercana. No se hace proselitismo, viene a la iglesia el que siente adentro la llamada de la fe”. En El cuerpo relata cómo a su padre se lo llevan los demonios —laicos—cuando su madre recibe al párroco ortodoxo que va por las casas esparciendo su agua bendita y grita, para que lo oigan los vecinos, porque en esos años las paredes oyen, que en esa casa son ateos, como manda el partido”. Fuera de la iglesia vemos a una mujer depositar cuidadosamente una vela delgada en una caja rectangular y me explica que hay dos cajas: en una está escrita la palabra “Vii”, donde se ponen velas por el bienestar de los vivos. En la otra caja de velas el rótulo dice “Dormiti” y “es donde se depositan las velas por los muertos. Los que duermen”. Para Cartarescu, el dormir es el despertar, porque considera la vida de los sueños tan verdadera como la de la vigilia. Tal vez más.“Podríamos pensar que la vida de los sueños es nuestra vida, no la del día. Es mucho más rica en xperiencias y profundidad. Yo he apuntado todos los sueños que he tenido. Llevo un diario desde los 17 años y apunto todos los sueños cada mañana. Son miles anotados y estoy en el momento de darme cuenta de las líneas de fuerza que unen esos sueños. Es una geografía en la que ahora puedo orientarme y mis libros son continentes subterráneos de esta geografía”. Le explico que he venido a Bucarest en busca de la geografía de sus libros y él me pone una mano afectuosamente en el hombro: “Desafortunadamente, la mayoría de los lugares de mis libros ya no existen o nunca existieron. Veremos…”. Parece desalentador y, sin embargo, dice “veremos”. Literalmente ha respondido en inglés “we will see”. ¿Veremos? ¿Con qué ojos?

En sus libros se pregunta una y otra vez por ese extraño fenómeno de nuestra conciencia, apegada a un cuerpo físico de neuronas, músculos y fluidos. La secta de los Conocedores trata de acercarse a la divinidad a través de ritos que devienen en una paranoia mística, la secta de los Piquetistas protesta en los cementerios a un dios impreciso al grito de “¡No a la muerte!” contra la absurdidad de crearnos una conciencia para ser conscientes de nuestro propio final, la displicencia de un dios que nos hace nacer para hacernos morir. Hay esculpida en la primera parte de Cegador, El ala izquierda, una frase que retumba en mi cabeza: “Entre las fronteras de nuestra piel no corre solo sangre, solo linfa, solo hormonas y solo azúcar, corre sobre todo fe”. Cuando ya me estoy yendo me dice que nos encontremos al día siguiente frente a la Jefatura de Policía de Stefan cel Mare, el barrio donde creció, y me alejo por las calles bulliciosas del centro mientras va quedando atrás el Cartarescu de la noche y el susurro de lo divino.

Los bloques de Stefan cel Mare

Stefan cel Mare es una ancha avenida hecha para los coches y encajonada entre bloques de una monotonía gris y socialista hasta donde abarca la vista. Únicamente la comisaría se permite el lujo de tener una fachada más elaborada, pero las comisarías bonitas dan más miedo que las feas porque te das cuenta de que quieren ocultar algo. Cartarescu llega en metro, vestido con pantalones tejanos, zapatillas deportivas y cazadora impermeable. A la luz del día es menos metafísico, más sonriente y dicharachero: miramos con sorna la jefatura de policía, con su edificio con una antena descomunalmente alta, como si quisieran recibir señales no de Rumanía sino de Marte en un edificio con torreones de una fantasía pobretona que a Cartarescu le parece “que le dan el aire de un teatro”. En los teatros también se escenifican tragedias. Nos adentramos en el callejón que separa la Jefatura de Policía de los bloques donde vivía con sus padres y me muestra un edificio gris en la parte trasera de la comisaría, sin las fantasías de la fachada: “Pertenecía a la policía secreta. De niño escuchaba los gritos de la gente que era torturada”.

En mitad del oscuro pasaje tapizado de excrementos de paloma entre los edificios y la comisaría, nos detenemos debajo del lóbrego patio de luces que se eleva como una chimenea cuadrada y allá arriba, en un rectángulo que parece una claraboya, se puede ver un fragmento de cielo azul. Cartarescu levanta la vista y se queda absorto. “Aquí me asomé muchas veces”. Nos quedamos unos instantes contemplando el paso de las nubes como un rebaño de fantasmas. Cartarescu mira hacia arriba a través de ese mugriento patio de luces con la misma intensidad con que lo hacía en la cúpula de la capilla ortodoxa, porque las ventanas a lo trascendente se abren en cualquier parte para los ojos que buscan.

Sus padres vivían en un bloque contiguo. Su madre todavía conserva el piso de la infancia, aunque ahora tiene 90 años y vive en las afueras, cerca de él, “con una lucidez extraordinaria” me dice. Su trilogía Cegador también es un homenaje a su madre Maria, que querría haber sido maestra, pero no pudo ser. En El Cuerpo ella teje unas alfombras en las que el hilo va trazando en el estampado asombrosas geografías del conocimiento y visiones del futuro que, con ese sentido del humor metafísico de Cartarescu, hacen que los paranoicos agentes de la Securitate piensen que es una espía. Cuando le pregunto por su madre, se ruboriza como un niño. “Mi madre sigue siendo una deidad de mi vida. Ahora tiene 90 años y seguimos estando muy cercanos. En todos mis libros ella es, seguramente, el único personaje luminoso”.

A la entrada del bloque, la portera enseguida lo reconoce. Él la trata con una gran deferencia y afecto, incluso cuando la mujer empieza a ponerse quisquillosa e intenta imponer su autoridad censora al ver la cámara de fotos. No quiere que se hagan fotos en el interior del edificio, ni siquiera en la terraza. Hay una especie de conjura internacional de los conserjes, dispuestos a ejercer su pequeño poder obstinadamente. Cartarescu la disculpa, sonríe con benevolencia: “Los de París son aún peores”, me dice.

Nos introducimos en un ascensor que parece el ataúd metálico del conde Drácula y ascendemos hacia la terraza donde jugaba de niño. Al llegar al rellano del octavo piso me señala una puerta extrañamente enrejada con una cuadrícula como un cuadrante: la casa de Herman. Me corre un escalofrío al pensar en lo que puede haber detrás de esa puerta, en ese vecino extraño con el que se sentaba en las escaleras a escucharle historias asombrosas, del que no se sabe si era un iluminado o un enfermo, un personaje con una mirada que traspasa las cosas, que se enamora de la silenciosa Soile, cuya mente se estrujó durante un parto catastrófico, perpetuamente sentada en un banco a la puerta de su casa, y es capaz de detectar en las pecas de su piel el planisferio completo de estrellas de la bóveda celeste.

Salimos a la terraza. “Aquí jugábamos los niños”, me explica con una leve nostalgia, en una terraza de baldosas desgastadas que se asoma al precipicio de la calle. Vemos a lo lejos el bloque descomunal de la Casa del Pueblo, el mayor edificio administrativo civil del mundo, con 1.100 habitaciones, resultado del desvarío megalomaníaco del dictador comunista Ceaucescu, y al lado la controvertida catedral en construcción que, para no perder las viejas costumbres, aspira a ser la mayor iglesia ortodoxa del mundo. Me cuenta que en Bucarest ha habido una fuerte reacción en contra entre los artistas y en algunos medios de comunicación. “Va en contra de las ideas fundacionales de las iglesias tradicionales ortodoxas: modestas, de madera, en harmonía con la naturaleza. Esa catedral es un gesto de orgullo”.

Circo y lago

Caminamos por Stefan cel Mare y me imagino al pequeño Mircisor yendo al quiosco donde compraba los tebeos, a la panadería o al cine Volga, que ahora es un edificio nuevo de apartamentos. Tampoco está el descomunal e inquietante molino Damvobita: “El ruido era continuo, la intensidad iba y venía como la del mar. Es posible que tenga la culpa de mis acúfenos actuales”. Si nos paramos a escuchar atentamente, entre el bisbiseo de los coches aún puede oírse ese gruñido de monstruo industrial que ralló los tímpanos de su infancia. El edificio del siglo XIX podría haberse conservado pero me explica que se derruyó por la presión inmobiliaria. También hay una globalización de la avaricia.

Escribe en Solenoide que “pasé mi infancia en el Parque del Circo y, más adelante, en la adolescencia, volvía con frecuencia a aquel parque amodorrado bajo el sol para sumergirme en su corazón de sombra y brillo, en su lago lleno de aneas sobre el que se inclinan eternamente los sauces llorones. (…) Me sentaba en un banco. Me pasaba las horas muertas con los ojos clavados en el agua marrón, farfullando los versos que atiborraban mi cabeza”.

Caminamos hasta el Parcul Circului. En El cuerpo relata una de las noches más extrañas de su vida como espectador en el circo, al ser llamado durante la función al escenario por un contorsionista e hipnotizador que se hace llamar el Hombre Serpiente. Mientras caminamos ahora hacia la enorme carpa que brilla con el sol de la mañana, me explica que “los hijos de la gente del circo asistían a mi escuela, a cien metros de aquí, y los veías a la hora del patio haciendo volteretas o caminando a cuatro manos. Salías y encontrabas paseando por la avenida a enanos risueños. En mi infancia el mundo era grotesco y asombroso”.

Más allá de la carpa fija del circo municipal, el parque despliega una estampa bucólica de paseantes y niños con bicicletas de cuatro ruedas. Mientras recorremos el sendero que lleva hasta el lago, que se muestra apacible con sus aguas quietas, le comento que este es un lugar idílico, pero me advierte que “aquí han muerto ahogados muchos niños. La vegetación del fondo atrapaba sus piernas y los atraía hacia el fondo. Es un lugar misterioso”. Vuelvo a mirar el lago con otros ojos, menos confiados. Las aguas opacas del lago parecen inofensivas, pero ocultan un mundo sumergido imprevisible. Le pregunto por la importancia para él de lo subterráneo: “La vida subterránea está dentro de mi propia mente, un subconsciente lleno de laberintos.Y es el lugar donde prefiero vivir. Desde ese punto de vista nunca me he considerado un novelista, sino un poeta. Mi vida literaria tiene que ver con mi ser interior. Es una excavación que va hasta el fondo de mí mismo para encontrarme conmigo mismo. Nunca he hecho diferenciación entre afuera y adentro.”

Tomamos el metro hasta la Plaza Universitate. El edificio neoclásico de la universidad, donde lleva treinta años impartiendo clases de literatura, es espléndido: “Se construyó a imagen de La Sorbona de París”. Es sábado y dentro del edificio reina la calma y nos observa desde el vestíbulo el busto serio de Mihai Eminescu, el gran autor de referencia de la literatura rumana, al que él dedicó un libro. Solo tres jóvenes estudiantes (femeninas) ocupan alguno de los bancos de una biblioteca de ensueño con dos alturas. Aquí él ha pasado muchas horas sumergido en su propio lago. Se mueve de manera ágil y respetuosa por sus pasillos atestados de libros; “hay primeros manuscritos, algunos raros y muy valiosos”, me susurra como un secreto que debe permanecer a salvo. Está tan en su casa en la universidad que incluso nos abre la puerta de un aula para que la veamos, pero resulta que hay una profesora impartiendo clase. Se nota que Cartarescu es querido en esta facultad: se para la clase para que entremos un momento y los estudiantes nos miran con curiosidad respetuosa. Muchos de ellos habrán tenido en sus estudios de secundaria lecturas de Cartarescu, que pese a su modestia despeinada ya es un clásico vivo en Rumanía. Los felicitamos por ser tan aplicados que asisten a clase en sábado. Ellos salvarán el mundo.

Carro, cerveza y trance

Caminamos hasta las calles de la ciudad vieja, visitamos la espectacular librería Carturesti, con cuatro plantas y una inteligente mezcla de venta de libros y pequeños objetos atractivos para los paseantes indolentes: tazas, tés, puzles o discos, y un agradable bistró en la planta superior donde Cartarescu se detiene algunas veces. Me lleva a comer a Caru cu Bere (el Carro de la Cerveza), uno de los restaurantes clásicos de la ciudad, donde van turistas pero también autóctonos, lugar de encuentro de la intelectualidad bucarestina desde el siglo XIX. El interior de madera, en dos alturas, tiene un aire de patio de comedias y pasan a toda velocidad las bandejas de cerdo rustido acompañado de polenta, las sabrosas mici, unas salchichas rumanas sin piel que se deshacen en la boca o las sopas con bolas de carne flotando entre los vegetales. Le digo que puedo aprovechar para hacerle algunas preguntas sobre su libro, pero responde risueño que después, que comamos relajadamente y hablemos de nuestros hijos o de lo que sea: “Nunca pienso en la escritura cuando no estoy delante de la mesa en la que escribo”. Me asombra cómo es posible que esa literatura suya tan intensa y obsesiva no tenga un eco en su vida cotidiana: “Es mi forma de tener una doble personalidad. No quiero mezclar mi vida con el hecho de escribir, son universos separados el hombre que escribe y el hombre que vive. Soy solo escritor cuando escribo, después soy el hombre más común de la Tierra. Cuando escribo otra persona se calza mi piel, se mete dentro de mí y me posee. Es un animal que se apodera de mí y no tiene límite y siente que puede hacer todo lo que quiera. Yo soy una persona más suave, más calmada, pero el animal que escribe es salvaje”. Le pregunto si esa fiera que lleva dentro no pugna por escapar de la jaula de los leones. Se ríe. “He sentido momentos en la vida en que ha querido escapar y he tenido que luchar por mi salud mental”.

Caminamos hasta la librería Humanitas, que pertenece a la editorial que publica sus libros en Rumanía. Tiene una zona de café luminosa con un gran ventanal que da a la calle, y allí Cartarescu, con una amabilidad incansable, responde a mi curiosidad por esa forma suya de escribir sin corregir que me parece al filo de lo milagroso, como si las palabras brotaran de una fuente subterránea que ni él mismo conoce. “Cuando escribo lo hago en un estado de trance. No tengo un plan previo a la hora de escribir, escribo sin borrador,a la primera”. Conversamos, le pregunto por alguno de los escenarios de sus libros que quiero husmear. Una señora nos interrumpe un momento para que le firme un libro. El tiempo tiene otra velocidad cuando conversas con Mircea Cartarescu. Caminamos hacia la estación de metro de Universitate y me despido de él: el escritor más complejo del mundo y la persona más sencilla del mundo. Lo veo alejarse en un vagón donde es el único pasajero hasta ser succionado por los túneles de Bucarest, que no se sabe a qué catedrales subterráneas lo llevarán en esa búsqueda suya de la luz en medio de la más profunda oscuridad.

 

07-03-2020/por Antonio Iturbe
Etiquetas: Bucarest, Cartarescu

Del club de lectura "Nido de Libros" (Cartagena de Indias, Colombia)




Entrevista a Cartarescu en FILBA

Diálogo en Librería Alberti con la traductora Marian Ochoa de Eribe y Mircea Cartarescu




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